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Fundación Vinjoy: Cien historias con otro final-CAI
FUNDACIÓN VINJOY

Cien historias con otro final

Sobre las mesas del taller se esparcen las cuentas. De fondo, las conversaciones son el rumor constante que acompaña la rutina de un jueves más de enero en el que los cristales se empañan en el Naranco y la costumbre acalla los ruidos que ensordecen las entrañas

ANA RANERA

Viernes, 7 de febrero 2020

Jonhatan García y Noemí Fernández, manos en los bolsillos y sonrisa perenne, caminan por los pasillos en los que se reparten los talleres del Centro de Apoyo a la Integración de la Fundación Vinjoy, orientado a personas con discapacidad intelectual. Miran hacia los lados, hacia esas puertas entreabiertas en las que ellos no ven aulas, sino hogar, y sienten un poco suyo el mérito de la ininterrumpida calma que reina entre esas cuatro paredes. Ella llegó allí hace catorce años, él, dieciséis, por eso les gusta presumir de ser los veteranos del lugar, quienes se encargan de hacer familia cuando un nuevo compañero atraviesa, desubicado, la verja y busca una mirada y una mano amiga entre el centenar de cuerpos que pululan incesantemente por este microcosmos que otea Oviedo.

Estos dos aventajados alumnos recuerdan cuando les tocó a ellos ser los desconocidos, esos tiempos en los que no entendían por qué estaban en un sitio nuevo con tantas caras volviéndose al verte pasar. Por eso tienen claro su papel en esta función en la que los actores se cuentan por decenas. Ellos se encargan de acoger, de regalar la palabra y de rebajar los miedos cuando alguien retira por primera vez la silla y toma asiento en un pedazo de mundo, a sus inseguros ojos, extraterrestre. «Nosotros los ayudamos, pero ellos también nos ayudan a nosotros», disminuyen, con inocente bondad su valor. El de no querer ser mejores que nadie, el de hacerlo no por deber, sino con la profunda convicción de querer.

«La joyería, el vidrio, la bisutería, la cerámica… nos encantan todas las actividades», dicen, mientras las nerviosas palabras se les atropellan queriendo contar todo lo que hacen allí, todos esos motivos que encuentran para ser felices. Se interrumpen, cariñosamente, para recordar sus viajes de fin de curso a Cubillos del Sil, sus mañanas vendiendo en el mercadillo las obras en las que tanto tiempo trabajaron. Y aquí, su profesora, Aurora Logedo puede cortarlos también para asegurar que allá donde van los felicitan porque no hay un ruido fuera de lugar.

Aurora comparte con ellos la veteranía. Ella aterrizó hace veintidós años allí, guiada por una inquebrantable vocación que no ha perdido ni un ápice de fuerzas en estas más de dos décadas desvivida por su profesión. «Aquí tienes que entender muchas situaciones distintas cada día. Si hay cien personas, necesitamos dar cien respuestas diferentes. La varita mágica que te funciona un día, no te va a valer nunca más». Aurora, lleva consigo la luz que da su nombre y a cada paso que da por el recinto, recibe varios saludos, un puñado de abrazos y un surtido de besos que responde con cariñosa rectitud tratando a todos por su nombre. «Ellos me obligan a estar a la altura», afirma y parece que no se da cuenta de hasta donde han llegado sus esforzados rascacielos.

«Yo soy feliz trabajando en algo que manejo, conozco y entiendo», piensa en voz alta, mientras siente el orgullo de haber despojado de su vocabulario aquello tan establecido como peyorativo que hablaba de centros ocupacionales, de discapacidades medidas en grados y de empatía mal entendida que se convierte en compasión. Ella, junto a otros catorce profesionales, han ido, incansablemente, desdramatizando la discapacidad, valorando lo que ven más allá de las mirada y normalizando cualquier rareza para hacer, de un centro integrado por cien personas con discapacidad, un lugar en el que lo extraordinario es lo más normal.

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