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‘Au revoir’ a Francia por mar

‘Au revoir’ a Francia por mar

Con la suspensión de la línea de ferry a Saint Nazaire se cierra la principal vía turística hacia el Alto Loira, un sueño medieval

Eva Vélez

Lunes, 22 de septiembre 2014, 07:24

El pasado miércoles operó el último ferry de la compañía LDLines que cubría el trayecto entre Gijón y el puerto francés de Saint Nazaire. Mientras se negocia una posible salida para que la Autopista del Mar vuelva a ponerse en marcha, atrás quedan cuatro años en los que miles de usuarios han podido disfrutar de las inmensas posibilidades que este viaje ofrecía. Desde septiembre de 2010 contaba con una media de 120 camiones y 200 pasajeros por trayecto, lo que permitió en su primer año de existencia sumar unas cifras de más de 25.700 vehículos y 43.000 pasajeros. Muchos de esos miles de pasajeros elegían la opción del ferry como medio de transporte en sus vacaciones. Elegir el destino era fácil, la puerta marítima hacia Francia te ponía en bandeja un amplio abanico de opciones y dirigir la brújula hacia la Bretaña francesa era un pasaporte hacia un sueño medieval en pleno siglo XXI.

De Gijón a Saint Nazaire

Con hora y media de antelación se llegaba a El Musel para evitar cualquier problema de última hora y embarcar, con vehículo incluido, en el ferry Norman Atlántico. Operarios estratégicamente colocados indicaban, incluso hasta a los más despistados, la manera más fácil de acceso al barco. Aunque no fueras muy avezado al volante, la rampa de acceso no sería tan complicada (con una inclinación parecida al Urriellu), ya que algún alma caritativa podría dirigirte y quitar hierro al asunto. Tu coche quedaba a buen recaudo y, durante 15 horas te olvidabas de él.

La Bretaña suave

  • Aseguran quienes visitan Nantes y sus alrededores que la vida allí parece transcurrir más lentamente. Quizás sea por la influencia de los cinco ríos que atraviesan esta ciudad francesa, salpicándola de jardines y rincones para el descanso. De esta ciudad Patrimonio de la Humanidad dejó escrito André Bretón que era, junto a París, «la única ciudad de Francia en la que parece que en cualquier momento puede ocurrir algo que vale la pena». Y alrededor de esta mole que suma unos 800.000 habitantes, pequeños pueblos, castillos, villas marineras y otra gran ciudad, Saint Nazaire, la gran puerta al mar de la región del Loira Atlántico. Un acceso directo por mar que se acaba de cerrar para los asturianos. Más información en www.vacaciones-bretana.com.

El Norman Atlántic era todo comodidad, si elegías la opción del viaje con camarote, el trayecto incluso se te hacía corto. Una visita a la cafetería, con amplias instalaciones, hacía que el equilibrio, a veces un tanto inestable a bordo, se hiciera más llevadero. Salida a cubierta y disfrute del espectacular paisaje, Atlántico al fondo, todo el horizonte, y, a lo lejos, tierra, Francia. La operación de desembarco estaba milimétricamente estudiada. Primero los vehículos de mercancías, las autocaravanas, los motoristas y los coches particulares. Ponemos rumbo a nuestro primer destino. Hemos llegado. Nos vamos a la Bretaña, una región con rasgos de identidad únicos. Auténtico tesoro histórico y arquitectónico en cada una de sus ciudades y rincones.

El corazón de la edad media

Nos esperan historias de piratas, gaitas y pueblos de madera y piedra que aparecen en bosques impenetrables y costas quebradizas. Por estos lares el espíritu parisino no sirve, aquí debemos invocar a Tutatis y ser irreductibles galos.

Nos vamos a Quimper. Son apenas 200 kilómetros desde Montoir de Bretagne (distrito que pertenece a Saint Nazaire) y con la ayuda de un GPS no hay pérdida. Sin previo aviso, nos trasladamos a la Edad Media. Nuestros pasos nos llevan al casco antiguo. Casas medievales de distintos tipos y periodos se asoman a callejuelas de nombres evocadores indicadas por las agujas de la catedral de Saint-Corentin. Cruzamos el río Odet y el paisaje verde inunda la vista. No hay contaminación, no hay ruido de tráfico, y, sobre todo, no hay prisa.

Las leyendas de Quimper nos hablan de un rey, Gradlon, que, en su búsqueda de una ciudad, Ys, engullida por las aguas, decidió asentarse en Quimper y convertirla en la capital de Cornouaille. Y seguimos con nuestra ensoñación medieval, estamos en pleno siglo XIII y caminamos por calles adoquinadas, saludamos a los artesanos, contemplamos los palacetes y quedamos ojipláticos ante la catedral, uno de los mejores ejemplos del arte gótico.

Quimper es uno de los pueblos más bellos de Francia. Y este viaje en el tiempo es una prueba. Y pronto nos damos cuenta que en Quimper reina la loza. Y en concreto en su barrio de Locmaria, y como la vida es un regreso a la infancia, nos enamoramos profundamente de sus toques naifs, tan absolutamente vivos. Y visita obligada es el museo de Bellas Artes, con uno de los fondos de arte más ricos de Francia, con obras de Boudin, de la Escuela de Pont-Aven, de Tal-Coat y de Max Jacob. Pura atracción abismal romántica.

Paz en Sainte Marine

Nuestro próxima cita es en Vannes, pero nos encontramos con la agradable sorpresa de Sainte Marine de Combrit. Pintoresco pueblo costero en donde la calma es su principal protagonista. La playa Kermor, con más de 4 kilómetros de fina arena, invita a ver pasar las horas junto con la práctica de alguna actividad deportiva asociada al mar, como el winsurfing, que gana cada día más adeptos. Un remanso de paz en el departamento de Finisterre que bien merece una parada. Y como Combrit está unida al mar, no podremos dejar de visitar el homenaje a sus hombres en el museo Abri du Marin. Así como también deberíamos acercarnos hasta su villa vecina, Benodet, otro enclave delicioso desde donde visitar unos acantilados espectaculares.

En Vannes descubrimos que el tiempo empieza a escasear y no puede desperdiciarse en esta ciudad dueña y señora del golfo de Morbihan. Puro orgullo bretón en esas inmensas murallas. Con una luz especial y exclusiva que destila su arquitectura civil, con palacetes en todas sus calles, volvemos a disfrutar del cuento medieval en sus calles, con parada y fonda, ineludible, en la plaza Gambetta y en los jardines de la Garenne. Y por supuesto, capítulo aparte merece la catedral de Saint Pierre.

Incógnita sin despejar

El viaje ha finalizado, toca regresar y lo hacemos en uno de los últimos ferrys. De momento, todos los esfuerzos que desde las administraciones se han hecho para la continuidad de la ruta parece que han sido en balde.

Han sido cuatro años en los que la importancia de esta autopista marítima ha contribuido a la mejora de la competitividad de las industrias y empresas asturianas y al posicionamiento internacional de El Musel como referente del transporte intermodal, y ahora, por el momento, el capítulo se ha cerrado, ¿definitivamente?.

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