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Puro ingenio, verbo ágil, gracia infinita. Rossy de Palma recoge esta tarde el Premio Isaac del Rivero del FICX y se marcó nada más llegar a Gijón un mediodía de asturianía, de arte, de cine y de Movida madrileña. En una rueda de prensa divertídisima, quizá dio con el quid de la cuestión de su toda su carrera: «A mí mi padre me dijo 'yes mundial, fía' y yo me lo creí». Lo vio, lo ejerció y lo venció esta hija de asturiano y navarra que pasó sus veranos de infancia en Avilés, que no olvida los orígenes, que presume de ese padre albañil que tenía mucho de artista y que con cuatro azulejos se hacía un Gaudí sin saber qué era un Gaudí. «El gen asturiano no lo hemos perdido», dijo la actriz nacida y crecida en Mallorca y que con 19 o 20 años llegó al Madrid de la Movida. Pero antes, muchos fueron los veranos «en la Avilés de Ensidesa con un olor extraño», bebiendo leche de vaca recién ordeñada y disfrutando de la familia. «A Asturias la llevo en la masa de la sangre y continua siendo parte de mi ADN», dijo.
Pero es ella, como ya le avanzó su padre, muy universal en su ser y estar. No admite más fronteras que las gastronómicas y se considera artista intérprete más que actriz. Se mueve y funciona de una manera intuitiva. Así crea sus personajes: «Yo llego y me olvido de mí». Esa es la magia que mueve su manera de interpretar, que se sirve de la naturalidad y se alimenta siempre del error. «Siempre digo que a mí dame un error y te devuelvo un acierto». Hay que tener flexibilidad en el cine y en la vida. Hay que no mirarse demasiado al ombligo: «Los artistas somos transmisores del arte pero no somos el arte». O dicho de otra forma: ni el enchufe ni el cable son la electricidad, de modo que mejor no darse demasiada importancia a uno mismo, no vanagloriarse. Así lo ve ella.
Hay que errar y hay que dudar. Y más en este mundo de «hiperrealidad» trumpista en el que vivimos, en el que parece que solo hay villanos y han desaparecido los héroes. «Las mentes inteligentes tienen que ser elásticas y estar llenas de dudas», afirma esta mujer que si algún día dirigiera una película filmaría cine social. Es terrestre, le interesa la raíz, todo lo que tiene que ver con lo indígena, con la belleza de la diversidad. Ese es su aliento: «Haría algo social, sobre la violencia de género, que yo también la he sufrido», aseguró quien se confesó como una «actriz energética», que sabe que aporta un toque de luz en cada una de sus intervenciones en pantalla.
Es Rossy de Palma también una mujer muy reflexiva, que advierte en la pantalla grande la verdad que otros medios no derrochan. «El cine es mentira para contar una verdad, mientras la televisión es mentira para contar una mentira».
Tuvo tiempo De Palma incluso para recordar sus inicios en Madrid, trabajando en bares de copas, sobreviviendo con muy poco y disfrutando de un mundo libérrimo. Así conoció a Pedro Almodóvar, que sería paradigmático para ella. «Nos conocimos como artistas, éramos fideos de la misma sopa», recordó. Y así llegó un papelito y todo lo demás. Y ahora, con 60 años cumplidos, «muy tremenda», y una carrera muy prolija dentro y fuera de España, sigue en su empeño de ser auténtica: «Uno tiene que ser fiel a su esencia».
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