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Rafael Suárez-Muñiz
Domingo, 13 de marzo 2022, 01:09
Hoy les enseñamos un recóndito paraíso que habrán bordeado cientos de veces y quedado impactados ante el imponente muro y el viejo portalón de madera, que nos remite a una fortaleza, cual castillo almenado. Nos estamos refiriendo al «mejor jardín francés de Asturias», de acuerdo con el doctor geógrafo Rodrigo Álvarez Brecht, situado en el mayor latifundio de Gijón y una de las mayores fincas de toda Asturias: la quinta de Peñafrancia (Deva). En esta vasta posesión se celebran siete siglos de historia, desde que fuera mayorazgo de la familia Ramírez de Jove; unos bienes familiares que pasaron generación tras generación hasta llegar a manos de los actuales propietarios, los hermanos Armada Barcáiztegui, hijos del último conde de Revillagigedo, marqués de San Esteban del Mar de El Natahoyo y conde de Güemes.
No hay una familia con mayor relevancia territorial en la región. La carga de títulos nobiliarios no los hace más distantes sino al contrario, nos encontramos ante nobles de hecho y de derecho; siempre mostrándose de cara a la ciudad y a la ciudadanía y no de espaldas a estas. Desde EL COMERCIO agradecemos a la familia Armada la apertura de la puerta de «esa fortaleza» para poner de manifiesto enfáticamente, sin que pase desapercibido, que se trata de una incursión única y que en excepciones se produce.
Por todo ello, sin entrar a analizar el patrimonio construido y la genealogía familiar por el mero hecho de circunscribirnos a la línea temática de esta sección de jardines botánicos privados, publicaremos dos reportajes, dos semanas seguidas para intentar abarcar todo lo posible los diferentes estilos de jardinería que se esconden en las enormidades de Deva.
Cruzamos la puerta y nos reciben Carmen Armada y su jardinero Ramón Pérez, un lujo de volcados anfitriones. Dos seres extraordinarios preocupados por el buen estado de la jardinería y con un afán conservacionista y patrimonialista consabido en tanto que es un valor que define a los ascendientes de los Armada. Carmen Armada, primogénita de esta noble familia y marquesa de San Esteban por derecho sucesorio —título que lleva su hijo— es una enamorada del universo verde en particular y del patrimonio histórico-artístico en general, un perfil que tristemente no abunda. «Yo me ocupo del jardín francés porque me gustan las plantas y la jardinería. Yo soy muy aficionada a las plantas y estoy en la Asociación de Amigos de los Jardines con muchas sevillanas con las que viajo a ver jardines de todo el mundo», indica Carmen.
«La finca y todas las zonas ajardinadas las empezó Álvaro Armada Valdés (1817-1889), que era poeta y muy aficionado a la botánica»; en efecto firmó un libro con seudónimo titulado Poesías del barón de Fritz. Era marqués de San Esteban del Mar de El Natahoyo, marqués de Santa Cruz de Rivadulla, conde de Revillagigedo y conde de Güemes al desposarse con Manuela de la Paciencia Fernández de Córdoba, que era grande de España. «El hijo de ambos continuó embelleciendo la finca, fue el que hizo el invernadero y el jardín francés», indica doña Carmen Armada, tataranieta y bisnieta de los artífices de los jardines históricos de diseño. Es decir, Álvaro Armada Valdés comenzó con la proyección de la jardinería de Peñafrancia, incluidos los inicios del jardín francés en el que luego contribuyó su hijo Álvaro Armada Fernández de Córdoba (1843-1907) y sus descendientes.
La motricidad inducida por la clorofílica afición de Carmen Armada es simpatiquísima, te gana. Los últimos coletazos del confinamiento —la desescalada más estricta— la cogieron en la esplendorosa quinta de Peñafrancia y eso le dio un golpe de realidad: «nunca había estado aquí en abril-mayo-junio y no había visto mis plantas florecer, no sabía cómo eran esos arbustos en flor». Pues ahora a Carmen la tenemos yendo y viniendo de Madrid para ver su jardín y sus plantas florecer. De veras tiene un espíritu tan incansable como apasionante, es todo oídos y ella misma muestra esa conciencia o didáctica de querer / deber enseñar los jardines a la gente cultivada, ya que el papel de visitante lo vive en sus propias carnes, pues es socia de la Asociación de Amigos del Botánico de Gijón y del Real Jardín Botánico de Madrid.
En esta primera entrega hablaremos «solo» del jardín francés. Este laberíntico jardín tiene nada menos que 5.000 metros cuadrados. Se trata de un jardín formal simétrico situado en el centro-oeste de la heredad, con una configuración en planta organizada a partir del cruce romano de un pasillo menor y otro longitudinal, en cuyo centro se abre una delicada plazoleta circular. Del centro, incluyendo el cardo y el decumano, salen ocho pasillos perpendiculares y diagonales que generan otros ocho grandes bojedales en forma de quesito, partidos, a su vez, en distintas ocasiones con nuevas formas en broderie a partir de los mismos. Entre los quesitos se impone un diseño de formas circulares centradas en el aje axial y en el tercio occidental, rodeadas de lágrimas y trazados sinuosos.
Como refrenda Álvarez Brecht (2009): es el mejor y más importante jardín francés de Asturias, una vez conocidos todos los similares: no cabe duda de este aforismo y lo es por diversos motivos. Este jardín romántico fue realizado a mediados del siglo XIX (como el de Augusto Bailly en Pola de Lena) en la parte de abajo de la finca, pegado al muro de entrada, del que se separa por una serie de vetustas magnolias grandiflora perennifolias fronteras a la caseta de aperos. Se trata, pues, de un tapiz verde al que le falta un cuarto de siglo para cumplir los 200 años de antigüedad. La avenida de acceso delimita este jardín por un lado y la inmensa pomarada de Salvador Rivero por el otro.
En la plazoleta central, circular, había una fuente de fundición que fue sustituida por una de mármol de 3 metros de altura y planta octogonal, igual que la que hay en la avenida del jardín simétrico de Villa María. Esta fuente del siglo XIX estaba delante de la galería del palacio de arriba. La acompañan perimetralmente un par de bancos de madera que hacen las delicias de la estancialidad durante la época estival.
Los setos de boj, a pesar de la incesante lucha contra el hongo y la oruga que los ataca indiscriminadamente, se encuentran en un gran estado de conservación y esto tiene nombre propio: el incansable Ramón, excompañero del IES El Piles, colombófilo y ahora profesional de la jardinería. Esos macizos interiores alcanzan el medio metro de altura mientras que los perimetrales del jardín se acercan al metro ochenta. Veremos formaciones de seto corrido con bolas de distintos tamaños y prismas pentagonales en algunas esquinas que superan los dos metros de altura.
La composición interior de los parterres es muy variada y eso es lo que convierte a este ejemplar espacio en un jardín de las cuatro estaciones.
En la mayoría de parterres hay un predominio foliar de agapantos que los texturizan mes tras mes y los hacen explotar en el verano con sus verticales tallos florales que le confieren el color azul en contraste con el dominante verde (como en el jardín francés de La Isla). Asimismo, estos se ven acompañados por un buen número de celindas (falso jazmín del sur de Europa). Durante todo el año hacen su florística aportación los sedums spectabile, una de las incorporaciones con las que Ramón se siente más convencido, que le dotan de vida o de movimiento cromático al jardín francés por la progresiva transición de colores y texturas cambiantes con el discurrir de las estaciones, pero, sobre todo, porque su esplendidez floral va al revés que las demás, puesto que florecen en verano pero interpretan la función del otoño.
En los últimos coletazos del invierno y en el advenimiento primaveral son las camelias y los portentosos rododendros las majestades del jardín, acompañadas de una inestimable corte floral de chillones colores que anidan a lo largo de la broderie: como las flores rojas de los numerosos membrillos japoneses (Chaenomeles japonica), las amarillas y ensortijadas flores de hamamelis virginiana (avellano de la bruja), que son de las preferidas de doña Carmen, u otras amarillas de las mahonias aquifolium (uva de Oregón). Las grecolatinas flores del invasivo acanto hacen presencia como otras tantas a partir de primavera. Pero no solo de colores vive este jardín: la estimulante aportación de los matos de dafne odora nos regalan aires dulces y alimonados mientras paseamos por los pasillos septentrionales.
Esquinadas dentro de los parterres se encuentran las camelias más antiguas de Asturias, que lo son junto con las de La Isla de Florencio Valdés. Camelias japónicas y europeas que no son plantas arbustivas: son verdaderos árboles y la carga floral es el rasgo dominante, sus redondas copas están totalmente floreadas. El mes de febrero, nuestro verde protagonista se embellece y se convierte en un «jardín de las camelias». Los veteranos arbolitos de camelias de más de un siglo de antigüedad rellenan parterres y dejan deliciosas alfombras de pétalos por los pasillos. «Las más antiguas del jardín francés son todas japónicas y las de mi casa de arriba son solangeanas», afirma Carmen Armada.
Entre las variedades de camelias más antiguas destacan: la japónica Nobilissima de color blanco con charoladas y oscuras hojas; la japónica común de color rojo; unas curiosas japónicas rojas de flor pequeña llegadas seguramente en forma de semilla; una llamativa camelia blanca con mechas rosas; una camelia rosa procedente seguramente de Italia, así como otras no menos longevas que superan fácilmente los 60 años de edad.
Con las camelias más recientes han ido haciendo una pequeña plantación en hilera junto al cierre de boj meridional. «Todas estas camelias tienen veinte años, las compré en la Feria de Turón», señala Carmen. Enfrente de estas hay una más desarrollada de aspecto columnar, por la que más atracción sienten propietaria y jardinero, que es un híbrido denominado Spring Festival. Otra sorpresa: entre la colección de camelias de la quinta de Peñafrancia también hay una camelia Mary F. Taylor de la renombrada camelista gallega Leonor Magariños que le hizo llegar a Carmen Armada por mediación de Bene Prado «el señor de las camelias».
Otras especies curiosas son los cornejos del Himalaya o sanguijuelos (Cornus capitata) y el grueso pitósporo chino (Pittosporum tobira), que también superan holgadamente los 100 años y son de hoja perenne. Ejemplar del que dice Miguel Llana-Valdés que es «viejísimo. Seguro que de los primeros que llegaron a Asturias». Asevera Ramón Pérez que «nos daría para poner una tienda solo de cornejos, camelias y palmeras» porque al caer las semillas en el jardín: nacen solos por decenas. A ello hay que añadirle el curioso árbol de aguacate que Carmen plantó «desde el hueso, por probar, hace diez años».
El techo de este romántico jardín lo componen verdaderos gigantes de la fecha en que se hizo el jardín: como las dos palmeras canarias del borde occidental (bicentenarias), secuoyas, palmeras washingtonianas, robles tricentenarios, falsas tuyas (singularización foliar por su forma de helecho), cipreses de Lawson, fresnos, enebros chinos (Juniperus chinensis), un árbol del amor (Cercis siliquastrum) que se secó y una asentada araucaria bidwilli cuyos frutos alcanzan el tamaño de un melón, con lo que al caer desde esos 45 metros de altura son un serio peligro.
Por cuantificarlo un poco: encontrarán sus mercedes un centenar de camelias (mayoritariamente de más de un siglo y medio de antigüedad), miles de bojes de dos tipos, miles de agapantos, decenas de membrillos japoneses y de rosales, más toda la pantalla arbórea que hace que sobre este tablero verde se alcancen alrededor de 200 variedades botánicas y un incontable número total de plantas que se escribiría en términos de miles, de varios miles.
Para concluir esta primera parte: solo cabe invitar a nuestros lectores a deleitarse con esta maravilla de jardín, que ha sido posible que llegue a nuestros días gracias al importantísimo trabajo de recuperación que doña Carmen Armada efectuó en el año 2000 para salvarlo de la degradación en la que estaba sumido. Algo digno de encomio como no menos reseñable el tándem que forma con su jardinero Ramón desde hace dos años. Dos cabezas bien ajardinadas. Pasen y lean.
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