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José Luis González
Gijón
Domingo, 14 de enero 2018, 09:58
1918 ha quedado marcado como el año de una de las mayores catástrofes sanitarias de la historia. Entre cincuenta y cien millones de personas murieron en el mundo a consecuencia del virus de la gripe, una enfermedad de la que poco se sabía entonces y contra la que no había herramientas para luchar.
Una concatenación de circunstancias explican la alta cifra de muertos, que en Asturias, según el Instituto Nacional de Estadística, se elevó hasta 4.544, una cantidad que el profesor asociado de Historia de la Ciencia de la Universidad de Oviedo y médico del Servicio de Atención Continuada del Sespa en Lugones Luis Vicente Sánchez eleva a 6.226. «Fue un desastre. En Asturias no había sistema sanitario. Esta epidemia fue un revulsivo para la medicina», explica el autor del estudio ‘La gripe 1918-1919 en Asturias’, una investigación que aún no ha visto la luz.
Diferentes investigadores coinciden en que la enfermedad apareció el 4 de marzo de 1918 en un campamento militar de EEUU. La primera guerra mundial, con el constante movimiento de tropas, contribuyó a su expansión y también a bautizarla como «gripe española». Los países inmersos en la contienda no querían dar a conocer que la enfermedad estaba causando numerosas bajas en sus filas. El hecho de que España fuera neutral en la guerra hizo que sí publicase información sobre la epidemia, que adoptó finalmente ese nombre.
La primera oleada de la enfermedad en España fue la de la primavera de 1918. El virus atacó entonces con menos fuerza de lo que lo haría posteriormente, provocando que algunas personas quedaran inmunizadas ante lo que se cree que fue una cepa que nunca antes había circulado entre los humanos. La historia de este nuevo tipo de virus de gripe comenzaba a escribirse entonces, quedando la población totalmente expuesta por no estar inmunizada.
La segunda oleada fue la más letal. En otoño de 1918 la enfermedad se convirtió en una verdadera epidemia que acabó con la vida de 182.865 personas en España, un cálculo que diferentes investigaciones elevan ahora hasta las 270.000.
El diario ELCOMERCIO alertaba ya en sus páginas del 9 de septiembre de 1918 de la situación que se comenzaba a vivir en el país y que se convertiría en un caos en las semanas posteriores. «Desde 1918 España siempre ha tenido un crecimiento de población positivo excepto por la epidemia de cólera de 1885, la gripe de 1918 y la Guerra Civil», explica Luis Vicente Sánchez.
La ciencia no estaba preparada para lo que estaba sucediendo. No había métodos para identificar la enfermedad y tratar de buscar un remedio en forma de fármaco. Las soluciones que se proponían entonces pasaban por alejarse de los enfermos, desinfectar viviendas, espacios públicos e incluso las ropas y tomar sustancias como sueros, quinina, opio, acetato o alcanfor mezcladas en diferentes recetas. «Los médicos pensaban que se trataba de una bacteria. El Gobierno envió al doctor Gregorio Marañón a visitar el Instituto Pasteur, en Francia, para investigar la enfermedad. Dijeron que la gripe estaba causada por el bacilo Pfeiffer o bien que se trataba de un virus filtrable que provocaba una sobreinfección. En realidad, volvieron a España de vacío», señala Luis Vicente Sánchez.
Al desconocimiento de la enfermedad se sumó la falta de infraestructura sanitaria en la época. Según la investigación del profesor de Historia de la Medicina de la Universidad de Oviedo, los recursos en Asturias eran mínimos.
«En Gijón estaban el Hospital de Caridad y la Casa de Socorro. En este último había un médico, un cirujano y un practicante. En Oviedo estaban el Hospital Provincial, atendido por cinco médicos, y la Casa de Socorro, donde se cree que había entre 2 y 3. EnAvilés funcionaba el Hospital de Caridad, donde había tres médicos y hacía las veces de Casa de Socorro. Además, había médicos privados».
Las crónicas
Las crónicas de la época reseñan el imparable avance de la enfermedad.A las informaciones nacionales, en las que se da cuenta del aumento del número de infectados y muertos en diferentes provincias españolas, se suman las locales, que reflejan la multiplicación de los casos en todos los concejos asturianos. Informaciones que dan cuenta además de la falta de medios para atender a los enfermos. «A los cuatro días de notarse los casos, un veinte por ciento de los vecinos estaban afectados. Lo más alarmante del asunto ha sido que los primeros en enfermar han sido los tres médicos residentes aquí. Se hizo todo lo que la buena voluntad podía, pues abandonado como está el servicio sanitario de la nación no esperaba encontrar por aquí medios para atajar el mal. La providencia desempeñó un papel importante», señalaba el corresponsal en Luanco de ELCOMERCIO.
Las medidas adoptadas para luchar contra la gripe se basaron, a falta de un remedio efectivo que pudiera acabar con ella, en intentar frenar su expansión. El Gobierno decidió suspender la apertura de los colegios y los espectáculos públicos y mantener la desinfección de edificios públicos, cafés, iglesias, oficinas, tranvías y trenes. Incluso se llegaron a cerrar los cafés y tabernas después de las diez de la noche y se establecieron controles sanitarios en las fronteras de Francia yPortugal.
Las restricciones por culpa del virus alcanzaron también a los cementerios. Se decidió prohibir las visitas a estos espacios en el Día de Todos los Santos mientras las cifras de muertos no paraban de subir. Unos fallecidos que debían recibir sepultura a las cinco horas del deceso y que eran trasladados sin acompañamiento al camposanto por recomendación de las autoridades.
La situación desesperada que se vivía entonces llevó a Gijón a tomar medidas adicionales de emergencia: se creó un hospital de campaña en el local de Cruz Roja del Cerro de Santa Catalina y un segundo en las escuelas de la calle Cabrales, este último dotado con 35 camas. Además, se incautaron diez coches, que quedaron a disposición de los médicos y se pidió la colaboración del Ejército, que cedió a 35 soldados para reforzar el servicio de cementerios. El alcalde llegó a iniciar la tramitación para la ampliación del camposanto de El Sucu ante la avalancha de muertos. Solo en el periodo que va del 1 al 16 de octubre de 1918 se contabilizaron en la ciudad 157 muertos por esta enfermedad. «Al día siguiente, el 17, murieron 25 personas por la gripe en Gijón y del 23 al 25, fallecieron 19 cada día», abunda Luis Vicente Sánchez.
La caótica situación sacó lo mejor y lo peor de las personas. Las cuestaciones para intentar ayudar a los enfermos más pobres se sucedieron durante semanas y el Ayuntamiento gijonés decidió ampliar el presupuesto en Sanidad en 28.000 pesetas. Pero la situación de desabastecimiento, tanto de fármacos como de alimentos, provocó que algunos vendedores inflasen los precios hasta el punto de obligar al Consistorio a intervenir. Una práctica denunciada en un editorial de ELCOMERCIO publicado en plena crisis sanitaria.
Nada parecía poder detener la enfermedad. La puesta en marcha de una brigada sanitaria y un volante de acción de limpieza en Gijón no sirvió para acabar con una gripe que dejó, en total, 307 fallecidos en la ciudad. Derribos de chabolas donde se criaban cerdos, saneamiento de retretes y alcantarillas o bloqueo de pozos negros no fueron suficientes para detener a la gripe. Lo dramático de la situación tampoco sirvió para apaciguar las aguas políticas.Las protestas de la oposición en Gijón eran constantes y se llegó a solicitar la «desinfección» de las personas sanas en la vía pública.
En las crónicas de la época se da cuenta de otras zonas gravemente afectadas, como Infiesto, donde se denunciaba la «desatención» que sufría la población, SanMartín delRey Aurelio oNoreña. En Sama, como ocurrió en otros puntos de la región, fue necesario habilitar un barracón con veinte camas para los enfermos. Toda la región vivía sumida en un caos sanitario que dejó, según el estudio de Luis Vicente Sánchez, 635 muertos en Oviedo y 120 en Avilés.
Horror en Cangas del Narcea
La gripe hizo mucho daño en la región, pero fue en Cangas del Narcea donde más se cebó. El profesor de Historia de la Medicina, tras recorrer edificios oficiales y archivos, concluye que en este concejo la cifra de muertos llegó a 700. «La enfermedad llegó al Monasterio de Corias por unos seminaristas de Palencia».
La epidemia duró más en este concejo que en otras zonas de Asturias. Desde agosto de 1918 hasta enero del año siguiente la enfermedad hizo estragos entre una población que ya sufría la pobreza y el aislamiento. «En el concejo había tres médicos y muy pocos recursos.Mucha gente murió de hambre», explica Luis Vicente Sánchez.
Gumersindo Díaz Morodo, ‘Bori’, fue cronista de excepción de lo que ocurrió aquellos meses. Entre septiembre de 1918 y enero de 1919 este cangués publicó en la revista ‘Asturias’, que se editaba en La Habana, una serie de crónicas en las que da cuenta de las penurias de la población y los estragos que causó la enfermedad. Sus relatos estremecen. «Yo he penetrado en viviendas infames, insalubres y hallé hasta ocho enfermos en una sola, fétida y raquítica habitación, solo con dos camas. He visto y he palpado en estos días tanta podre, tanta miseria, tanto moral como material, que no me explico cómo no he caído epidemiado, ni menos cómo tengo fuerzas para guiar la pluma», contó en su crónica del 16 de noviembre de 1918, un retrato del horror que produjo una de las peores epidemias de la historia.
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