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Luis Pardo trabaja en el Instituto Max Planck de Medicina Experimental. :: E. C.
«Aquí conocen a Alonso y Villa pero nadie sabe quién es Severo Ochoa»
ASTURIANOS EN LA DIÁSPORA

«Aquí conocen a Alonso y Villa pero nadie sabe quién es Severo Ochoa»

«Si no encuentras cómo mover el barco lo que no puedes es quemarlo para producir vapor. Eso estamos haciendo con la ciencia en España» Luis Pardo lleva desde 1996 en Alemania investigando para la sociedad Max Planck

M. F. ANTUÑA

Sábado, 15 de junio 2013, 02:44

Vive en un paraíso científico. Göttingen, en el centro de Alemania, cuenta con cinco institutos Max Planck y con poco más de cien mil habitantes, de los que más de cinco mil son científicos. Nada menos que 42 premios Nobel han pasado por allí. En ese ambiente multinacional, multicultural y multidisciplinar tiene su hogar Luis Pardo, asturiano nacido en Madrid en 1961 pero criado entre Oviedo y Gijón. Con dos añitos se vino para acá. Aquí se formó como médico en la Universidad de Oviedo. Aquí hizo su tesis en bioquímica. Y de aquí se fue un buen día rumbo a uno de los institutos Max Planck. Primero, durante casi tres años. Y luego, desde 1996, de forma definitiva. Ahora es líder de grupo. Trabaja en el estudio de unas proteínas de la membrana que son canales importantes para la transmisión nerviosa, uno de los cuales se altera en el cáncer. Intentando entender por qué esto sucede se buscan estrategias contra la enfermedad.

«Lo que tiene la Max Planck es que no tiene prejuicios, esa es la diferencia fundamental con otras sociedades científicas», señala el investigador asturiano. Se explica Luis Pardo con más claridad: «Los institutos no son la unidad orgánica funcional, sino que son los departamentos y están ligados a una persona. Cuando se funda un instituto nuevo, se reúne a una comisión de política científica que intenta identificar un campo que esté emergiendo en ese momento, que no sea un campo científico establecido sino prometedor y, una vez identificado, se escoge al número uno en la materia y se intenta captarlo», detalla. Comienza a trabajar y cuando ha pasado un tiempo, si la cosa cristaliza es porque merecía la pena y si no se cambia de campo. «Es la forma más lógica de trabajar, invertir fondos públicos sin intentar dar direcciones a lo que está haciendo la ciencia».

Son muchos los españoles que son testigos y partícipes de esta forma de trabajar. Y más serán en el futuro, dadas las circunstancias españolas: «Estamos muy preocupados. Si no encuentras la manera de mover el barco lo que no puedes hacer es quemarlo para producir vapor, eso es lo que estamos haciendo en España con la ciencia, estamos cortando las alas a lo que puede de verdad solucionar el problema económico». Luis Pardo lamenta también que en Alemania el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional no haya tenido la repercusión que merece -«donde no haya un español no se han enterado»- pero es que, en términos generales, poco se sabe de nuestro país más allá de lo deportivo y lo festivo. «La gente sabe quién es Fernando Alonso y quién es David Villa, pero no quién es Severo Ochoa».

No existe un gran conocimiento de Asturias en una Alemania que tiene sus pros y sus contras. «Lo que más me gusta de los alemanes, y quizá sea una cosa negativa, es que aunque no trabajen intentan dar la impresión de que sí, nunca encontrarás a nadie que alardee de ganar mucho dinero trabajando poco. Y yo creo que ahí nos tienen la partida ganada, en el orgullo por el esfuerzo, aunque no sea verdad». Tienen una mentalidad diferente y, por supuesto, y ahí está uno de los contras, son muchísimo más aburridos que nosotros. Luis, que vive con su mujer, Araceli, y sus hijos, Ángel, Jorge y Alejandro-de 22, 19 y 10 años-, se ha integrado bien en el país -«a veces digo que la sociedad alemana ha cambiado mucho desde que llegué, pero igual el que ha cambiado soy yo»- , aunque es consciente de que Göttingen es un lugar muy especial.

Pero le faltan muchas cosas: «Sería una lista demasiado larga», dice a la hora de hablar de sus añoranzas asturianas. Pero lo primero es lo primero: «El mar». Cuando vuelve a casa, paseíto por San Lorenzo y cañita en una terraza. Y cuando hace la maleta de vuelta nunca falta el kit completo para elaborar una fabada. Lo de volver a España ni se lo plantea: «Apetece por motivos personales, pero no hay motivos profesionales que llamen».

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