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MARCO MENÉNDEZ
Lunes, 3 de junio 2013, 10:52
La historia de Gijón es la de su mar. El gijonés siempre miró a la mar y la aprovechó al máximo. Lo mismo hizo con su costa y sus arenales. La playa de Pando, que se encontraba entre la dársena del Carbón (en el Muelle) y el monte Coroña, era la utilizada para el ocio de los ciudadanos en el siglo XIX, ya que la de San Lorenzo estaba considerada como muy peligrosa por sus corrientes.
Hay constancia de casetas de baño en el arenal de Pando antes de 1840. Se trataba de concesiones y las había de uso público, de particulares y de la Corporación y sus invitados. En un principio eran de lienzo, aunque a partir de 1860 pasarían a construirse de madera y móviles, que eran acercadas a la orilla tiradas por caballerías. Eran construcciones cuadradas, con superficie para acoger a cuatro personas, con perchas, un espejo, un estante y dos depósitos para lavarse tras el baño. Los usuarios tenían a su disposición criados o 'bañeros'. Pero la más famosa fue la utilizada por la reina Isabel II durante su estancia en Gijón en el verano de 1858. Esta caseta, de grandes dimensiones, contaba con sala de descanso, dormitorio, tocador tapizado y guardarropa, entre otras cosas.
Pero el progreso iría acabando poco a poco con la playa de Pando. El primer paso fue la construcción de los muelles de Fomento y en 1875 la actividad playera se desplazó finalmente a la playa de San Lorenzo, impulsada por la construcción de balnearios que explotaban la componente medicinal y terapéutica de los baños de mar. En Gijón funcionaron La Favorita, La Sultana, Las Carolinas, Baños de Ola, La Cantábrica y La Terraza. Convivían con las casetas de baño, más baratas y versátiles, de las que a finales del siglo XX ya había 135 en la playa de San Lorenzo.
El malestar de la ciudadanía con los balnearios fue creciendo con el tiempo, pues éstos buscaban el monopolio de la playa. Según el Reglamento de Baños del Ayuntamiento, el acceso a la mar era gratuito, pero los balnearios lo prohibían a los pobres, al establecer un precio para acceder al arenal (sólo se podía hacer desde estas edificaciones) o exigiendo trajes de baño de confección y no los cosidos de forma artesanal. Tomaban entonces relieve los llamados 'paseos elegantes' por la playa, que había desplazado a la calle Corrida como lugar para 'ver y ser visto'.
La mayoría de los usuarios no sabía nadar, por lo que el Ayuntamiento exigió la colocación de maromas para que los bañistas se pudieran coger a ellas y la vigilancia de 'bañeros' en lanchas. En 1920 se inauguró, además, el servicio oficial de socorristas, a semejanza de los que ya funcionaban en Holanda. Es en esta época cuando hay una popularización social de la playa contra el carácter elitista de los balnearios, con un espectacular incremento en la demanda de los baños. Se dice que en 1930 llegaban más de 40.000 bañistas a la playa de San Lorenzo, por lo que el Ayuntamiento decidió ejercer un mayor control sobre la concesión de los espacios del arenal a particulares. Gijón pasó de tener sólo cinco hoteles en 1919 a trece en 1929, por la demanda de los veraneantes.
La presión social y el auge de pequeños empresarios que ofrecían modestas casetas de baño en tela para uso de los visitantes hizo que los balnearios se encontraran contra la espada y la pared, pues se les acusaba de ser antiestéticos, antiguos caserones y producir vertidos antihigiénicos a la playa. En 1936 fueron derribados los dos últimos, La Favorita y Las Carolinas, ganando la partida las coloridas casetas de playa que, tras la guerra civil y, especialmente, a partir de la década de 1950, irían tomando mayor protagonismo verano tras verano hasta llegar a ser todo un símbolo.
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