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EVA MONTES
Domingo, 28 de abril 2013, 13:21
La muerte del conde de Revillagigedo, el asalto al Banco Gijón, las obras del ensanche de El Musel, la primera piedra de la Fundación Revillagigedo, la playa, el carnaval, las juras de bandera en el paseo de Begoña, la visita del rey Alfonso XIII... Todos esos trabajos, y muchos más, firmados por un, hoy, desconocido Frank, ilustran informaciones de EL COMERCIO de los dorados años 20. Pero no siempre fue así. De hecho, el periódico le nombró «redactor artístico» en 1923 por su trayectoria de «afamado fotógrafo», apenas siete años después de que Florentino Fernández, mierense de nacimiento y norteamericano de formación, se estableciera en Gijón a su regreso de Saint Louis, en el estado de Missouri.
Fue la revolución del momento. Solo que el momento queda ya muy lejos y sus contemporáneos no pueden contar cómo reflejó sus vidas Frank, aquel joven impulsivo que llegó de Estados Unidos en la primera veintena de 1900 con ideas desconocidas sobre cómo hacer fotografías, en un tiempo en que el oficio era mitad artesanal, mitad artístico. Pero quedan los hijos, los nietos, los biznietos, los propios y los ajenos, que conservan la memoria de sus ascendientes y hasta la prueba fotográfica de un trabajo hoy totalmente disperso, desconocido y maltratado. Por eso ahora, más de un siglo después de que Florentino Fernández Iglesias se hubiera convertido en Frank, su hija Mari Luz y su nieta Ana han iniciado la laboriosa reconstrucción de su vida y de su trabajo para dejarlo plasmado en un libro. Para la historia.
Chile, Argentina, Cuba
«Como tuvo mucho reconocimiento en su época, los que conocieron su trabajo no podían entender que quedara en el olvido, así que nos decidimos a echar un vistazo para ver si era posible acometer el libro. Y fue ponernos en marcha y encontrar fotografías suyas en libros de Chile, de Argentina, Cuba, en un montón de sitios, en algunos de los cuales, incluso, habían recortado su firma», explica, visiblemente dolida, Ana Pujades, la nieta, la que bucea en internet, la que se empapa de periódicos, historias y documentos. Pero ella era pequeña, y su hermana aún más, cuando murió su abuelo, así que los detalles vivos los aporta su hija, la tercera después de dos varones, la que nació en Gijón y trabajó con él. «Mi única aspiración es sacar a la luz el trabajo de mi padre», dice Mari Luz Fernández, muy lejos de la imagen de aquel adolescente que dejó su Morcín natal con 14 años para descubrir nuevos horizontes.
Sin embargo, los primeros no fueron fotográficos. En 1901 Morcín se le quedó pequeño. Se fue a Detroit, con su tío, y empezó a trabajar en la General Motors. Pero no era ése el horizonte que buscaba un joven culturalmente inquieto, enamorado de Rembrandt y se fue a recorrer estados hasta que encontró lo que buscaba: la ciudad de Saint Louis, en Missouri, capital de la fotografía en aquel momento, los primeros pasos del siglo XX. Y allí aprendió todo lo que desarrolló después.
«Tuvo un profesor alemán y gracias a él no sólo se convirtió en un gran fotógrafo, sino que cuando regresó a Asturias hablaba perfectamente inglés, alemán y español. En Saint Louis le consideran un fotógrafo propio y su trabajo lo tienen conservado en la biblioteca de la ciudad. La verdad es que es una pena que esté allí y no aquí», se lamenta la hija.
Florentino Fernández fue feliz allí y posiblemente no hubiera vuelto si en una de sus visitas familiares no se hubiera encontrado con sus padres debilitados. Tenía 29 años y decidió quedarse. Eligió Gijón, una ciudad dinámica, propicia para acoger ideas nuevas y proyectos diferentes. Por eso en su primer estudio, el de la entonces calle Corrida, 37, lucía el rótulo 'Fotografía Americana'. Allí fue donde el Frank que nació en Saint Louis se instaló en Gijón y nunca más le reconocieron como Florentino.
«En un tiempo en que la fotografía no era instantánea y la de color ni existía, mi padre hacía sus propias fotos en color, trabajando sobre las impresas en blanco y negro. Las pasaba a otra cofaina con otro revelado diferente y las convertía en sepia. Era precioso ver cómo desaparecía completamente la imagen para reaparecer en el papel sepia. Y sobre ese resultado, coloreaba y pintaba sus trabajos, con una técnica que trajo de Saint Louis», recuerda Mari Luz, de sus años en la laboratorio con su padre.
Era un fotógrafo de éxito, pero no se conformó. Amplió su área de influencia a Oviedo y a Mieres, aventura que saldó con desigual suerte. Con la capitalina acabó la guerra. El bombardeo de la Universidad cogió de pleno su estudio de la calle Principado y perdió todo su trabajo, todas sus pertenencias, lo que hubiera podido ser su legado. Perdió hasta a su mujer, por lo que volvió a sus orígenes, a Mieres, donde terminó su carrera y su vida. Se convirtió en el fotógrafo del pueblo. Desde 1920 hasta 1970 lo fotografió todo. «Murió en 1979 sin saberse reconocido. Ni siquiera supo que era el fotógrafo de Saint Louis». Eso ya no tiene remedio, pero enseguida todos sabrán quién era Frank.
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