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El relojero Carlos Casaprima sube cada semana a la torre observatorio para dar cuerda al reloj y ocuparse de su conservación. :: JESÚS DÍAZ
El reloj oculto de Oviedo
Oviedo

El reloj oculto de Oviedo

La torre del Edificio Histórico esconde en su parte interna la esfera de una pieza con 345 años y una historia paralela a la Universidad

IDOYA REY

Domingo, 10 de marzo 2013, 12:12

Cada cuarto de hora, en el centro de la ciudad suenan las campanas. Algunas inconfundibles, como las del reloj del edificio de Cajastur, en la plaza de La Escandalera, que cuando las manecillas llegan a en punto toca el 'Asturias, patria querida'. Están también las de La Catedral, donde se ubica la campana más antigua de España; y el sonido de la Casa Consistorial. Pero entre tanto repiqueo, hay un reloj que pasa desapercibido, en el Edificio Histórico, nacido para para marcar los tiempos internos de la Universidad.

Una parte fue colocada en el inmueble hace ahora 345 años. Se instaló en la antigua torre espadaña, luego observatorio meteorológico. Aunque la maquinaria se quemó durante la revolución de 1934, pronto fue repuesta. Desde entonces, no ha dejado de sonar. Puede oírse, pero solo se ve levantando la vista desde un pequeño ángulo de la calle San Francisco. Ahí está la esfera, colocada en la parte interior de la torre observatorio. Es el reloj oculto de la ciudad.Corría el año 1574 cuando se diseñó un proyecto para la construcción de la Universidad de Oviedo. Seguía el patrón de Rodrigo Gil de Hontañón, buen conocedor de la arquitectura universitaria y autor de los edificios académicos de Salamanca y Alcalá de Henares. De aquélla, las enseñanzas eran teóricas, por lo que ese proyecto carecía de espacios para laboratorios u otras enseñanzas científicas. Las aulas se distribuían alrededor de un patio central, donde los alumnos descansaban entre las cátedras. Todo muy pragmático.

Aunque había otro espacio vital en aquella época: la capilla. Los alumnos, que dentro del recinto estaban obligados a hablar en la lengua culta, en latín, también debían asistir a misa al menos una vez al día. Era el oratorio también el lugar para las ceremonias de licenciatura y donde cada 10 de noviembre se elegía al rector. Pero, si cabe, había un elemento aún más importante dentro del espacio universitario, que indicaba todas las rutinas estudiantiles: «Una vez construido el edificio, se colocó el reloj y dos campanas en una torre espadaña que marcaba el lugar de la capilla y que más tarde fue sustituida por la torre observatorio que, a día de hoy, se conserva», explica Ana María Quijada, responsable de Patrimonio de la Universidad, dependiente del Vicerrectorado de Extensión Universitaria.

Las campanas repicaban para anunciar el inicio y fin de las cátedras. También anunciaban a toda la ciudad, con un soniquete especial, que iban a celebrarse ceremonias especiales. Fue en 1668 cuando se colocó la esfera y las campanas que aún hoy se conservan en la torre del Edificio Histórico.

Cambio de arquitectura

El diseño original de la Universidad situó en la segunda planta del edificio el salón claustral, la librería, vestigio de lo que luego sería la biblioteca universitaria, y también la habitación de una figura insustituible: «Después del rector, el oficio más importante dentro de la universidad era le bedel. Era el patrono de la casa, el mensajero de los estudiantes, que prácticamente vivía en la Universidad. En las siete partidas de Alfonso X El Sabio ya se hablaba del bedel», revela Quijada.

Los estudiantes no tenían que acceder a esa segunda planta, aunque con el paso del tiempo algún catedrático comenzó a usar parte de estas instalaciones para fines académicos: entraba el auge de las enseñanzas científicas. A mediados del siglo XIX, el que fuera rector, León Salmeán, inició una serie de estudios meteorológicos diseminando por todo el recinto diferentes aparatos de medición. No había laboratorio ni observatorio para tal efecto. Sin embargo, sus resultados fueron tan precisos que acabaron publicándose en 1851.

Por aquella época, el Gobierno instaba a las instituciones a que fomentasen las enseñanzas científicas. Así, tras una visita a la capital asturiana en 1858, Domingo Álvarez Arenas y Secades recomendó construir un observatorio en la institución académica ovetense.

Llegaron varias propuestas. La primera pasaba por construir una torre observatorio en el Jardín Botánico, que ocupaba parte del Campo de San Francisco. El Ayuntamiento se opuso a la edificación de cualquier infraestructura en la arboleda. «El arquitecto Luis Céspedes propuso eliminar la torre espadaña de la capilla que estaba en muy mal estado y levantar allí un observatorio meteorológico», cuenta Quijada. La idea se sometió al claustro. Impuso unas pautas estéticas y científicas, entre ellas que se conservara el elemento de la torre.

Así se hizo. La intención inicial del proyecto era cambiar la maquinaria del reloj e instalar otra esfera externa que mirara a la ciudad. Problemas presupuestarios dieron al traste con la idea. En 1868, la torre quedó inaugurada. «Junto al reloj, se han convertido en elementos identitarios de la Universidad. Si los quitaran, el edificio se quedaría huérfano», subraya la responsable de Patrimonio.

La revolución del 34

La maquinaria fue finalmente cambiada a finales del siglo XIX. Al menos es lo que se cree, porque la revolución de 1934 devastó toda la documentación y el edificio. La torre, la esfera del reloj y las campanas se salvaron. «La esfera, por sus características, es con toda probabilidad la original, lo mismo que las campanas que traen una inscripción del año de 1668. Las pesas, por lo rudimentarias que son, también parecen de esa época», explica el relojero Carlos Casaprima, encargado de su mantenimiento.

La maquinaria que hace girar las agujas desapareció, sin embargo, en el incendio que asoló el inmueble y que además destruyó la biblioteca y el baúl donde se guardaba la documentación fundamental de la institución académica. Se llamaba 'el arca de las tres llaves'. «Tenía tres cerraduras: el rector guardaba una y los dos doctores más antiguos, las otras dos. Para abrirla debían unirse los tres en presencia del secretario que hacía un acta con lo que entraba y salía de la misma», instruye Quijada. No sobrevivió al fuego.

En el proceso de reconstrucción del edificio pronto se adquirió otra maquinaria. En la encrucijada de manivelas, tuercas y demás partes figura una inscripción del fabricante: 'BL'. Esas dos letras permitieron ubicarlas con precisión no más allá de 1940. «Nos costó un poco. Las iniciales vienen de Blasco y Liza. En realidad, la fábrica donde se compró se llama Manufacturas Blasco, en Roquetes, Tarragona. Solo usaron la marca Blasco y Liza durante unos ocho años, por eso tenemos localizada la fecha», argumenta Casaprima.

Todas las semanas, el relojero se acerca a la torre para darle cuerda. Cada una de las tres manivelas precisa de 50, 25 y 70 vueltas a pulso para subir las pesas y que tenga de nuevo autonomía para seguir marcando las horas y los cuartos. «Ya no se ven muchos relojes así. En los años 50 empezaron a sustituirse por eléctricos, que son un cajetín completamente impersonal», asegura. Por ejemplo, el del Banco Herrero o el del Ayuntamiento de Pola de Siero corrieron esta suerte. Los que quedan suelen estar poco cuidados, «aunque con un mantenimiento mínimo, cuyo coste no es muy elevado, podrían conservarse», garantiza el relojero.

Hay, sin embargo, en la ciudad un reloj igual al de la Universidad en perfecto estado y «muy cuidado», el de la fábrica de armas de La Vega. «Ese patrimonio no puede desaparecer», apunta Casaprima. Como no ha desaparecido el escondido de Oviedo.

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