Borrar
Un grupo de baile tradicional en La Catedral, en 1965. :: FOTO CEDIDA POR EL ARCHIVO MUNICIPAL
San Mateo en blanco y negro
Oviedo

San Mateo en blanco y negro

Las fiestas resurgieron tras la posguerra por reclamo popular y giraban en torno al Campo de San Francisco y los niños

POR IDOYA REY Y ALEJANDRO GARCÍA

Domingo, 16 de septiembre 2012, 04:40

San Mateo no es el patrón de Oviedo, privilegio de San Salvador, aunque desde mediados del siglo XIX los festejos de la ciudad tienen fecha fija: el 21 de septiembre. Ese día se ganaba en La Catedral el jubileo de la Santa Cruz. Cientos de peregrinos llegaban hasta los alrededores del templo religioso y dormían en soportales y atrios para cumplir con el rito. Coincidía el jubileo con la onomástica de San Mateo y así se convirtió en el protagonista de los festejos.

La celebración, por aquel entonces, incluía curiosas costumbres como batallas navales y carreras de velocípedos en el paseo de Los Álamos. A los ovetenses, les tocaba devolver el favor a los familiares que durante el periodo estival les acogían. «Era todo más modesto, más pequeño y era costumbre que los parientes de la zona rural se instalaran en las casas de la ciudad», cuenta la cronista oficial de Oviedo, Carmen Ruiz-Tilve. La Universidad de Oviedo se abría para recibir visitas e incluso el hospital de la ciudad, en concreto la zona de manicomios, era exhibido en una costumbre «espeluznante y sorprendente». Así eran las fiestas de la ciudad hasta la Revolución del 34 y la guerra civil, cuando se quedaron reducidas al mínimo. Pero tras la posguerra los vecinos quería unas celebraciones dignas de la capital de Asturias. Lograron que en los años 50 resurgieran. Algunos las recuerdan muy bien. Con la hambruna que dejó la guerra civil, la preocupación para los ovetenses era conseguir algo que llevarse a la boca. San Mateo pasaba con más pena que gloria. A mediados de los años 40 del pasado siglo XX, el régimen de Franco centró su propaganda en conseguir una imagen de normalidad. Pero las obras de reconstrucción no llegaban y los paupérrimos festejos tampoco mostraban esa 'normalidad' tan difundida. Nacieron las críticas. La gente censuraba el programa y la prensa lo reflejaba. En 1947, el por entonces director del desaparecido periódico 'La Voz de Asturias', José Díaz, ironizaba en sus páginas sobre las fiestas «que el pueblo había bautizado como las de las cuatro bes: barracas, bailes, bandas y bollo», cuenta Adolfo Casaprima en su libro sobre la Historia de la Sociedad Ovetense de Festejos (SOF).

«A mí me sorprende el sentimiento de los ovetenses por sus fiestas. Ha sido siempre algo milagroso. Después de recorrer las fiestas de todo Asturias durante el verano y de gastar las fuerzas y el dinero, la gente tiene todavía ganas de salir a la calle a festejar», elogia Víctor Tresguerres, quien fuera técnico de la SOF desde sus primeros pasos de vida.

Las actividades que realizaba el Ayuntamiento en ese año clave, 1947, se reducían al campeonato regional de ganadería, estrenado en 1940 y que en siete años había conseguido gran prestigio en Asturias. Las reses premiadas desfilaban por la calle Uría el día de San Mateo, que terminaba con verbena. Entidades privadas colaboraban con dos citas deportivas, una carrera de motos y una subida ciclista al Naranco, y la Asociación de la Prensa de Oviedo se ocupaba de la corrida de toros y de un baile en la sala Gran Casino, en Teatinos.

El escueto programa y los críticos artículos de la prensa no dejaron indiferentes a los ciudadanos. Los participantes en la tertulia del bar Alvabusto de la calle Fruela tomaron el testigo y pusieron los cimientos para la creación de la SOF, que nació el 31 de octubre de 1947. Desde entonces, las fiestas de la ciudad han estado vinculadas al órgano, unas veces alabada, muchas otras censurada por la ciudadanía. «No hay que olvidar que cada uno se adapta a sus tiempos y organizar las fiestas requiere mucho trabajo, más como estamos a día de hoy en época de crisis», subraya Tresguerres.

Las fiestas crecen

Cuando a la SOF le llega el turno de organizar las primeras fiestas ya cuenta con algo más de 5.000 socios. En 1948 San Mateo ya tuvo un cartel diseñado por el dibujante Alfonso Iglesias. El programa incluía actos deportivos, una feria taurina, el reparto del bollo y el vino entre los socios, verbenas, fuegos artificiales y actuaciones musicales de pago. Los bolos ocupaban el Campo San Francisco y el Concurso Nacional de Salto de Caballos se instaló en el hípico. Había también tiro al plato, competición de motos y boxeo. El Campo San Francisco se convirtió en el corazón de San Mateo. Todas las actividades más dos acontecimientos que tuvieron lugar ese año terminaron por consolidar las bases de un programa festivo que aún perdura: la reapertura del teatro Campoamor, que instauró la ópera como parte indiscutible de las fiestas, y el 1.100 aniversario de la consagración del palacio del Rey Ramiro I, que concluía con un desfile de carrozas y que también trajo a la ciudad a muchos indianos con sus haigas. Era el preludio del Día de América en Asturias, que comenzó dos años después.

«Me acuerdo perfectamente del primer desfile. Para una ciudad aún con los coletazos de la posguerra ver todos aquellos haigas desfilando era increíble. Aún puedo ver a Lola Flores y Carmen Sevilla desfilando sentadas sobre el capó de los coches», rememora José María del Viso, exconcejal de Cultura.

Para él también era muy importante la ópera «en esos San Mateo de los años 50, 60 y 70, la única oportunidad que teníamos para ver la ópera era en San Mateo. La temporada duraba lo que las fiestas, no es como ahora que se extiende todo el año», insiste. Ahora ya no festeja en la calle, «sobre todo porque me faltan muchos amigos», pero defiende el modelo. «A cada uno lo que le toca a su tiempo», insiste.

Ahora toca La Catedral y conciertos para todos los públicos, sobre todo para los jóvenes que también disfrutan de los chiringuitos. «Antes lo más importante de las fiestas eran los niños. En el campo de maniobras, ahora la calle Calvo Sotelo, se instalaban muchísimas barracas y muchos puestos. Era para los pequeños de la ciudad, que lo acogíamos con excitación», rememora Ruiz-Tilve. Parecido es el recuerdo de la librera Conchita Quirós: «Ahorrábamos durante todo el año para subirnos a los caballitos. Contábamos los días para su llegada».

Este año no hay barracas, aunque la decisión municipal acarreó polémica, muestra de que esos vestigios del San Mateo predemocrático no han desaparecido. El exportavoz socialista en el Consistorio Leopoldo Tolivar dice que en aquella época «unas fiestas sin barracas eran impensables. Yo creo que nos dicen eso y los niños en masa asaltamos la SOF», bromea.

No faltaban tampoco los bailes en La Herradura, en el paseo del Bombé. Ataulfo Valdés, propietario de la Confitería Asturias, aún los echa de menos. «El ambiente de entonces era de otra manera, nada que ver con el bullicio de ahora. El Antiguo apenas aparecía en los festejos», dice.

Y tras este esplendor volvieron otros pocos años oscuros para San Mateo. «En mi primera juventud recuerdo que era algo sórdido, con un programa muy pobre, vacío. Fueron tres o cuatro años», describe Tolivar. Justo los previos a la instalación de los chiringuitos, eje de los actuales festejos, que acaban de cumplir 30 años y empieza a estar en el punto de mira. Así era San Mateo antes de los chiringuitos y así es ahora con ellos, aunque no se sabe por cuanto tiempo.

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

elcomercio San Mateo en blanco y negro