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PPLL
Viernes, 11 de febrero 2011, 04:08
Fue en vida uno de los poetas más populares de su tiempo, capaz de disputar el cetro de la fama al mismísimo Zorrilla. Se le llegó a comparar con Dante y Calderón, poesía y filosofía en feliz combinación, voz de lo trascendente envuelta en palabras delicadas. Recibió toda clase de homenajes y distinciones, y hasta se dio su nombre al principal teatro de Asturias. Tiene un suntuoso monumento en el Retiro madrileño y otro en su villa natal. Su figura patriarcal, de rostro bonachón y afable, enmarcado por grandes patillas, terminó por darle la categoría de icono de todo aquello que representaba. Se llamaba Ramón de Campoamor, y tal día como hoy de 1901, moría en Madrid a los 83 años. Hace 110 años.
Nació en Navia, y cursó sus primeros estudios en Puerto de Vega bajo la tutela de su madre, ya que había quedado muy pronto huérfano de padre. Siguió luego en la Universidad de Santiago, donde terminó Filosofía, y de allí se fue a Madrid a estudiar Lógica y Matemáticas. Quiso ser jesuita, pero descubrió pronto su falta de vocación; quiso también ser médico, pero pudo más la llamada literaria. Recibió apoyo de Espronceda, frecuentó todas las tertulias de Madrid e hizo de la Biblioteca Nacional su segunda casa, y al fin, a los 20 años, pudo publicar su primera obra, 'Una mujer generosa', una comedia que ni siquiera fue estrenada.
Comienza entonces un periplo por la política, siempre dentro del Partido Moderado, que le llevó a ser nombrado gobernador civil de Alicante y de Valencia. Esto, y su matrimonio con la rica irlandesa Guillermina O'Gorman, le otorgó una confortable situación económica que le convirtió en un representante de la burguesía de la época, y a la que sólo la gota que padeció en su vejez puso una nota oscura.
La crítica posterior fue implacable con Campoamor. Toda la admiración que despertó en vida se volvió negación después de su muerte. Se le llamó despectivamente poeta de las damas, por obras como 'Ayes del alma' o 'Ternezas y flores'. Se dijo de él que su concepto de la poesía era esencialmente equivocado y que si acaso fue el eco, en verso, de una sociedad y un tiempo, pero un tiempo inmensamente pobre en cuanto a calidad poética. Se le llamó insignificante, insípido y anacrónico. Desde las instancias académicas se despreciaron como filosofía barata sus versos más sentenciosos, justamente esos que el pueblo hizo suyos sin reparos. Quién no recuerda algunos: «Todo el amor es triste, / mas triste y todo, / es lo mejor que existe». O «Te pintaré en un cantar / la rueda de la existencia: / pecar, hacer penitencia / y luego vuelta a empezar». O aquel de «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira». Y así muchos más.
El tiempo, que suele ayudar a clarificar la mirada, tampoco fue piadoso con su obra. A raíz de su muerte se multiplicaron las ediciones españolas e hispanoamericanas de sus obras completas, pero hoy es poco más que un breve capítulo en las antologías, en las que apenas suelen aparecer más que «El tren expreso» o «Quién supiera escribir». Más que su obra se conoce su nombre, lo que no es más que una justicia a medias con cualquier escritor. Seguramente Don Ramón, que en el fondo era un optimista impenitente, quedaría sorprendido al saber que todo su esfuerzo no había sido más que el cierre de un ciclo y que tras él vendría una sucesión de 'ismos' que nada querían saber de su modo de concebir la creación poética.
Es cierto que no hay trazas de atisbos innovadores ni en su literatura ni en su pensamiento político. También es evidente que buena parte de su obra poética, y no digamos sus incursiones en el campo de la filosofía, se nos aparece intranscendente y hueca, última voz de aquella inanidad postromántica que el 98 barrió de un plumazo. Sin embargo, conviene leer atentamente su obra, sin prejuicios, en especial sus 'Pequeños poemas', 'Doloras' y 'Humoradas', y hallaremos en cualquier rincón puntos de vista originales, sorpresas conceptuales o un pensamiento expresado con asombrosa sencillez sintáctica, siempre bienintencionado, capaz de movernos a una reflexión. Fíjense, por ejemplo, en estos versos, de lejana evocación manriqueña, que bien podrían servirle de epitafio:
Así en eterno cuidado,
aquí y allí nuestro intento
corre fugaz por el viento
tras un placer nunca hallado.
Que el hombre, en su desacuerdo,
llama al verle en lontananza,
si es delante, una esperanza,
y si es detrás, un recuerdo.
Y aun no marcó en su sentido
el gusto una vana huella,
cuando, imprecando su estrella,
suspira y dice: ya es ido.
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