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RAMÓN BARAGAÑO
Sábado, 1 de mayo 2010, 12:19
Como muchas de las ciudades y villas asturianas, Avilés ha sido víctima de las llamas en varias ocasiones. Hay que tener en cuenta que hasta época reciente la madera constituía un elemento fundamental en las casas, hecho que, unido al almacenaje de leña y paja, propiciaba que el fuego se propagase con extraordinaria violencia. Además, hasta mediados del siglo XIX, en que se empiezan a utilizar las primeras bombas contra incendios, la única y precaria forma de combatir las llamas consistía en el toque de arrebato de las campanas de las iglesias para que los vecinos acudiesen voluntariamente a formar lo que se conocía como la 'cadena de los cubos o de agua'.
El primer gran incendio del que se tiene noticia en Avilés es el que asoló la villa en noviembre de 1478, sin que se pueda precisar el día. Las llamas arrasaron la mayor parte de las casas ubicadas dentro del recinto amurallado y sólo se salvaron los edificios principales construidos en piedra. Se ignora el número de víctimas, que cabe suponer elevado. Para paliar tan desgraciado suceso los Reyes Católicos conceden a Avilés el privilegio de 'mercado franco de alcabala' a celebrar todos los lunes del año, expedido el 15 de enero de 1479, a fin de que la villa se volviese a poblar, ya que la mayoría de los moradores la habían abandonado al quedar reducida a escombros su vivienda. No se sabe exactamente si se trató de un incendio fortuito o intencionado, como sugiere Fermín Canella en el prólogo al libro 'Avilés. Noticias históricas' (1897), de Julián García San Miguel, en el que dice «que debiera ser más esclarecido, porque, a semejanza de lo que pasó en otras villas asturianas, parece ser manifestación del movimiento beltranejo -no bien estudiado todavía- que perturbó a nuestra provincia en los gloriosos años de los Reyes Católicos».
El 14 de diciembre de 1621 la villa avilesina vuelve a sufrir otro voraz incendio, que se inició, según el primer historiador de Avilés (Simón Fernández Perdones), «en las casas de la Rúa Nueva (hoy calle de la Fruta), e impelido de grande y recio viento que luego sobrevino, salió y se pegó de unas casas y de una acera en otra, y pasó a la calle Oscura, que trabas y diligencias sobradas y necesarias hubiesen impedido, y en muy breve espacio se quemaron cuarenta casas, y se arruinaron y demolieron otras muchas para que el fuego no pasase a quemar los templos y más pueblo». Según el mismo autor, las llamas se iniciaron a las tres de la tarde de un lunes, ya que «las casas de concejo, pósito y panera de ella, pesos, medidas, soportales y calles quemadas era donde se hacía un mercado muy populoso al que venían de muchas y diferentes partes a comprar y vender mercaderías y mantenimientos de que era el lugar muy abundante, cercado de murallas, y el dicho incendio fue en la tarde que se hacía el mercado ('Anales de Avilés', 2009). Según Justo Ureña, cronista oficial de Avilés, «sólo sobrevivieron a este nuevo incendio unas 25 casas, lo que supuso un serio contratiempo y quebranto, al quedar otra vez la Villa postrada en la inanición, sin que se tengan noticias de cómo sería la, sin duda, lenta recuperación» ('Avilés y sus calles', 1995). El rey Felipe IV, a 20 de abril de 1622, confirma el privilegio de mercado franco los lunes que habían otorgado los Reyes Católicos a Avilés, con el propósito de ayudar a la reconstrucción de la villa.
No hay constancia de otros incendios importantes hasta finales del siglo XIX, cuando, en fecha que no se puede precisar por haberse perdido los libros correspondientes a 1898 y 1899 del Archivo Municipal, las llamas arrasan varias casas de la calle de la Canal (hoy de San Francisco), frente a la iglesia de San Nicolás de Bari. Estas antiguas viviendas, de escasa altura y con soportales, fueron sustituidas en las dos primeras décadas del siglo XX por los edificios de estilo modernista que hoy ocupan los números 4 al 16, ambos inclusive. Sabemos que de febrero de 1901 es el proyecto de la llamada "casa de la peineta", conocida así por un airoso remate, hoy desaparecido, que tenía en el tejado, obra del arquitecto Manuel del Busto. Antonino Alonso Jorge, arquitecto municipal entre los años 1912 y 1918, proyectó los edificios correspondientes a los números 4, 6 y 8 de la citada calle, en sustitución de los que habían sido pasto de las llamas. También a finales del siglo XIX, casi a continuación del incendio de la calle de San Francisco, se originó otro de considerables proporciones a la entrada de la calle del Rivero, que afectó a los números 10 al 16, ambos inclusive. Los edificios afectados fueron sustituidos por otros nuevos a principios del siglo XX, sin los soportales característicos, tal como hoy se puede apreciar.
Finalmente, en 1909, se produjo otro incendio fortuito en unas dependencias del antiguo convento de San Francisco, que destruyó casi tres cuartas partes del mismo. En agosto de ese mismo año se demolió lo que había quedado en pie del convento para construir las escuelas nacionales, con proyecto del arquitecto Tomás Acha Zulaica, hoy desaparecidas. Por cierto, delante del edificio se alzaban los bustos de los maestros Domingo Álvarez Acebal (recuperado en la plaza que lleva su nombre) y Juan de la Cruz, actualmente en paradero desconocido.
En años posteriores hubo algún otro incendio considerable, pero producto de enfrentamientos o conflictos bélicos, y eso es ya otra historia. Afortunadamente, sólo cabe lamentar algún caso aislado de incendio fortuito que afectó a un único edificio, nunca de proporciones tan considerables como los que aquí hemos descrito.
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