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A. S. González
Oviedo
Martes, 17 de mayo 2022, 10:24
Clarence Dixon falleció a las 10.30 horas del miércoles. Su última comida fue pollo frito Kentucky (KFC), helado de fresa y una botella de agua. El reo, de 66 años, ha sido el primer preso ejecutado en Arizona con inyección letal tras ocho años de parón por la polémica muerte del preso Joseph Wood, quien agonizó durante dos horas tras recibir varias dosis del suero letal.
Otras 112 personas se encuentran en el corredor de la muerte en ese Estado, donde la aplicación de la máxima condena lleva posponiéndose desde 2014. El crimen por el que Dixon fue condenado se produjo hace más de cuarenta años aunque durante décadas la muerte de la joven a la que asesinó fue un misterio.
Por fin «ha habido justicia para Deana Bowdoin, su familia y nuestras comunidades», valoraba el fiscal general Mark Brnovich tras el anuncio del deceso. La universitaria de 21 años fue violada, apuñalada y estrangulada con un cinturón en su propio apartamento la madrugada del 7 de enero de 1978. Su novio encontró horas después su cuerpo.
Bowdoin parecía haber nacido para el éxito. Miembro de la sociedad Beta Gamma Sigma, solo estaba a semanas de obtener su Título en Marketing en la Universidad de Tempe. Graduada con honores, valoraba emprender la carrera diplomática o algún postgrado internacional. No en vano, ya había estudiado en España, México y Bélgica. Una niña bien que escribía poesía y compatibilizaba sus estudios con un trabajo a tiempo parcial en un bufete de abogados.
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La última noche que pasó con vida cenó con sus padres, quienes le insistieron en que se fuera a dormir a la casa familiar. Prefirió quedarse en su apartamento. Tomó algo en un bar con un amigo y se dirigió a su piso. La irrupción de Dixon truncó todos sus proyectos futuros.
Pasaron más de 20 años antes de que las autoridades sospecharan de él. Para entonces, contaba con un amplio historial delictivo y una prueba genética lo vinculó con el caso. Diez meses después de la muerte de Bowdoin, había sido sentenciado por atacar a otra mujer en Tempe. Seis años más tarde, violó a una estudiante de la Universidad del Norte de Arizona. Por este último crimen cumplía cadena perpetua.
En realidad, su rastro siempre había estado cerca. Vivía al otro lado, en la misma calle de la joven universitaria. Una semana después del asesinato de Bowdoin, otra estudiante fue atacada con un cuchillo, y se denunciaron varios crímenes sexuales en el área. Cundió el pánico y las jóvenes adoptaron sus propias medidas para protegerse, llevando «aerosoles químicos» o comprando pistolas.
Él era un enfermo mental. Creció en la reserva navaja y su infancia fue un cúmulo de abusos. La falta de afecto paterno la ilustra una anécdota. Dixon nació con un problema cardíaco y a los 12 años tuvo que ser intervenido a corazón abierto. Su familia ni siquiera le acercó al hospital y tuvo que recorrer, a pie y solo, varias millas para llegar hasta el centro sanitario.
Su padre era adicto a las drogas y él también. Se casó en 1976, año en que empezó la Universidad, que abandonaría por un problema mental, y dos años después se divorció. En 1977 ya fue acusado de pegar a una mujer con una pipa. Estaba «confundido, desorientado e irracional», según el relato policial.
Dos psiquiatras determinaron entonces que sufría esquizofrenia por lo que no fue juzgado. Tras pasar un tiempo internado en el Hospital Estatal de Arizona, la juez lo encontró «no culpable por razón de locura». Dos días después del veredicto, Bowdoin fue asesinada. Solo los avances tecnológicos permitieron constatar veinte años después que su semen estaba en la ropa de la joven y en el interior de su cuerpo.
Los abogados de Dixon trataron hasta el último momento de suspender su ejecución, aduciendo que su defendido no se encontraba mentalmente capacitado. Ni siquiera entendía por qué querían matarlo, alegaron. También dijeron que el medicamento a inyectar estaba caducado.
Sus intentos resultaron infructuosos. La justicia llegó tarde pero se impuso finalmente en su forma más descarnada. El romanticismo estuvo ausente en la ejecución de quien sesgó una joven vida. «He dicho y seguiré diciendo que soy inocente. Ahora, hagamos esta mierda», expresó Dixon antes de morir.
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