
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El día que marcaría para siempre la vida de Jesús Campillo y Francisco Javier Lavandera se torció temprano, a las 7.20 horas. A esa hora del 11 de marzo de 2004, en realidad, cambió la vida de todos los españoles. Pero para este guardia civil del Servicio de Información de la comandancia de Contrueces y este vigilante de seguridad de salas nocturnas se desencadenaba un camino tortuoso, un periplo de juzgado en juzgado, bajo la sospecha de sus compañeros y en el punto de mira de las Fuerzas de seguridad del Estado. En el punto de mira de todos. Porque después de que diez bombas estallaran en cuatro trenes de cercanías que circulaban entre Alcalá de Henares y Madrid y en ellos perdieran la vida 192 personas y unas 1.900 resultaran heridas, se detuvo en Asturias a un exminero avilesino por haber vendido los explosivos a los terroristas. Y porque ese minero resultó ser José Emilio Suárez Trashorras, viejo conocido de ambos, cuando en 2001, tres años antes del terrible atentado, Lavandera denunció que el que hoy es uno de los delincuentes más conocido de España le había ofrecido, junto a su cuñado Antonio Toro, dinamita. Esa revelación fue grabada por Campillo en una cinta radiocassete que trascendió ocho meses después de las explosiones y que puso en evidencia el caos absoluto en las investigaciones previas al 11-M, la descoordinación entre Guardia Civil y Policía, la existencia de tráfico de explosivos en Asturias y, en definitiva, una serie de tropiezos policiales sin los cuales los atentados quizás no hubieran tenido lugar. En ella Lavandera afirmaba que los dos avilesinos, Toro y Trashorras, ofrecían explosivos a todo quisqui y buscaban a gente que supiera hacer bombas con móviles.
Quince años después de la mayor matanza terrorista jamás ocurrida en suelo europeo, la cinta sigue de actualidad. Este periódico desvela ahora que la grabación, guardada en una caja fuerte por el entonces teniente coronel de la Comandancia de Gijón, Antonio Rodríguez Bolinaga, lo que le costó el cargo por «osbtrucción a la justicia», fue ocultada para «no liarla por su trascencendia, porque viene a demostrar que tres años antes se sabía algo del tema». Es decir, se guardó y no se puso a disposición de la investigación para que nadie supiera que las actividades delictivas de Trashorras y Toro se conocían tres años antes y no se les detuvo. Así lo asegura el entonces jefe de Información del cuartel de Contrueces cuando Campillo, enterado de que la cinta con sus investigaciones estaba escondida en una caja fuerte sin que nadie le hubiera avisado de su aparición, fuera a reclamársela a su jefe. Una nueva cinta, hasta hoy desconocida, prueba el impacto de aquel extraordinario suceso para los investigadores asturianos y revela cómo se asomaban a un abismo, el de un nuevo terrorismo hasta entonces desconocido en nuestro país.
El que sigue es un extracto de la conversación mantenida entre el guardia y su jefe un día cualquiera entre el 16 de octubre de 2004, cuando la primera cinta llegó a manos de los mandos de la Benemérita, y el 10 de noviembre, cuando se supo de su existencia. Porque, antes de nada, cabe explicar que Campillo también grabó esa charla. Esta es su transcripción:
–¿Qué hicieron con la cinta mía?
–¿Qué cinta?
–La cinta mía, la cinta que apareció ahí… La cinta que yo tenía y que era mía y que apareció en el puesto ese... (Se refiere al puesto de Cancienes, donde apareció en una mesa que había sido llevada allí tras una mudanza desde Gijón). La dejé en la mesa cuando cambiaron el mobiliario y yo tenía en ella grabada una conversación con el confidente de los explosivos. ¿No sabe nada?
(No se entiende la confusa respuesta que le da su jefe).
–Pues voy a bajar al teniente a ver qué me dice (...) La cinta tiene que estar en mi poder o en poder de un juzgado, pero no en poder de nadie, ¿eh? (...) Solo falta que esté por ahí una cinta mía con grabaciones y yo sin saber nada y me tenga yo que enterar por una Compañía de lo que pasa. (...)Hice varias grabaciones, me parece que las tengo en casa, tengo una copia en casa. Hice unas grabaciones que fui a hacer con el confidente aquel de las culebras, cuando denunció aquello de los explosivos.
Finalmente, el jefe de Campillo admite conocer el paradero de la cinta:
–Me llamó ayer sobre el tema ese…(...) Una cosa nuestra que aparezca tirada por ahí, sea como fuera que haya aparecido por ahí...
–Pero es mía.
–Hombre, de la Guardia Civil.
–Es una grabación que me afecta a mí, tiene que estar en mi poder o en poder de un juzgado, no en manos de nadie.
–Es una grabación de la Guardia Civil, como otras cosas que hay por aquí guardadas. (...) Esa no puede salir a la luz pública.
–Yo la deje ahí para que la escuchara usted o alguien.
–No la escuché hasta ahora. Tienes toda la razón, ahí estaba la 'cosa'; está claro. Otra cosa es la investigación, diga lo que diga. Pero eso no se puede decir, joder. (...) Esta ahí bien guardada.
Campillo insiste en que la grabación le pertenece y asegura que no hará mal uso de ella. Es decir, que no la filtrará.
–Las cintas son del servicio. Vamos a ver. Está guardada, no pueden andar por ahí estas cosas, joder.
–La hice yo. Nadie me mandó hacerla y, de hecho, pone (rotulada)'Campillo'.
–No, (le rectifica) pone 'Campi', pone 'Campi'. Yo entiendo que es un documento de servicio, joder, es una hoja informativa.
–Es un documento de servicio, pero aparece la cinta y a mí ¿no se me dice nada? (reprocha Campillo).
–Por no liarla más, por no liarla más. ¿Cómo puede aparecer una cinta por ahí, un documento nuestro en una cinta informativa, joder, cómo puede? Sea como sea, de quién haya sido el fallo, de dónde haya salido, o dónde haya caído no merece la pena darle vueltas. Hablé con el jefe. Oye, no les digo nada, ya está. Porque no pueden aparecer documentos nuestros por ahí joder. Es que es un fallo nuestro grave, grave joder, sea de quien sea.
En ese punto de la conversación, Jesús Campillo se enciende y critica abiertamente a otro mando de la comandancia gijonesa por no haberle hecho caso:
–Yo la dejé para que la analizara ese capullo. Que fue un capullo y no hizo absolutamente nada, no se hizo nada, cojones. Yo lo que quiero es que esa cinta…, que me la devuelvan...
–Y yo te digo que es para no liarla. Aquí tenemos responsabilidad todos. En el sentido de decir ¿cómo es que ha aparecido por ahí un documento nuestro clasificado que sí, que puede tener su trascendencia, incluso, para la prensa?
–Si no la tengo yo es cuando puede salir a la prensa...
–Ahora ya no sale.
–Esa es su opinión.
–Ya, bueno. Estoy de acuerdo contigo. Primer punto: esto nos callamos, es responsabilidad de todos, hay responsabilidad de Información; aquí ya lo sabe todo el puesto, lo sabe el capitán, lo sabe todo dios. Ahí le dije al capitán: 'Esto mejor que no salga por ahí', tampoco le di importancia al tema. Esto es un papel que aperece y ya está. Hablé con el jefe y, en fin, dije yo: 'vamos a guardarla'.
–Imagínese que alguien de manera interesada la filtra y después salgo yo.
–No, porque la trascendencia que tiene, que podría tener, es para la prensa, para otra cosa no. Para la prensa sí tiene trascendencia porque le saca historia. Viene a demostrar que tres años antes se sabía algo del tema.
–Se sabía algo no; se sabía todo, coño. (Se enfada Campillo).
Y pone como ejemplo la detención de un grupo de yihadistas sospechosos de querer atentar contra la Audiencia Nacional en aquellos meses posteriores al 11-M: «El lunes detienen a siete quinquis, que si no los detienes pues la Audiencia volaba. Y es lo mismo, si de aquella te cogen y te trincan pues, de aquella, la dinamita no la vendes.
El jefe de Información del que no todo es tan previsible:
–Al cabo de cinco años es difícil. Yo digo, por ejemplo, 'va a llover pasado mañana' y si pasado mañana, o al cabo de cuatro días llueve, diré: ¿Ves como aquel día llovía? Ya lo dije yo.
Campillo insiste:
–Lo de llover es imprevisible, pero eso era previsible (en relación a que Trashorras fuera a emplear la dinamita tarde o temprano). Esas son cosas muy serias.
–Previsible yo veo que no era…
–Yo anduve erre que erre. ¡Los cojones! Es una cosa muy seria y no hicimos nada. ¡No hicimos ninguna cosa!
Y entonces, el mando admite:
–A la vista de los resultados está claro. Tú la oyes (la cinta) y dices tú ¡joder! Hombre, pues está claro, hostia. Pero en ese momento, Campillo, tú no sabes el tema. Tú no puedes saber que cualquier día cometen un atentado por ahí.
– Hay esa cinta, y otras, y muchísimas notas y estos capullos...
–Eso ya lo sé, lo que han hecho o dejado de hacer ya lo sé. (Dice el jefe de Infomación para calmar a su subordinado. E insiste):
–Campillo, hacer hicieron. Te lo digo yo, joder, porque hay una carpeta así de grande. (...) Que no le hayan dedicado más tiempo…
–Mis notas han desparecido todas, ni una, ni una queda. Había por lo menos diez notas.
–Sé que hay notas ahí de Campillo... Papeles, hay fotografías, matrículas... Que te digo que hay, que existe eso, joder. ¿Qué en vez de dos días tenían que haber dedicado cuarenta días? ¿Que en vez de dos horas había que hacer ochenta horas? No lo sé... Es muy aventurado decirlo. Pero volviendo a la cinta. He preferido no dar importancia al tema y no comentarte nada, pero lo que pasa es que al final radio macuto se enteró de todo. He hablado con el jefe, se decidió guardarla en lugar seguro y no dar más importancia. Segundo, ¿quieres la cinta? Avisamos al jefe y ya está. (Trata de convencerle). Guardarla en la caja fuerte tiene un compromiso con el confidente (en referencia a Lavandera). No es una cuestión de decir que Campillo hablaba con tal y cual, es cuestión de decir que el tío es ese. Es por el confidente, al tío ese van a por él y le pueden cortar el cuello.
–Al tío ese no le cortan el cuello, no se lo han cortado ya. Hoy en día, si habla, que no va a hablar, pero si habla hoy sí que puede hablar de cosas. Yo hable con él y lo calmé, pero bien 'frenao', porque estaba 'lanzao'.
–¿Esta falto de dinero? Porque si está falto va a la prensa y le pagan, claro que le pagan.
–Él lo que esta es quemado.
–Te digo una cosa. La versión de Policía Judicial es que el tío pasaba olímpicamente, que el tío quedaba en venir y no venía, quedaba en hablar y no hablaba… Esa es su versión, ojo, que yo no lo sé.
–Covadonga lo vio y compañeros míos lo vieron. Vino por aquí por lo menos diez veces. No me diga que es desidia de él. Lo que diga el fantasma ese, que es un fantasma... (Campillo hace alusión a otro mando a quien dio parte de sus pesquisas con Lavandera y, según su versión, no le hizo caso).
–Hay investigaciones que van a buen puerto y las hay que no, pero bueno, lo siento, hay cosas que llegan a buen puerto y cosas que no. Creo que la cinta es una cinta de servicio.
–Hay cosas que me pueden complicar la vida.
–Es una cosa de todos, tú la pasaste a Información.
–Ya pues ¿dónde está?
–Yo te digo, Campillo, que sí que hay una carpeta gorda aquí donde hay un montón de cosas con notas informativas, papeles tuyos y tal, que lo vi, joder. ¿Que se hizo mejor o peor...? Lo de siempre. Aquí en Informacion, que decimos que Policía Judicial no hace nada de lo que Información le dice; que Policía Judicial no quiere que Información le dé nada. Ese es un rollo que hay aquí montado de siempre. Yo, como Información, me gustaría que Policia Judicial diera información y yo, Policía Judicial, encantado de que Información me diera cosas. Sin embargo no quieren nada el uno del otro... es una guerra.
–En un tema de esos, de esa índole, ¿qué coño pinta el mierda ese con esta información?
–Exclusivamente nuestra no era, en su tiempo me imagino que no.
–El área de terrorismo es nuestra.
–Me imagino que el jefe, cuando le encargó eso a Policía Judicial, el tema de explosivos y tal y cual era como un delito. De hecho mira quién anda ahora con el tema ese, la UCO, eso es delincuencia. El tema de Zouhier, por lo que sé, por lo que dice la prensa, no andaba en Informacion, andaba en la UCO. El tema de explosivos nunca se relacionó, hasta ahora, a la vista de las circunstancias, con el terrorismo. Cuando el jefe le dice a Policía Judicial no es que lo haya hecho mal.
Campillo le interrumpe:
–Sí era competencia nuestra (insiste).
–Bueno, tú mira. ¿No estaba la UCO en el tema? Pues la UCO es de Policía Judicial. Y bueno, a ver qué hacemos con eso ahora, porque yo considero que lo mejor es tenerlo guardado. Es un documento de servicio, pero guardado, no tirado por ahí.
Campillo y su jefe siguen discutiendo si la cinta debe estar en una caja fuerte o volver a manos del guardia. Y en un momento dado, Campillo vuelve a recordar las muchas veces que habló con Lavandera y lo poco que valió aquel trabajo.
–Fui veinte veces a hablar con Montero (entonces capitán). Yo transcribía las cintas y las mandabapara arriba. Un día ya me cansé, ya me daba vergüenza, coño, de que (Lavandera) viniera aquí tantas veces. Entonces le dije que le iba a preparar una entrevista con Montero. Y largas, largas, largas, y ya me daba vergüenza, coño.
–Él dice que largas las daba él, pero bueno…
–Un día vino y llamó a Ferreiro (de Avilés, de donde eran procedentes Toro y Trashorras) y ahí se pusieron. Grabaron la conversarción, así que tienen otra cinta que no está guardada en caja. Esa está ahí suelta, no está en caja fuerte. Grabaron, deliberaron y Ferreiro, el de Avilés, dijo 'Esto es una pijada, está loco el 'Culebras', está loco'. (El 'Culebras' es el apodo que los agentes pusieron entonces a Francisco Javier Lavandera, porque entre su aficiones estaba la de criar serpientes que después domaba para espectáculos con chicas en los clubes en los que trabajaba como portero).
–Peor estaba aquí, Campillo, (se ríe). Quedó demostrado. Esa cinta en concreto desapareció de aquí. Es curioso, joder, los cajones se miran. (...) Al cabo de tres años oyes eso y dices tú, joder, pues se estaba fraguando.
–Para que me digan a mí luego que no había nada. Que no... ¡hostias!
–No, claro está, a la vista de los resultados está claro (...) Pero a ver, 'Campi', tú puedes estar aquí un año detrás de unos tíos y esos tíos pasado mañana matan a alguien por ahí y qué hago... ¿cojo la cárcel? Diez años encima de los tíos, vigilándolos, escuchándolos, filmándolos, sacándoles fotos ¿eh? No podemos hacer otra cosa. Y mañana matan a otro guardia y se pasan a la lucha armada y qué... ¿Entiendes lo que te digo? Además lo digo por el confidente. Esa cinta no puede andar por ahí, porque compromete a una persona.
–Pues esa persona fue a la Comisaria y vino aquí veinte veces y no se le hizo ni puto caso y ellos lo saben.
Dos semanas después de esta conversación, que ahora desvela ELCOMERCIO, la cinta de Lavandera y Campillo de la que hablaban se hizo pública, haciendo saltar por los aires la estrategia de la Guardia Civil para que no se conociera el fracaso de la investigación de la trama asturiana de los explosivos previa a los atentados. Lavandera pasó de inmediato a ser testigo protegido del 11-M. Campillo perdió su licencia de armas y, tras una baja, pasó al retiro como guardia civil. Aquella mañana de marzo, terrible amanecer en el que se nos encogieron los corazones, Campillo estaba en el cuartel trabajando como un día cualquiera; Lavandera, junto a su mujer –que posteriormente murió ahogada en aguas de San Lorenzo– seguía en la tele las noticias sobre el atentado. Ninguno de los dos sabía aquella mañana que se convertirían en dos piezas claves del peor atentado de la historia de España.
fatídico 11-M
El 17 de julio de 2008, el Tribunal Supremo dio a conocer la sentencia condenatoria a los 18 procesados por los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, la mayor masacre terrorista en suelo europeo. Este lunes se cumplen 15 años de aquella acción criminal que mató a 192 ciudadanos y dejó 1.991 heridos. Un horror que comenzó a las 7.37 horas de la mañana, en plena hora punta en la capital, cuando comenzaron a estallar las bombas dejadas por los terroristas en los trenes: uno de los convoys explotó en las inmediaciones de Atocha, otro en la propia estación, un tercero en la parada de El Pozo y el último, en la de Santa Eugenia.
La célula terrorista estaba liderada por Serhane Ben Abdelmajid Fakhet, alias El Tunecino, que perpetró el atentado (colocaron 14 artefactos explosivos en cuatro trenes de cercanías de Madrid, de los cuales tres fueron desactivados y uno, la famosa mochila de Vallecas, fue prueba clave para las condenas). El Tunecino se inmoló el 3 de abril en un piso de Leganés, junto a otros seis terroristas, llevándose por delante la vida del GEO Francisco Javier Torronteras tras ser acorralados por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.
En septiembre de 2007, tras un juicio que se prolongó durante cinco meses, la Audiencia Nacional condenó a 21 de los 28 procesados por estos hechos, aunque tras la posterior revisión por parte del Tribunal Supremo las condenas se aplicarían luego a 18 de los acusados, tras absolver a otros procesados por falta de pruebas suficientes. Diez de los implicados inicialmente en la organización de los ataques no pudieron ser juzgados: los siete que se suicidaron en Leganés y otros tres que murieron después en Irak.
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