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JOSÉ L. GONZÁLEZ
Jueves, 20 de agosto 2020, 02:34
Eran «apátridas», «gentuza antialemana infestada de comunismo», refugiados republicanos españoles que malvivían en campos de concentración del sur de Francia, perdedores de una guerra que les llevó a experimentar en sus propias carnes uno de los mayores genocidios del siglo XX. El 20 de agosto de 1940, después de que Alemania ocupase Francia y de que Franco se desentendiese de los españoles refugiados en el país vecino, partía de la estación francesa de Angulema el que se denominó convoy 927, el primer tren del horror en el que viajaron civiles de la Europa Occidental con rumbo a los campos de exterminio nazi, en este caso al de Mauthausen. Dentro, recuerda Begoña Álvarez Cienfuegos, del grupo de trabajo Deportados Asturias, dedicado a recuperar la historia de estas personas, viajaba un grupo de asturianos de los que 28 cruzaron las puertas de un campo donde en siete años perecieron más de 90.000 víctimas. Solo tres escaparon del horror. «Morían de hambre, por el trabajo extenuante, las enfermedades o las condiciones sanitarias», señala Begoña Álvarez Cienfuegos.
La historia de estos asturianos comienza varios años antes. En 1937, tras la caída del frente norte, muchas familias escaparon a Francia embarcados. Algunos decidieron cruzar los Pirineos para seguir peleando por la república, mientras otros fueron internados en campos de concentración al sur del país. Cuando cae Cataluña, todos vuelven a reunirse en Francia. «Este grupo estaba en el campo de Les Alliers, que no tenía unas condiciones tan malas como otros. Era gente normal, partidaria del Gobierno legítimo. Salían a trabajar a las casas y granjas de la zona, no sabían qué iba a ser de ellos».
Familias enteras fueron obligadas a subir a un tren con vagones destinados a mercancías y ganado. Encerrados, no sabían a dónde se dirigían, hasta que a través de las rendijas alguien fue capaz de discernir que no volvían a España, sino que se dirigían al norte. Cuatro días después llegaron al campo. Las mujeres y los menores de 13 años fueron apartados y devueltos en otro tren a Irún, donde les esperaba el rechazo y la represión. El resto de los 927 ocupantes del convoy, 430 españoles, ingresaron en un campo cuyo nombre ha pasado a la historia por las atrocidades que en él se cometieron. Allí trabajaron en tajos como la cantera, una de las ocupaciones más duras y peligrosas. «Los más debilitados eran enviados al campo de Gusen. Durante un tiempo estuvieron incomunicados. Luego les dejaban enviar notas de 25 palabras bajo la censura nazi. En algunas se puede leer que decían a sus familias que estaban bien».
Cuando el campo fue liberado en 1945 solo tres de los 28 asturianos seguían vivos. Eran Marino Martínez, Galo Ramos y Manuel Ángel Ramos. «El resto de presos tenía patria a la que volver. Ellos no. La mayoría se fueron a Francia». En el país vecino tienen reconocimiento de héroes, algo que desde Deportados Asturias esperan que se copie en España. «Su vivencia no se conoce. Esperamos que el Principado publique un libro con su historia». Por ahora, desde este grupo de trabajo se dedican a recuperarla para que no se pierda en el olvido.
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