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No se entendía por qué. De la noche a la mañana, hace cinco lustros, Iberia anunció el cierre de su sucursal en Gijón, que le proporcionaba una facturación de 200 millones de pesetas anuales. Y la compañía no daba explicación. «Es poco comprensible», decíamos en nuestras páginas tal día como hoy, cuando aún no se sabía, ni siquiera, la fecha de la clausura, anunciada un mes atrás como inminente. «Por ahora se mantiene la actividad, sin que ello quiera decir que la empresa haya aparcado su intención de cierre», afirmamos, con la mirada puesta en una serie de reuniones que iban a celebrarse esa semana, con poco margen de mejora.
Porque aquella era la crónica de una muerte anunciada. «Lo cierto es que Iberia ha mantenido en los últimos tiempos una política relacionada con Asturias de la que no se desprende precisamente la intención de potenciar sus actividades en la región. Tras el final de los vuelos domésticos a Asturias y la sustitución por Aviaco, la compañía vendió los locales de su propiedad en Oviedo». Si en Gijón no había hecho lo mismo era, simplemente, porque estos eran alquilados. Lo cierto era que el responsable de los asuntos de Iberia en Asturias hacía tiempo que lo era desde una oficina en Santiago de Compostela.
En la sombra, el problema era económico, pero también había sus flecos políticos. La oficina de Gijón tenía solo cuatro trabajadores, aunque eran 160 en toda España los que estaban en la cuerda floja por la decisión de Iberia de reestructurar (o, sin eufemismos, cerrar) sus oficinas comerciales en el país. El poco peso político de Asturias a la hora de presionar nos situaba en muy mala posición. Por el contrario, las presiones ejercidas en ese sentido en Cataluña o el País Vasco sí habían surtido efecto en la empresa aérea, «y sus responsables han aceptado que algunas oficinas de estas dos comunidades son, sencillamente, intocables». El rumor, cada vez más firme, de la marcha de Iberia de Gijón volvía, una vez más, a hacer bueno el verso. Asturias, «sola en mitad de la tierra», volvía, como tantas otras veces, a languidecer.
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