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Alfonso Palacio (Gijón, 1975), director del Museo de Bellas Artes de Asturias, repartirá sus vacaciones estivales entre Portonovo, en Galicia (de donde proviene la familia ... de su mujer), un pequeño pueblo de Soria (de donde procede la suya) y La Barrosa, en Cádiz, el destino elegido por la pareja para que sus hijos (Javi y Sofía, de diez y cinco años), disfruten a lo grande, porque «para ellos Cádiz es una especie de paraíso en la tierra y para sus padres, también. Vamos a descansar y a comer pescaíto. A experimentar otra luz, otro ritmo, otro sol, otro viento. A disfrutar muchísimo».
-¡Menudo planazo!
-Sí. Será un verano maravilloso y familiar. Tranquilo, de mucha naturaleza, que para mí es fundamental. Me gusta el contacto con el mar, no con la arena, porque, además, no soy de tomar el sol, incluso por una cuestión de pigmentación. El verano es el momento de desconectar, de contemplar, de la creatividad, del derribo de todas las rutinas. Se está muy bien en ese espacio de libertad absoluta, un poquito anarquista, ácrata. No hay tiempo, horas. Haces las cosas cuando quieres.
-Tres destinos con niños. ¿No será usted de los que, a finales de agosto, está deseando que vuelvan al cole?
-Por supuesto. Quizá a mitad del verano ya lo esté pensando (Ríe). Y yo también vuelvo con muchas ganas. A mí las vacaciones no se me hacen cortas, porque me gusta mi trabajo. Nunca tengo depresión postvacacional. Eso sí: necesito tres semanas para desconectar. Al principio, veraneaba dos y veía que no podía. Hasta que descubrí que la clave era la tercera.
-No es por aguarle la fiesta, pero a la vuelta le espera la segunda fase de la ampliación...
-Sí. Este año tiene que ser el año de mayor descanso y relajación porque después nos viene un momento muy duro. Muy ilusionante, pero, al mismo tiempo, muy complejo. Hay que cargar pilas.
-¿Qué es lo primero que meterá en la maleta?
-Ropa para correr, porque me oxigena muchísimo la cabeza. Corro durante todo el año y creo que, en buena medida, el no haber acabado con mucho desequilibrio mental se ha debido al ejercicio físico. Y, a continuación, toneladas de libros. Me leeré seis o siete. En verano, leo compulsivamente. Ya los tengo seleccionados y, además, los dosifico. Sé los que voy a leer en Galicia, en Soria...
-¿Cuál diría que fue el verano de su vida?
-Tengo tres viajes que me dejaron muy marcado. Uno fue a Nueva York, de donde vine completamente transformado. Y luego, a Carmen y a mí nos gusta mucho viajar en coche y recorrimos toda Europa hasta Berlín, un viaje largo que fue realmente bonito. Y también Sicilia, que me fascinó. Pero, además, todos los veranos de la infancia son mágicos. Yo tengo una teoría, que es que, a partir de los cinco años, el ser humano desciende. Todo lo que viene a partir de entonces es ir a peor. La frescura, la inteligencia, la espontaneidad que tienes a esa edad, a los diez ya se convierte en bordería, a los doce es chulería y en la adolescencia ni te cuento...
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