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ARANTZA MARGOLLES
Domingo, 2 de febrero 2020, 02:27
La coplilla aparece en 'Madrid Cómico', un periódico «festivo ilustrado» para gente bien de la capital. «Conozco a Carmen Soler, / ama de cría asturiana, / con leche de tal valer / que ya tiene una semana / y no se ha echado a perder». Es el año 1891, postrimerías del siglo XIX y en plena pujanza de las nodrizas provincianas en la Villa y Corte; cántabras -pasiegas, concretamente- para los más elevados de los casos y asturianas en los que casi lo son. Si la imagen de los asturianos, de los varones, en Madrid fue por aquel entonces la de los serenos que recorrían con nocturnidad las calles y, poco antes, la de los aguadores, ellas eran las nodrizas, las «madres de leche», dadoras de calostro para los niños de alta cuna.
Allí, pero también aquí. Cuando una revisa viejos ejemplares de EL COMERCIO, los primeros años la presencia de ofertas y demandas de trabajo por y para nodrizas son constantes. «Ama de cría, leche de cuatro meses», mayo de 1882; «en la calle de Langreo, número 29, bajo, darán razón». «Ama de cría para casa de los padres del niño, de 23 años de edad y leche abundante. Calle de la Magdalena, número 8, informarán», 1884. A veces, hasta con recomendación: «En la tienda de comestibles de Rafael, sita en la plazuela del Ángel, números 26 y 27, frente a la peluquería, darán razón de una ama de cría, asturiana, de 25 años de edad; tiene leche de seis meses, y los padres, cuyo hijo está criando, responderán en un todo de sus circunstancias».
Eran jóvenes, debían estar sanas y tener buenos hábitos aquellas madres que quisieran optar a amamantar a los hijos de otras mujeres que, bien por circunstancias médicas o de estética, no pudieran o quisieran hacerlo por sí mismas. La leche, fresca; el origen, humilde; el sueldo ofrecido, generoso. Por tradición secular, decían que las asturianas eran de las mejores, aunque siempre por debajo de las pasiegas.
Cántabras fueron, por ejemplo, Jesusa Diego y Sinforosa Gómez, amas de cría de la infanta María Teresa de Borbón, pero el anuncio también se publicó en Asturias, carta de condiciones incluida. Según EL COMERCIO del 13 de octubre de 1882, las candidatas habían de tener de 19 a 26 años de edad; ser de complexión robusta, buena conducta moral y, como mucho, estar lactantes de su segundo o tercer hijo; tener leche de no más de tres meses; no haber criado a otros niños y estar vacunada desde niña -una condición que, por aquel entonces, excluía a la mayoría-, así como no padecer, ni ella ni su marido, enfermedades dermatológicas. «Tendrá preferencia» -a esto ya cuesta más darle explicación- «que la ocupación del marido sea la del cultivo de la tierra».
Del porqué de la predilección de las clases altas hacia las nodrizas norteñas, y de la distinción entre pasiegas y asturianas, no se sabe. Se pierde en la noche de los tiempos y en la ausencia de documentos que certifiquen razones más o menos objetivas, aunque parece claro que una de ellas era la convicción de que el aire fresco de los sitios montañosos, del campo, era garante de la salubridad de la muchacha. Asturiana fue la nodriza de Alfonso XII, al parecer por elección personal de la reina Isabel II: «Tenemos entendido», publicó en su día 'El Faro Asturiano', «que nuestra amada reina ha significado su voluntad de confiar la lactancia del futuro príncipe a una nodriza asturiana. Al efecto, nos dan como muy próxima la llegada a Oviedo de la comisión facultativa, compuesta de médicos de cámara, encargada de examinar con todo esmero las circunstancias de las amas de cría que se consideren en el caso de aspirar a tan alto honor». La elegida, María Dolores Marina, viajó hasta Madrid para amamantar al rey, se retrató con él e incluso tuvo nodriza de retén, para las indisposiciones: una cántabra, María Gómez.
Que se tenga constancia, fue la primera y última vez que se impuso una nodriza de aquí frente a una de la Vega del Pas. Y era todo un honor. «Esta muestra de predilección y simpatía que S. M.», incidía 'El Faro Asturiano', «quiere dispensar a los nobles y leales hijos de Asturias despierta naturalmente en nosotros el sentimiento más vivo de gratitud». Poca vida le quedaba ya, empero, al antaño imprescindible en toda corte que se preciara oficio del ama de cría. Cayó en desuso en el siglo XX. Vinculadas a sus lactantes si no por la entraña sí por el pecho, cierta revista gráfica publicó en 1912 la foto de las amargas lágrimas vertidas por Sinforosa -ella sí, pasiega-, la nodriza de María Teresa de Borbón, a la muerte de esta por sobreparto aquel año. Era también, o pudo al menos haberlo sido, la imagen del canto de cisne de las nodrizas reales. El oficio que también fue nuestro.
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