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Si, poniéndonos en un poner, mencionáramos en este reportaje a diez personas que pasaron por Mauthausen, estaríamos hablando de menos del 6% de los asturianos que estuvieron allí, del 0,1% de los españoles y de un minúsculo 0,008% de las víctimas que la barbarie nazi -según los cálculos más optimistas- generó en este lugar donde aprieta fuerte el sol si es verano y corta el frío si es invierno. Más de uno, en realidad. El KZ Mauthausen, que entró en funcionamiento en el verano de 1939, tuvo que ser ampliado al año siguiente con un nuevo subcampo, Gusen, al que se unirían, en 1944, Gusen II y Gusen III. Y más. Para aquel entonces ya hacía tiempo que habían llegado allí los primeros Rotspanien, los «españoles rojos» huidos de la pasada Guerra Civil y capturados por las autoridades nazis.
Entre ellos, por supuesto, también hubo asturianos. Al menos 173 de los 8.700 españoles que fueron desplazados a Mauthausen, según un trabajo, publicado hace doce años, de Benito Bermejo y Sandra Checa. El «Libro Memorial» recoge los nombres de todos ellos. Pocos resistieron el paso por Mauthausen. En esa lista del horror se desgranan los nombres de 27 gijoneses -veinte de ellos muertos en los campos-, 26 ovetenses, doce avilesinos, once mierenses y más. Y cada nombre, con sus apellidos, encierra detrás una historia que estremece.
Sobrevivir al infierno
Belarmino Ramos (Avilés, 1894) fue uno de los primeros en llegar. Lo hizo, junto a su familia, el 24 de agosto de 1940, tras una travesía de cuatro días sin rumbo conocido, encerrados en un traqueteante vagón de madera y hierro y con la única ayuda, para su orientación, de una guía Michelín que el avilesino, organizador del PSOE en su ciudad antes de la guerra y casado con una delegada de la CNT, había llevado consigo desde su exilio. Así, con la misma paciencia espartana que hizo a los Ramos resistir el pestilente olor de un vagón hacinado donde no había ni tiempo ni material para limpiar vómitos ni deposiciones, supo que el tren no les estaba llevando de vuelta a España, sino a Austria. Su destino sería morir en Mauthausen. De la peor de las maneras. Enfermo del ántrax que lo llevaría a la tumba, el antiguo dirigente político fue torturado a base de golpes y duchas frías que su hijo menor, Galo, recogió hace años, a su vuelta a España, en unas memorias tituladas «Sobrevivir al infierno».
Galo volvió a España; no así su hermano mayor, también superviviente de Mauthausen. Nunca quiso olvidar el horror vivido en un campo liberado -por los propios presos, por cierto- hace ya más de setenta y tres años, pero que aún permanece en pie, abierto a los visitantes que quieran conocer su historia. Hoy, sus paredes albergan homenajes a los presos de una y otra nacionalidad, etnia o religión y, a la salida del campo, una cafetería oferta al visitante menús sencillos y baratos, servidos por camareros con discapacidades psíquicas. Una particular 'vendetta', la de la justa integración, en un lugar donde hace no tanto tiempo operó Aribert Heim, el doctor Muerte, cuya especialidad radicaba en ejecutar a los presos con una inyección directa en el corazón. Galo Ramos aún lo recordaba: él mismo fue sometido a una operación de tiroides innecesaria, sin anestesia y «solo para experimentar».
Los presos del triángulo azul
No todos los supervivientes volvieron a un país que tampoco les hubiera sido favorable en unas circunstancias políticas como las del franquismo y al que se habían acostumbrado a no pertenecer. Ni a ese, ni a ninguno. Marcados por un triángulo de fieltro azul clavado a la pechera que les etiquetaba como apátridas, algunas víctimas como David Moyano (Ujo, 1922) se quedaron a vivir en Bélgica, Francia, Austria o Alemania tras la liberación. Allí fueron compensados por su condición de prisioneros de guerra: les concedieron trabajos, pensiones de invalidez o tratamientos especiales -quien haya visitado el Metro francés sabe que los veteranos de guerra tienen preferencia en ciertos asientos- que aquí, en España, nunca llegaron a cristalizar cuando se estaba a tiempo de ello. Manuel Cortés, otra de las víctimas asturianas, lamentaba esta falta de solidaridad de los gobernantes españoles, aún más los democráticos, en 1998, en una carta en «El País». Él había sobrevivido a Mauthausen, pero no así su hermano, asesinado por las SS con los gases del tubo de escape del camión donde le encerraron. «La amargura es tan profunda que podría rellenar unas cuantas hojas más», reflexiona. «Pero por hoy, basta».
Difícil olvidar, hoy y siempre, las circunstancias de un campo donde solo la intervención de un español, el fotógrafo Francesc Boix, pudo poner cara al horror. Junto a la ayuda del suprascrito Moyano, que llegó a Mauthausen en enero de 1941 y en cuyo brazo, al morir en 2011, aún se podía leer su número de preso (el 6.060), consiguieron sacar del campo un paquete de negativos en los que se reflejaba aquello a lo que el mundo permanecía ajeno hasta bien entrado 1945: la práctica del exterminio organizado de judíos, gitanos, republicanos españoles, presos políticos de otras nacionalidades, testigos de Jehová, homosexuales, prisioneros soviéticos o discapacitados.
Sombras entre las sombras
Tras las biografías de otros presos asturianos se incluye, a veces -las menos-, también la sospecha. Indalecio González, alias «El Asturias» y natural de Ribadedeva, fue ejecutado por Estados Unidos en 1949, acusado de haber causado la muerte de decenas de presos a los que, según algunos testimonios, apaleó hasta la muerte en su papel de kapo. De nada sirvió la intermediación de ministros o las declaraciones -que no llegaron a tiempo- de otros presos como Luis Estañ para que hoy la figura de González se vea libre de sombras. Tampoco, aunque menos conocida, la del quirosano Laureano Nava, que sí se libró de la cadena perpetua a la que había sido condenado por el mismo motivo.
El mal atrae al mal. Y también a los misterios. El que rodea, por ejemplo, la desaparición en extrañas circunstancias de Luis Montero, «Sabugo», el alto cargo comunista que, tras dirigir en la clandestinidad el PCE en Mauthausen, desapareció en 1950, a los 42 años, aparentemente ejecutado -nunca se sabrá con certeza- por sus propios correligionarios, tras, supuestamente, haber indicado a la Guardia Civil el lugar exacto donde se escondían los Caxigales. Pero eso ya es otra historia y, además, no exenta de polémica.
Hablar de flores
¿Cabe olvidar, casi ochenta años después, lo ocurrido en Mauthausen? No lo parece, a tenor de los miles de visitas que recibe, anualmente y a pesar de las dificultades logísticas -está a más de 150 kilómetros de Viena y el transporte público no ofrece buenas combinaciones horarias-, el campo de concentración, hoy musealizado y de entrada gratuita. Lo mismo ocurre con otros campos que, con mayor o menor acierto museístico, se exhiben hoy para quien quiera conocer lo que allí ocurrió. «¿Qué tiempos son estos en los que hablar de las flores es casi un delito porque implica callar sobre tantos crímenes?», se preguntaba, cuando el mundo comenzaba a conocer los horrores del Holocausto, Bertolt Brecht.
Ha lugar -nunca es malo- a la reflexión. Con todo, las víctimas, las pocas que quedan, lo tienen claro. «No perdono.» Son palabras de Angelita Andrade, hija de un asturiano muerto en Mauthausen. «No perdono, porque me robaron las caricias de mi padre; y no olvido, porque me privaron de las manos que me ayudaban a escribir mis primeras letras». ¿Es posible seguir hablando de las flores? No para todos.
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