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ARANTZA MARGOLLES
Domingo, 26 de mayo 2019, 02:33
Érase que se era un peregrino, de sombrero calado y dulce acento, que en su viaje a Santiago tomaba notas sin parar. Es la única descripción certera que se puede dar de Bartolomeo Fontana, un hombre del que no sabemos ni edad ni gustos ni disgustos, solo apenas procedencia (era veneciano) y un destino: Santiago de Compostela. A pie, como es preceptivo, en un viaje que se prolongó más de un año y siete meses, contando solo la ida. «El año de la encarnación de Nuestro Señor de 1538 decidí encaminarme a la hermosa Galicia», narrará en la primera página de su «Itinerario, o vero, viaggio da Venetia a Roma (...) seguendo poi per ordine di Roma fino a Santo Iacobo in Galitia». Era 19 de febrero y la vuelta a su tierra, desde Santiago, la emprendió el 21 de septiembre de 1539. Por el camino, Asturias. Y contándolo.
Fue, tal vez, un cambio de planes lo que le trajo aquí, tras más de un año alternando con peregrinos que, como él, tenían como destino final Santiago, pero Oviedo como inexcusable parada técnica. Porque Fontana, cuando llega a León y visita Santa María, a principios de agosto de 1539, afirma que en boca de todos los peregrinos «et´que chi va à San Giacobo et non à Salvatore, visita il servo, et lascia il Signore». No es difícil entender el tierno italiano que se desliza de la pluma de Fontana, maestro de la descripción aunque, a cierto punto, pelín entusiasta en definir todas las iglesias que se iba encontrando como «bellísimas».
Porque, en el fondo, el 'Itinerario' de Fontana no deja de ser un equivalente a nuestras modernas guías de viaje y, además, en torno a lo que en pleno siglo XVI ya era todo un 'must' no solamente en lo que a religión se refiere, sino también para conocer mundo: el Camino de Santiago. Polémicas sobre su origen aparte, porque no corresponden ya a este siglo en el que lo hizo y deshizo Fontana, la cuestión es que el veneciano puso rumbo a Asturias por Pola de Gordón y el 16 de agosto, tras sobrepasar Santa María de Arbás y siguiendo el devenir de un riachuelo, penetra en «el paraíso». Con sus propias palabras: «Un bellísimo país que parece propiamente el delicioso paraíso, y que se llama Asturias». Y no era Fontana el primero en reparar en la belleza del paisaje, el cual, aunque «delicioso», también suponía todo un reto físico para los peregrinos, que abandonaban la planicie castellana para toparse, cara a cara, con el macizo de los Picos de Europa. «Los peregrinos franceses, en una de sus canciones», afirma el viajero, «compuesta sobre el viaje a Galicia, dicen en uno de sus versos: 'Oh, Asturias, bella Asturias; eres tan hermosa y, sin embargo, tan dura'». Fue la única vez que alguien puso por escrito aquellos versos, cuya melodía se ha perdido ya en el olvido de los muchos años.
«El ponte de los feros», «Pola di dena», «Oviedo citta», «Aviglies», «Pravia», «Codiglier leghe», «Cadavedo», «Luarca», «Navia», «Tapia, qui finisse l'Asturia». El viajero recoge en su itinerario los nombres de los lugares por los que pasó y la distancia que los separa a puro golpe de oído e intuición, alargando a veces estrepitosamente las distancias -fácil perderse atravesando el monte, «per monti passando»-, pero le entendemos perfectamente. Hizo escalas en Puente de los Fierros, en Pola de Lena; en Oviedo, ciudad; Avilés, Pravia, en Cudillero, Cadavedo, Luarca, Navia y en Tapia, «donde se acaba Asturias». En Oviedo, a menos de veinte años del gran incendio que había arrasado la ciudad, se reconfiguraban ya los espacios cuando Bartolomeo pisó, tras el pago de medio real, la iglesia de San Salvador.
Una iglesia remozada que, sin embargo, poco se parecía aún a la de hoy. Aquel año, 1539, estaba en plena construcción la torre, la única que llegaría a tener, y se fundió la casi tonelada y media de la Santa Cruz. Casi marea saber que, cuando Fontana tuvo el privilegio de ver, un mes antes de que se celebrara San Mateo, en vivo y en directo la hornacina de la Hidria, esta no tendría mucho más de un siglo de existencia. El Retablo Mayor, con las otras cinco hidrias que corresponden la leyenda, llevaba allí apenas ocho años y a la mayoría de las capillas existentes hoy en día les faltaban muchos más para estar.
Con todo y con eso, Fontana no fue el primer peregrino que habló de Asturias en sus crónicas, si bien sí el que, siendo más parco en palabras y afectándose del anonimato que, más allá de su 'Itinerario', encierra su figura, con mayor sentimiento lo hizo. «Fui qui in mercori a 20 de agosto 1539», zanja su crónica sobre Oviedo para sumergirse en lo más intrincado de los montes occidentales hasta pasar a Ribadeo. Una estancia breve, pero intensa.
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