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Que la vida se está poniendo imposible lo sabe todo el mundo. No hay más que entrar en las tiendas o que pagar cualquier recibo para constatar una realidad que en septiembre se cerró con el Índice de Precios al Consumo (IPC) al 9%. Esas siglas tan repetidas se traducen en datos muy sencillos de comprender si se llevan a la cesta de la compra: por lo que antes se pagaban 500 euros en el supermercado ahora se pagarían 545.
Con esta situación insostenible, muchos asturianos hacen verdaderos funambulismos para llegar a fin de mes. Lo cuenta Raquel López, quien desde hace catorce meses padece una insuficiencia renal que la obliga a pasarse ocho horas al día conectada a una máquina. «El primer recibo de la luz que pagué fue de 542 euros», explica, y asegura que, «cuando llega la factura, apetece llorar».
Ella solicitó en verano una ayuda, pero no hay noticias de ella, a pesar del tiempo que ha pasado desde entonces. «Si me la conceden, me darían ciento y pico euros cada seis meses. Con eso no me daría ni para pagar una mensualidad, pero algo es algo», cuenta, ahogada por los gastos. «Me quito de muchas cosas que no me tendría que quitar y muchas veces voy mala a trabajar», reconoce con tristeza. Para este invierno, además, Raquel asume que «nos pondremos mantas encima, en lugar de encender la calefacción».
Todo sea con tal de ahorrar algo, pero necesita más para aflojarse un cinturón que ya aprieta demasiado y que no parece tener solución porque la única que le dan es hacerse la diálisis en el hospital, pero tiene claro que esa opción no se adapta a sus necesidades. «Yo trabajo y me valgo por mí misma, no quiero ir a hacérmela a ningún sitio», sentencia.
Con todos los precios disparados, para las familias también es una proeza llegar a todo. Andrea Piñera y Dani Vieites tienen una hija de tres años, Nora, y prometen que se han quitado últimamente «de ocio y de salir a cenar». No queda más remedio que hacerlo así para conseguir los productos esenciales. «El dinero es el que es y hay que establecer prioridades. No vamos a quitar ni de la compra ni de la luz», explican.
Ellos, además, tienen las cuentas muy bien hechas y controlan cada gasto. «El pan de molde que antes nos salía a 0,86 ahora está en 1,21 y de luz pagamos una media de cuarenta o cincuenta euros más de lo que pagábamos antes». Así es difícil que los sueldos no flaqueen.
Sabe muy bien de esto Inés Fernández, una joven veinteañera que el pasado julio se lanzó a la experiencia de emanciparse y ya está comprobando que no son buenos tiempos para empezar de cero. «Me daba bastante miedo irme de casa con estos precios. Me preocupaba porque no tengo un trabajo estable y sabía que habría meses en los que tendría que tirar de ahorros».
Con ese panorama a su alrededor, esta ovetense tuvo, desde el principio, «especial cuidado con la luz. Desenchufo la freidora de aire y la cafetera y apago todas las regletas», cuenta.
Además, a la hora de hacer la compra tiene sus técnicas: «Voy directa a las marcas blancas», reconoce. Y lo de coger el coche es un lujo que ha pasado a mejor vida. Ya solo se usa para lo necesario. «Por suerte, es muy pequeño y consume muy poco, lo uso solo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Ahora, por ejemplo, no se me ocurre irme al cine en coche», se ríe.
Como ella también están Cristina González y Carlos Dromant, una pareja que se independizó en junio del año pasado y que están impresionados con la inflación. «Nosotros lo notamos en todo, pero, sobre todo, en productos frescos como las verduras, productos de limpieza y cosas que necesitas sí o sí», explica ella. «Antes hacía la compra de la semana con 80 o 90 euros y el otro día, por cuatro cosas, pagué cuarenta».
A eso hay que sumarle «250 euros de luz y de gas cada dos meses». Un precio que les parece «excesivo», teniendo en cuenta que apenas pasan tiempo en casa. «Estamos únicamente por las noches y el rato antes de salir de casa por la mañana. Nada más», aclaran.
Lo peor de toda esta situación es que no parece que el futuro vaya a dar una tregua. Según el Banco de España, la inflación cerrará 2022 en el 8,7%, aunque se irá moderando gradualmente hasta el 5,6% en 2023.
Habrá que esperar a entonces para que vivir bien deje de ser un lujo y se hagan realidad aquellos vaticinios de los sociólogos en los que aseguraban que, tras el covid, llegarían los locos años veinte de nuestro siglo. Está difícil ese desenfreno cuando tomarse una copa en Asturias cuesta ya un 25% más que el año pasado. Y, sí, eso es totalmente prescindible, pero cuando se puede gastar en ocio significa que todo lo demás, en la vida, va sobre ruedas.
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