
«Hay una epidemia de estupidez enorme»
Javier Sádaba Filósofo ·
«Tenemos que decir que la eutanasia no es matar a la gente, que es un acto de amor. Y que con el dolor no se puede jugar»Secciones
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Javier Sádaba Filósofo ·
«Tenemos que decir que la eutanasia no es matar a la gente, que es un acto de amor. Y que con el dolor no se puede jugar»AZAHARA VILLACORTA
GIJÓN.
Jueves, 24 de noviembre 2022, 01:36
En unos días, cumplirá 82 años, pero está batallador tras sufrir un cáncer, perder a su esposa y volver a enamorarse. El filósofo Javier Sádaba ( ... Portugalete, 1940), uno de los grandes agitadores de la Transición, llegó ayer en Gijón invitado por Derecho a Morir Dignamente para hablar sobre buen vivir y buen morir, política, filosofía, amor... En suma, de 'Una ética para el siglo XXI', el título de su último libro.
-Le cito: «Sigo siendo rojo, anarcoide y digo lo que me parece». ¿Lo de hacerse de derechas con los años no va con usted?
-Soy incluso más anarcoide que antes. He radicalizado mis posturas, aunque soy más prudente también, una de las cosas que te da la edad. El mundo ha ido por un sitio que no me parece el más apetecible y creo que lo mejor es seguir los principios de uno sin imponer nada a nadie.
-¿Qué es lo que menos le gusta de esta sociedad que nos está quedando?
-No quiero ser elitista, pero diría que la imbecilidad general. Hay una epidemia de idiotez enorme. No nos paramos a pensar. Se cree cualquier cosa. La credulidad que hay, el retorno de los brujos, de la magia infantil, un tanto necia... El no tener capacidad de decir que no cuando hay que decir que no... Todo esto es fruto de muchas cosas, pero se plasma mucho en esa imbecilidad general.
-¿Algo más?
-Las armas. Esa actitud feroz entre los humanos. Esa tendencia a matarse. O, por lo menos, a estar siempre en un estado de guerra, un estado permanente de depredación. Y, finalmente, el omnímodo dominio del dinero, que se ha convertido en un nuevo dios. Yo pondría esas tres cosas como aspectos más preocupantes. Al menos, para mí.
-¿Le inquieta la polarización?
-Forma parte de lo mismo. El avance del fascismo es preocupante. Fuera de España y en España. Y, por otra parte, está la ineficiencia de la izquierda, que tendría que ponerle coto con una política más decidida. Y, si hay que salir a la calle, se sale. Sin violencia, pero con una auténtica definición. Eso es lo que espero.
-¿Nos ahoga la palabrería?
-Por supuesto. Es algo de lo que estoy absolutamente harto. Este es un país que conserva en exceso la picaresca y la charlatanería. Hay que romper con eso y reírse un poco.
-Díganos entonces algún motivo para la esperanza...
-La esperanza no hay que perderla nunca. Hay que actuar por si acaso. Aunque todas las probabilidades sean de que esto vaya a peor -en una cuesta abajo cultural que ya se está dando, porque este país cada vez es más inculto-, siempre hay que hacer cosas. Porque, si alguna vez el mundo cambia, será porque nosotros hemos pensado que se puede cambiar. Y, en medio del entontecimiento generalizado, en el que participan todas las instituciones, hay gente joven que es consciente de lo que pasa y piensa de modo alternativo. Hay un cansancio general enorme que, de momento, es una especie de plegarse a lo que ocurre, pero la gente va a empezar a hartarse de tanto engaño y puede que las cosas cambien.
-¿La ley de eutanasia supone un avance sustancial en nuestros derechos?
-Me parece que se quedó corta, aunque también hay que decir que es una conquista. Bienvenida sea. Lo que ocurre es que es tan garantista que, entre los dos médicos, los formularios... al final, te has muerto. Hay que ir avanzando, sobre todo, hacia la garantía del paciente. Y tenemos que decir que la eutanasia no es matar a la gente: que es un acto de amor, el respeto a la libre voluntad de una persona. Y otra cosa importantísima: que con el dolor no se puede jugar.
-¿Entiende tanta combatividad por parte de la Iglesia?
-Las iglesias, y especialmente la nuestra, son feroces. Siempre con un punto de vista político, ¿eh? Porque eso lo juegan desde el punto de vista de si es rentable en votos. Sea como sea, con la Iglesia hemos topado, porque difícilmente va a permitir que los dos momentos más delicados de la vida humana, que son el nacimiento y la muerte, se le quiten de las manos. Y va a insistir constantemente en que somos un don de Dios. Y, miren ustedes, no: somos dueños de nuestro cuerpo. Decido yo. A mí me parece perfecto que usted haga lo que quiera, pero no me imponga nada.
-Lo que ha dicho que es un regalo de los dioses es el amor...
-Hablo por mí mismo. Yo estuve felizmente casado durante cuarenta años. Elena murió de un cáncer feroz y me quedé destrozado. La quise mucho, pero ahora he encontrado un gran amor. Y digo que es un regalo. De los dioses, de los diablos, de lo que sea... Que todo el mundo, si puede gozarlo, lo goce.
-Sí es sí. ¿Se pronuncia?
-Hay un ruido tremendo y debería haberse hecho por todas partes mejor y no haberse politizado de esta manera. Cuando hay una cuestión extrema por un lado y extrema por otro, lo que hay que hacer es ir al medio. Y yo creo que aquí se han pasado unos y otros. Debería haberse ido a una situación intermedia, que se salvara la ley, que me parece muy bien, pero al mismo tiempo haciendo concesiones mutuas. Aquí, en cambio, se ha puesto una tribu contra otra.
-¿En el término medio está el secreto de la vida buena?
-En la vida buena hay dos partes que son importantes. Una son los placeres: la naturaleza, la música, la buena mesa, el vino, los amigos y tantas cosas más. Y la otra es tener la conciencia satisfecha. Es decir: que, al final, uno esté contento con lo que hace. Si tienes esas dos cosas, estarás muy cerca de ser feliz.
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