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Hay algo hipnótico en el perfil de los Picos de Europa.
Algo que, al observarlos desde la lejanía, a ras de mar o desde alguna de las sierras que los rodean, hace que uno sienta dentro una especie de fuerza atrayente: como si en el interior de esas cumbres hubiera un enorme imán conectado directamente con la emoción.
Es algo inevitable, casi natural, un deseo espontaneo que nos empuja a querer acercarnos más: conocer mejor su orografía, distinguir sus altas cumbres, explorar sus largos cañones, respirar en sus collados, seguir el rumbo violento de los ríos que los cercan y atraviesan…
La belleza, valor y atracción del parque Natural de los Picos de Europa es, sin duda, indiscutible. Y su extensión, con tres macizos imponentes haciendo de barrera y atalaya, puede parecer inabarcable: para la vista del espectador y para los pies del común de los senderistas.
Sin embargo, hay un pequeño grupo de cumbres en el macizo central, ubicadas en las tripas mismas de los Picos de Europa, que sí resultan accesibles para todo tipo de senderistas: se trata de Peña Maín, una gran montaña con muchas cimas. La más alta de todas ellas, Cabeza la Mesa (de 1609m) permite otear, muy cerca y con una vista sin obstáculos de 360 grados, los tres macizos de Picos y todo el entorno que los rodea.
Cuencas, valles, pueblos de montaña, majadas de pastores, la sierra del Cuera, los cientos de cuevas que perforan la roca, ríos marcando el terreno, el mar Cantábrico rompiendo abajo... Todo esto, y más, se contempla en altozano desde Peña Main teniendo de vigías acompañantes las cumbres más altas y señeras de este lugar: Torrecerredo, Los Albos, Peña Castil, el Naranjo de Bulnes y el Neverón de Urriellu nos acompañan en la vista y en el trayecto, convirtiendo Cabeza La Mesa y Peña Maín en una ubicación y un horizonte perfectos para calmar, sin enormes esfuerzos y sin especial experiencia montañista, esa fuerza atrayente tan emocional que irradia la Cordillera Cantábrica desde la lejanía.
Horario: 4h (aprox)
Distancia: 12,5 kilómetros
Altitud máxima: 1.609 metros
Desnivel positivo: 660 metros
Tipo de recorrido: circular
Para alcanzar el inicio de esta ruta, tenemos que acercarnos primero en coche hasta Sotres, a 940m de altitud.
Este trayecto ya es en sí una delicia, puesto que la carretera que nos lleva al inicio de nuestra ruta (AS-264) se interna desde Las Arenas (Cabrales) y transita por el desfiladero del Cares hasta Poncebos, remontando la cuenca del río Duje y pasando por Tielve: poco más de 15 kilómetros de recorrido en coche que nos regalan un primer acercamiento al abrupto y seductor paisaje de Picos de Europa:una antesala ideal para hacer la boca agua con aquello que nos espera en la cumbre de Peña Maín.
Ya en Sotres, y ya a pie, debemos partir desde una curva marcada que hay antes de llegar al pueblo. Nuestros primeros pasos serán por pista y en descenso, llevándonos hasta la zona conocida como los invernales de Cabao (o del Texu), una majada con muchas cuadras donde encontraremos un cruce de caminos: nuestro destino, Peña Maín, está dirección noreste, abandonando ya la pista para cruzar, unos pasos más allá, sobre el río Duje.
Rápidamente, encontramos un camino zigzagueante que nos lleva, primero, a un collado solitario y que, a través de un terreno llano, nos deposita en Cuaceya, otro collado a los pies de Peña Maín desde el que ya se empiezan a vislumbrar, cercanas y enormes, míticas cimas de esta cordillera.
Seguimos rumbo Maín, con numerosos jitos y marcas de color señalando bien el camino, hasta alcanzar una majada: estamos en Canero, antiguo bastión de numerosos pastores que hoy exhibe ruinas de cabañas ya abandonadas por la tradición y la reciella.
Desde aquí, debemos girar a la derecha hasta que, a vista de pájaro, oteemos un camino escarpado que asciende para superar un farallón de roca enorme y vertical por una canal: la subida es corta pero bastante pendiente, aunque se deja querer con facilidad y el maravilloso panorama de alrededor compensa el esfuerzo con creces.
Nada más conquistar esta canal, y con los pies en una pequeña majada, el camino asciende hacia un pequeño bosque de hayas: nuestros pasos deben seguir dejando el bosque a la izquierda y, una vez arriba, cruzarlo por el medio: a partir de aquí, los Albos, el Neverón y el Picu Urriellu nos acompañarán muy presentes en esta preciosa caminata.
Salidos ya de la zona de árboles, seguimos por una canal desde la que ya contemplamos, en una distancia cercana, Peña Main: tenemos que bordear por la derecha su cumbre principal, hasta que nos encontremos en una vertiente que cae, por encima del bosque.
Desde ahí, vamos conquistando altura: a veces por roca y otras por senda marcada, siempre guiados por los jitos indicadores y nunca sin extrema dificultad, hasta alcanzar una cresta al final de la cual vemos, claro y abierto, nuestro destino.
Sólo resta crestear, el último tramo de camino: un pequeño paseo por las alturas y sobre roca caliza que termina, solemne y espectacular, con una panorámica excelente sobre el macizo central, sus principales montañas (las más altas de Picos) y sus amplios alrededores, hasta la orilla misma de la mar.
La visión desde esta cima de Peña Maín es, sencillamente, magnífica: un gran angular de estas montañas cargadas de fuerza y una zona privilegiada para observar todos los valles, sierras, majadas, pueblos, aguas, canales y caminos que las llenan de vida y las delimitan.
Llegados aquí, nada más que nos queda descansar mirando el enorme paisaje de alrededor y, cuando estemos listos y satisfechos, volver sobre nuestros pasos por el mismo sendero trazado al subir.
Decimos adiós (o hasta pronto) a este balcón privilegiado en pleno macizo de los Urrieles: Peña Maín colma con creces nuestras expectativas.
(El precioso homenaje a Kun que nos encontramos en cumbre hizo que esta ruta culminara con mucha más emoción: ciertamente, la amistad de un perro es uno de los mejores regalos que la vida puede darte.)
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