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A 1320 metros de altitud, en las alturas de una cuerda montañosa repleta de cimas discretas que miran al picu Urriellu, encontramos un monte que se estira jugando a ser balconada y domina el panorama pedregoso alzado sobre dos valles, profundos, bellos y abruptos: el cabeza Vigueras.
Anclada en territorios pertenecientes al Parque Nacional, esta cumbre se yergue en terrenos del concejo de Peñamellera Alta, en una zona denominada «Peñas Cabriegas» donde dominan las verticalidades, los riscos, las colladas, los verdores y las profundidades: un rincón salvaje, bien conocido por cabras y pastores, que mira de frente, sin obstáculos, hacia las principales cumbres de los Picos de Europa.
Y aunque hay muchas opciones para llegar hasta el cabeza Vigueras, hoy andamos la más sencilla de ellas, partiendo de Oceño y siguiendo la huella de un sendero que asciende, estrechándose sin prisas, hasta un vértice geodésico plantado en su cumbrera.
El recorrido de esta ruta, sencillo y bien marcado, va salvando de forma cómoda alturas y majadas que invitan a descansos, siempre asomado a buenas vistas de los tres Macizos de Picos, para culminar –caprichoso-a los pies mismos de la cima, dejando un rastro de huellas jitadas hasta el punto más alto del día.
Tipo de ruta: Lineal (Ida y vuelta)
Distancia: 16 kilómetros (aprox)
Tiempo aproximado: 6 horas
Desnivel aproximado: 900 metros
Dificultad: Moderada
Altura máxima: 1.320 (aprox)
En nuestro caminar de hoy tenemos que alcanzar varias colladas: la de Trespandiu, la de Carraspión, la de Llamea y la de Galabín. En esta última morirá el sendero que vamos a seguir desde el principio, marcado como PR PNPE 34, dejándonos a los pies del cabeza Vigueras e invitándonos a transitar sus laderas durante 250 metros para poder acariciar su cima.
Para comenzar, cruzamos Oceño en dirección ascendente, recorriendo levemente sus calles con olor a humo de chimeneas hasta que encontramos una pista. Debemos seguirla: está señalizada como PR y se dirige a San Esteban y Tresvisu.
Este primer tramo de ruta es muy cómodo: el firme alterna cemento y hormigón, el camino es ancho, y la subida, constante, es un sutil caldeo para los esfuerzos posteriores. Tras trazar algunas revueltas, asoman los Picos de Europa y nos encontramos aupados 300 metros más arriba de Oceño, en la collada Trespandiu, amplia, verde y rodeada de murallones rocosos.
Desde aquí, tras cruzar la collada, cogemos a mano derecha un nuevo ramal de pista adornado de postes indicativos. El cemento y el hormigón van desapareciendo, dejando que la senda se pinte de tierra y hierba a medida que asciende, atravesando el lugar con dirección al siguiente collado, el cual conquistaremos tras superar una profunda horcada entre dos montes que nos eleva un tramo más para dejarnos aupados sobre un paisaje intrincado, dominado por los verdes y los ocres, en el que el camino ancho se convierte en sendero serpenteante.
De frente, escorado a mano izquierda del paisaje, vemos ahora nuestro monte a conquistar, con un camino desdibujado tendido hasta él que rodea el valle por las alturas, cambiando de vertiente. Siguiéndolo alcanzaremos el collado Carraspión, nuevo puerto en el camino.
Desde aquí, cruzamos la collada para coger un sendero de ganado que avanza por la ladera, alzado sobre el valle, saltando de nuevo de vertiente y evitando el camino por el que discurre la canalización del agua (mucho más peligroso que este). Nuestra ascensión dibuja largas formas de serpiente sobre el terreno hasta alcanzar la collada Llamea, nuevo bastión rodeado de arboleda y murallones de roca en el que encontramos una señal indicando el camino para alcanzar Galabín.
El tramo que sigue desde Llamea desciende primero unos pocos metros hasta encontrar la traza de un sendero que discurre paralelo a las rudimentarias instalaciones usadas para transportar agua. Avanzamos, ascendiendo de nuevo por un sendero entre matorrales bajos y arboleda dispersa que nos sitúa de forma rápida frente a un repecho: es el tramo de cuesta que conduce a la última de las colladas del día, a más de 1000 metros.
En Galabín encontramos una pequeña laguna, el final del PR que hemos seguido hasta aquí y, por fin, la espina dorsal que conduce al cabeza Vigueras, que se alarga como el cuello de un réptil enorme de caliza y hierba.
La cima parece ya cercana y, en realidad, lo está. Sin embargo, este tramo engaña y aún queda camino: algo más de 250 metros sobre pronunciada pendiente que se van salvando jugando a la búsqueda de los jitos, montículos que hacen de guías apareciéndose entre matorrales y que, poco a poco, nos conducen a una pequeña vega y, luego, a la cabeza Vigueras, techo de esta sierra y balconada privilegiada
La panorámica abarca una visión que alcanza a mirar, al tiempo, las más altas cimas de Picos, la Sierra del Cuera y el camino recorrido, así como otras picas y bellísimas montañas que habitan en el triángulo de sierras sobre el que nos alzamos, cargado de embrujo natural.
Para el regreso, sólo tenemos que volver por el camino andado, enlazando colladas en dirección descendente hasta encontrar, de nuevo, Oceño.
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