FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO
Sábado, 18 de noviembre 2006, 03:21
EN mi enciclopedia escolar, las razas puras se distinguían principalmente por el color de la piel: blanca, negra, amarilla, cobriza y aceituna. Y me las representaron con la huchas del Domund: aquellas cabecitas de escayola pintada en que se figuraba a un niño negro, amarillo o cobrizo.
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Para saber de la raza blanca, en cambio, no hacían falta huchas: bastaba con observar los rostros de los compañeros de pupitre. Los había blancos en todos los matices: morenos casi negros, tostados, morenos de verde luna, lunarosos, pelirrojos, cetrinos, rosáceos, bermejos, pálidos, de color tísico, asabañonados por el frío, lechosos, algún albino...: herencias biológicas de tantos pueblos perdidos en la memoria y que algún rastro debieron de dejar en el río de la sangre que nos recorre.
Y es que el blanco, como demuestra el disco cromático de Newton, aparece sólo como la suma de todos los colores. Y si no había cabecitas de niño blanco en las huchas, en los años del hambre, era porque la campaña del Domund tenía como objetivo evangelizar a aquellos chinitos y negritos lejanos que en las estampas besaban agradecidos la cruz que el misionero les acercaba a los labios.
Y los niños españoles salían a la calle a llenar la cabeza del chinito o del negrito con la caridad de las buenas gentes y con aquellas humildes monedas que entonces se eran de céntimos de peseta, 'perrinas' o 'perronas' y que en la cara representaban a Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios y en la cruz el escudo de la Una, Grande y Libre. Y allá, por las colonias que gobernaba y explotaba el hombre blanco, se estaban ellos con sus rostros negros, amarillos, cobrizos y aceitunos, felices y satisfechos de recibir los frutos de la caridad blanca y cristiana.
Ahora, los tiempos son otros y los rostros no son figuración, sino realidad. Las huchas las tienen los administradores de los estados blancos y nunca se llenan, ni siquiera con el cero coma siete; ni, por lo tanto, tampoco los estómagos de los hijos de aquellos negros, amarillos, cobrizos y aceitunos.
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Y la Europa empieza a poblarse de gentes con la epidermis de todos los colores que aprendí en aquella enciclopedia.
A veces se unen para defenderse de quienes las consideran intrusas. Por ejemplo, en Mieres las mujeres inmigrantes hace unos días.
No faltaron las manos -blancas, europeas y cristianas- de algunos vigías de Occidente que se apresuraron a vomitar por las paredes: 'Stop inmigración Europa Blanca'. ¿Europa blanca? La que es fruto -dicen ellos- de la impronta genética y biológica que compartían los indoeuropeos celtas, galos, vikingos, griegos, romanos...
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¿O, acaso, simplemente la Europa de rostros pálidos de miedo al otro?
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