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1 Santa Eulalia de Oscos / Santalla d'Ozcos
Una hermosa ruta de once kilómetros con espectaculares vistas como la de la cascada de Seimeira conduce hoy al visitante por el valle que, según la leyenda, fue la prisión donde cumplió cadena perpetua un hidalgo acusado de asesinar al cura del pueblo por orden de su señor, contrariado porque el religioso se negase a retrasar la hora de la misa por su particular capricho. Al no poder levantarse el cadalso por estar eximidos los nobles de tal trabajo, y ser la totalidad de los habitantes del lugar hidalgos, el involuntario criminal fue condenado al destierro en un sitio «donde no oyera carro chirriar, gallo cantar ni campana sonar»: en ese inmenso robledal que baña la Seimeira.
La leyenda está inspirada en un suceso real, ocurrido en septiembre de 1564, cuando el párroco de Grandas y Trabada, Alonso Cuervo, fue asfixiado por una cuerda a manos del mayorazgo Álvaro Díez de Ron, propietario de una casa torre en Pezós (que aún existe). El todopoderoso noble era reincidente en el hábito del matar, pero, a diferencia de lo que cuenta la leyenda, nunca fue condenado. Las caprichosas formas de los árboles del Valle del Desterrado, sin embargo, parecen sugerir que algún viso de verdad hubo en lo de considerarlo, a lo largo de los siglos, un lugar tan mágico como tenebroso.
2 Tineo
Les asfixió con sus propias manos. Rafael González Gancedo, 'el del Cristo', pasó a la historia por haber acabado de tan horrible con la vida de su mujer, Manuela Martínez, y con la de Aurelio, su hijo recién nacido. El crimen ocurrió en Xenestaza, y la ejecución del reo, en 1899, sería la última civil en Asturias en tiempos de paz. A Gancedo le condenaron a morir en el garrote vil, y para levantar su cadalso, en esta plaza de Las Campas, hubo serias dificultades.
A saber: se solicitó el indulto hasta el último día, llegando incluso a ser considerado por la reina regente María Cristina, y se dice que los madereros, y cualquier otra persona dedicada a un oficio que implicase tratar con tablas, desaparecieron del pueblo para no ser obligados a levantar el cadalso. Pero finalmente, ocurrió. El hermano del reo pasó su vida contando la historia al modo de las coplas de ciego medievales, hecho que relata Antón García en su «Crónica de la lluz y la solombra».
3 Muros de Nalón
Un cuerpo descuartizado, un crimen sin resolver y una cabeza que nunca apareció. Esa es la macabra historia detrás del nombre de esta pequeña sablera situada al este de la de Aguilar, y que antes del año 1913 recibía el nombre de Veneiro. Fue la desaparición del vecino de Reborio Hermenegildo Álvarez, alias 'Xilo', y la posterior aparición de su cadáver descabezado y partido en dos en este lugar, la que la renombró.
Más allá del hecho de que la cabeza del anciano se perdiera en las aguas del Cantábrico, a pesar de la denodada búsqueda de las autoridades, poco se sabe. De su asesinato fue acusado, con pocas pruebas, un periodista que hacía las veces de administrador de la víctima, de carácter huraño y fosco. La pista detrás de un grupo de ambulantes que leían la buenaventura y ejecutaban hurtos en días de feria, como aquel en el que desapareció 'Xilo' -ese día los reyes de España visitaban San Esteban- fue rápidamente descartada por la familia. En el sentir popular siempre se han albergado dudas de la participación del yerno del asesinado, que esa noche apareció con los pantalones manchados de sangre… Solo las covachas de la playa de Xilo fueron testigos, solo ellas, si supieran, podrían hablar ya de lo que ocurrió.
4 Moreda de Aller
No solo hubo 'Poltergeists' en las películas. También aquí, en el pueblo de Rayán, una familia denunció ser víctimas de sucesos extraños en una casa que aún existe, y que comenzaron a ocurrir a raíz del nacimiento de un nuevo miembro de la familia, en 1917. Entonces comenzaron a escucharse ruidos en el desván de la vivienda, recién adquirida por una familia leonesa que llegó a Aller para trabajar. Una botella, caída desde la parte alta de la casa, fue la espita que abrió una serie de sucesos extraordinarios que, durante meses, fueron la comidilla de la prensa asturiana.
Llegaría a decirse que la cuna del recién nacido se agitaba con tanta fuerza que ni todos los hombres de la casa juntos podían frenarla, y que ni los rezos ni la convocatoria de los espíritus sirvió de nada. Sí el pago de unas misas por el alma de una familiar cercana, que había muerto poco tiempo atrás, y que se apareció a la propietaria de la casa cuando la situación ya parecía irremediable. Mucho se habló, en nuestra particular 'Belle Èpoque', de la 'casa del miedo de Rayán'.
5 Barcía (Valdés)
Fue el Occidente de Asturias por donde entraron, en los primeros meses de la Guerra Civil, las columnas que, dirigidas por el coronel Antonio Aranda, avanzaron hacia Oviedo no sin poco derramamiento de sangre. Entre sus filas se encontraban centenares de integrantes de los Grupos de Regulares de Melilla. Compartían objetivo militar con los sublevados, no así religión. Por eso, la construcción de un cementerio donde albergar a los caídos musulmanes fue perentorio desde el primer momento de su entrada.
Y aquí está. Abandonado, casi invisible bajo la maleza e inacabado. Más de cuatro mil metros cuadrados componen hoy el cementerio musulmán una extensión de terreno sin lápidas ni adornos, rodeada por muros de mampostería y con un número de cadáveres en su subsuelo aún por determinar. De momento, es el olvido el que se impone sobre el cementerio moro de Barcia.
6 Avilés
Con un pie en La Magdalena, el barrio avilesino en el que vivía el niño Manolín Torres, y otro en Illas, a medio camino de Santa Cruz de Llanera, de donde venía su asesino, Ramón Cuervo, este monte se alza en el extrarradio avilesino, muy cerca de un centro comercial y del monumental cementerio de La Carriona, y puede recorrerse a lo largo de un sendero de ocho kilómetros. Aquí, en 1917, fue encontrado el cadáver del infortunado chaval, con unas marcas en el cuello y el albur en las mejillas que indicaban que había sido desangrado después de ser dormido con cloroformo.
Detrás del crimen se ocultaba la superstición: su asesino, afectado de tuberculosis -por entonces una dolencia mortal- había retornado hacía poco de Cuba, donde un curandero le había asegurado que beber la sangre fresca de un niño bien criado podría hacer remitir la dolencia. Capturado al día siguiente en una pensión de la calle avilesina de Llano Ponte, el asesino lo negó todo, pero la ciencia habló: un análisis detectó la presencia de sangre humano en sus heces. No hay constancia de que llegase nunca a ser juzgado. Tal vez lo mató su enfermedad, o quizás, si hacemos caso a la leyenda, desapareció para siempre tras tirarse del carro que le conducía a la prisión provincial.
7 Cangas de Onís
Poco antes de llegar a la Vega de Enol, presidiendo como una equilibrista majestuosa la carretera, se alza una haya que ya existía en 1927, cuando fue testigo de uno de los crímenes más novelescos de nuestra historia. La víctima fue Robert Cecil Horne, inglés, que servía como contable en las minas de manganeso de Buferrera y que volvía a casa al final de una jornada de descanso cuando fue atacado por dos bandoleros armados hasta los dientes.
Ocurrió a los pies de este árbol, hoy conocido como 'la jaya del inglés' y marcado, desde entonces, con una cruz que recuerda el luctuoso suceso. Las autoridades no tardaron en dar con los atracadores: uno de ellos, Juan de la Fuente, solo tenía 15 años y declaró participar de las andanzas de su compañero, Benjamín de la Bárzana, para sacar dinero para emigrar a América. Acabó entre rejas. Bárzana se cortó el cuello con una herrumbrosa navaja al verse acorralado por las autoridades. Macabras historias las que guarda bajo su extenso ramaje 'la jaya del inglés'.
8 Ribadedeva
A un paseo de la ermita de Santu Medé y a un tiro de piedra de la cueva del Pindal, allá donde las encinas desafían los azotes del mar y confieren al paisaje un eterno mohín otoñal, se encuentran las ruinas de lo que fue, desde finales del siglo XII en su estructura pero aún más allá por su fundación, la iglesia de Santa María de Tina. Venida a menos en el siglo XVII, con el traslado parroquial a Pimiango, fue abandonada por completo en el siglo XIX.
Desde entonces hasta ahora, la naturaleza ha ido tomando sus muros, deshaciendo sus contornos, tirando las techumbres de lo que en su día fue un gran centro devocional, tal vez monasterio; pero indudablemente situado en un lugar de gran fuerza telúrica, donde el paisaje devora al visitante. Durante casi un siglo después de su abandono, la talla de la virgen de Tina permaneció, impertérrita, entre las ruinas. Hoy ya no, pero no por ello el viejo edificio pierde majestuosidad.
9 Llanes
Nuestra historia reciente ha marcado el caprichoso contorno de la sierra del Cuera de relatos bélicos. Aquí, último reducto del Frente Norte, se libraron combates que aún resuenan en el imaginario popular asturiano, pero, allá donde la memoria no llega, muchos caminantes tiznaron también sus cumbres de magia. Se dice que este fue uno de los lugares de las andanzas de Ana María García, nacida en Posada de Llanes en 1623 y que, andando el tiempo, sería juzgada por la Inquisición por ser bruja y saber disponer de la voluntad de los lobos para cometer tropelías, hurtos y malandanzas.
La condena, mal que se haya dicho lo contrario, fue terrible: centenares de azotes previos a la recepción de una buena doctrina cristiana. La llamada 'Llobera', que confesó haber recibido instrucción en las artes de la hechicería por parte de una vieja bruja de Bricia, aseguraba haber ofrecido su brazo al mismísimo diablo -que se le presentó mientras tejía, en forma de bulto oscuro- para obtener sus poderes. Los investigadores actuales sospechan algún tipo de enajenación mental. Los tribunales de entonces fueron taxativos: Ana María era bruja, hechicera y mala mujer.
10 Llanes
La geología le ha dotado de una impresionante forma que asemeja la cabeza de un dragón rugiente; la orografía, una posición privilegiada presidiendo la sierra de la Borbolla; y el ser humano, una razón de ser: proteger de forma omnímoda a los muertos que debieron reposar un día a lo largo de un necrópolis sin igual, con centenares de túmulos a los pies del espectacular peñatu. La simbología, complejísima, de las pinturas y grabados que las poblaciones neolíticas dejaron en sus paredes, tiene tres puntos clave.
Y son los siguientes. Un ídolo, popularmente llamado Cabeza del Gentil, asimilada por algunos autores a una Diosa de los muertos. A su lado, un puñal. Bajo este, siete figuras antropomórficas que parecen danzar sobre las escamas del enorme dragón pétreo. Las hipótesis siguen abiertas, pero Peña Tú aún fascina. Especialmente cuando sobre la silueta cae la noche; la oscuridad que, temeraria, une el mundo de los vivos con el de los muertos.
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Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
Cristina Cándido y Álex Sánchez
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