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MARIO ROJAS
La fuerza del violín la trajo a Asturias

La fuerza del violín la trajo a Asturias

Calidad moscovita. Llegó en 2001 para una prueba en Oviedo Filarmonía y se ganó la plaza. Proviene de una familia rusa llena de músicos, es autoexigente y cultivada, tiene dos hijos y con el pequeño, de 14 años, que toca el piano, dio hace pocos días un concierto en Gijón

Domingo, 9 de junio 2024, 02:00

La primera vez que vino a Asturias lo hizo en autobús y cruzó por el Huerna. «Pensaba que había cambiado de país, que ya no estaba en España». Esa sensación que todo asturiano conoce, del sol castellano leonés a la cielo gris del Principado, descolocó mucho a la moscovita Marina Gurdzhiya, que años después vive integrada en la sociedad ovetense. Ella y su violín.

Su padre, Vajtang, y ella.
El día que llegó a Asturias, en 2001.
Con sus hijos, David y Alexandra. Marina Gurdzhiya.

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En 2001, un amigo de su madre y Virtuoso de Moscú, Arkady Futer, llamó para decir que había una plaza en Oviedo Filarmonía. «Yo de aquella tocaba en una orquesta alemana y llegaba de una gira por Malasia. En Fráncfort cogí un billete y me vine directamente a Asturias. Si fuera ahora no habría aceptado porque con los años ganas en miedo pero en esa época era joven y lo viví con mucha ilusión, era un sueño».

Pues se plantó en Asturias, hizo una audición y se ganó la plaza de ayuda de concertino de violín, y desde ahí muestra la excelencias de la educación musical rusa, como antes hicieron los Virtuosos de Moscú que abrieron el camino a la soberbia escuela rusa de músicos. Marina es seria y sonriente, cumplidora, autoexigente hasta la extenuación, amable. Lo de buena violinista se le supone aunque los expertos sólo hablan maravillas de ella. Viene de una familia con abolengo musical en la que salvo su padre Vajtang, todos se dedicaban profesionalmente, con abuelos violinistas y madre pianista. «Era muy difícil no seguir la tradición».

Pese a todo y a que la música la ha llevado hasta aquí, tiene claro que «no querría volver a la infancia, casi no la tuve porque al hacer una carrera musical tan exigente no se me permitía disfrutar como a una niña de mi edad, siempre con preocupaciones de persona mayor. Siempre buscando los defectos en las cosas que hacía, no era manera de vivir. Tanto perfeccionismo en una niña no es bueno».

Cuando llegó en 2001 primero vivió en Gijón pero enseguida se trasladó a Oviedo «porque me gustaba más la ciudad, además porque ensayaba y tocaba en la capital». Tiene dos hijos, Alexandra que tras estudiar Fisioterapia está opositando a Policía Nacional y David, que con 14 años estudia y toca el piano. «Ya hemos dado un concierto juntos en Gijón».

Huye de su propia autoexigencia «y le digo a mi hijo que si quiere dejar el piano lo deje por otra cosa. Si no está feliz es mejor que busque otra cosa, pero por ahora esta encantado». Pese a que huye, la verdad es que ella ensaya cuatro horas al día y otras dos horas más cuando llega a casa para ayudar en la carrera de piano de su hijo.

Pese a ello tiene tiempo para sus cosas. «Nado, aprendí hace algo más de un año y no se me da mal. Además, me relaja mucho» y aprende alemán.

Si escucha música se pone Rajmáninov y sus conciertos para piano y si tiene que tocar, sin duda, 'Romeo y Julieta, de Prokófiev.

Marina es rusa, inteligente, observadora, cultivada, muy educada y a la vez alegre y risueña. Debe ser que algo se le ha pegado del temperamento español.

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