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Han sido, ahí es nada, mil doscientos años desde la consagración de su primer altar. Y hasta podría ampliarse un siglo más la longeva vida de la Catedral de San Salvador de Oviedo, como veremos a lo largo de este recorrido por su pasado en el que, de puro largo, también se entremezclan las historias que ocurrieron y que ocurrirán. Pareciera, por ejemplo, que algo se huele el escribiente que, en junio de 1881, dejó dicho en 'La Ilustración Gallega y Asturiana' que la capilla doméstica instalada por Alfonso II en las inmediaciones de la catedral y conocida como Cámara Santa «subsiste intacta». Ciento cuarenta años más tarde no podemos afirmar lo mismo. Si la Historia es siempre un 'totum revolutum' de hechos que el historiador debe, necesariamente, afanarse por conectar, aquella que afecta a la Catedral tampoco iba a ser menos.
Tradicionalmente se ha considerado a la basílica de San Salvador, que el rey Fruela I mandó edificar en Oviedo allá por el año 765, como el germen de la actual catedral. Pero esta asunción, como casi todo lo que se escribió a lo largo de la Edad Media, cabalga sobre tierras movedizas: de aquel templo en el que fueron enterrados los padres de Alfonso II, el Casto, no quedó rastro después de que una incursión del ejército musulmán comandado por Abd al-Málik, en el 794, arrasara con ella. Así lo aseguran restos epigráficos de la época del Rey Casto, que ya habían desaparecido a principios del siglo XVII, cuando Luis Alfonso de Carvallo recuperó, en su 'Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias', el texto que contenían: «Tú, cualquiera que ves este templo santo por la honra de Dios, sabrás que en este lugar estuvo primero otro edificado a la misma traza, el cual fundó el rey Fruela, muy humilde de Nuestro Señor, al Salvador, dedicándole doce altares a los doce apóstoles, por el cual haréis todos los devotos oración a Dios».
Sea como fuere, la tradición da la fecha del trece de octubre del año 821, contando Alfonso II cuarenta y pocos años de vida, como aquella en la que se consagró el primer altar de la nueva basílica de San Salvador que el rey ordenó comenzar a edificar en los terrenos que antaño ocupara el templo fundado por su padre. Aquel, de tres naves, decorada con pinturas –al estilo de Santullano– y cubierta de madera, sería uno de tantos edificios que conformaron un auténtico complejo catedralicio desarrollado desde entonces y que aún distaba mucho de parecerse a lo que hoy se nos viene a la cabeza cuando pensamos en la catedral ovetense. A partir de entonces, y hasta hace no muchos siglos, la historia de San Salvador será una larga sucesión de reformas, ampliaciones y remozamientos.
Parte de las reformas sufridas por la Catedral de Oviedo se originaron por la competencia con Santiago de Compostela. / J. L. Cereijido - EFE
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Tantos, que de esta primera etapa prerrománica casi no quedan restos a día de hoy. Sí, dos de gran ralea: la Torre Vieja, aparentemente promovida por el rey Alfonso III en el siglo IX y construida con el objetivo de defender al segundo elemento referido, la Cámara Santa, de las incursiones de los piratas normandos (lo que hoy el cine ha popularizado como 'vikingos'). Así reza la piedra quizás fundacional de este edificio, que hace referencia a los gentiles que «suelen apresurarse con su ejército pirata naval», aunque parece claro que también sirvió como campanario exento de la vieja basílica. La Cámara Santa se habría erigido, por tanto, de forma previa, destinada a la custodia del tesoro de la basílica de San Salvador. Pero tampoco puede pensarse que vemos estos elementos de la misma forma en que una vez los miraron los ovetenses de hace más de mil años. No fue, por ejemplo, hasta el siglo XVIII en que se abrió al público el Tránsito de Santa Bárbara, hasta entonces cercado; y solo en 1934 desapareció el arco sobre paso elevado que unía palacio y torre.
Tampoco la Cámara Santa ha permanecido intacta: más allá del atentado que sufrió en tiempos contemporáneos, también en siglos anteriores sufrió modificaciones como, por ejemplo, la eliminación de las pinturas de su ábside, que menciona Ambrosio de Morales en el siglo XVI pero de las que hoy no se tiene constancia. En definitiva: la historia de la Catedral lo es también la de sus reformas, iniciadas de forma sustancial a finales del siglo XI con un primer programa de renovación cuyo elemento más destacado fue la construcción del cuerpo de campanas sobre la Torre Vieja. Una llamada de atención, según autores como Alonso Álvarez o Carrero Santamaría, de los obispos Arias y Pelayo ante la amenaza de la pujanza de la archidiócesis compostelana.
Pero, por supuesto, cuando se tiene un competidor importante no solo cuenta el epatar físicamente. Hay que convencer también por otros medios que hoy no dejan de llamar la atención. Y si el Camino de Santiago fue uno de los grandes éxitos promocionales de la Edad Media, también lo sería, pero no sin esfuerzo, el conseguir que también se popularizase el decir eso de «quien va a Santiago y no a San Salvador, visita el siervo, pero no al Señor». Se hizo por medio de documentos tan curiosos –y reales– como el que fue estudiado en 1897 por Charles Alfred Kohler: un texto conservado en la Biblioteca de Cambrai y fechado en el siglo XII, que no solo habla de la translación de reliquias de Jerusalén a Oviedo, sino 'de re insolita et preter hanc inaudita', «una cosa insólita e incluso inaudita»: el exorcismo de una endemoniada aragonesa, Oria, en Oviedo, frente a la fama también 'depuradora' de Santiago. Este relato, «de indudable origen ovetense», según Adeline Rucquoi, apunta, en definitiva, «también al objetivo de atraer a los peregrinos de Santiago hacia la iglesia de San Salvador».
Precisamente en esta época de mayor competitividad entre uno y otro centro episcopal se data también, y así lo atestigua el mismo documento de Cambrai, el traslado de las reliquias a la Cámara Santa. En 1075, concretamente el 14 de marzo, se rubrica un documento describiendo la apertura del Arca Santa, una bella caja de madera y, a partir de entonces, cubierta de plata (por expreso deseo de la reina Urraca, para conmemorar el evento), que contenía elementos tan atractivos para el peregrino como el Santo Sudario. Ante semejante muestra de religiosidad y, además, promesas de sanación en caso de caer víctima de la atracción fatal del diablo, ¿no cabía la necesidad de desviarse a Oviedo antes de llegar a Compostela? He ahí el quid de la cuestión.
Finalizado en 1441 en estilo gótico, la reforma barroca del siglo XVIII le dio su aspecto actual / Juan Carlos Román
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Pocos siglos le quedaban ya a la Catedral de Oviedo para seguir conservando su fisonomía medieval. El último elemento del antiguo conjunto catedralicio es, a su vez, el más viejo de su clase en activo en todo el mundo: la campana 'Wamba', fundida en 1219 para coronar la Torre Vieja con sus imponentes metro y veintidós centímetros de diámetro y el desiderátum que lleva grabado en el metal que la forma: «Para dar honra a Dios y libertad a la Patria. Cristo nos llama. Cristo vence. Cristo impera. Cristo reina, en nombre del Señor. Amén». Menos de ciento setenta años después de que el tañir de 'Wamba' reinase en las tardes ovetenses, en 1388, las obras de construcción del ábside la capilla mayor hicieron arrancar la fase gótica del conjunto; aquella que le ha dado el aspecto que conocemos hoy.
No parece tarea fácil, y no lo es: en 1388 arranca el periodo, pero este se extenderá a lo largo de los siglos al punto que en la Nochebuena de 1521, cuando un incendio arrasó la ciudad de Oviedo, constituida sobre todo por casas de planta baja, materiales altamente inflamables y un urbanismo aún medieval que permitió al fuego campar a sus anchas, las obras en la catedral de San Salvador aún no habían finalizado. De piedra y altos muros, las del conjunto catedralicio serían las únicas construcciones que sobrevivieron al fuego de aquella noche. No lo hizo, antes siquiera de nacer, la segunda torre proyectada en los planos de Juan de Badajoz, que serían ejecutados por Rodrigo Gil de Hontañón. No había fondos en una ciudad en plena reconstrucción. Casi doscientos años después de iniciadas las obras, en 1587 se completó la imponente torre de ochenta metros que, esta sí, saluda hoy a los visitantes, poderosa y vertical, desde la plaza de Alfonso II, el Casto. Un lugar, por cierto, también originado a raíz del incendio de 1521: un lustro después del dramático suceso se prohibió volver a instalar las casas finiquitadas por el fuego en la, por entonces, llamada, sencillamente, plazuela de la Catedral. Oviedo comenzó a parecerse a Oviedo, tal y como lo conocemos hoy, en el siglo XVI.
Las obras desarrolladas entre 1388 y 1587 fueron las que dieron a la Catedral de Oviedo su estructura actual, pero no las últimas. Por ejemplo: el Claustro, finalizado en 1441 tras casi siglo y medio de trabajos, no alcanzará su aspecto actual hasta el siglo XVIII, cuando Riva Ladrón de Guevara proyecta sobre su cuerpo el piso superior y la balconada, ahora ya de estilo barroco, que coronan hoy la construcción. Con todo, en la época moderna la catedral ovetense ya se circunscribe en la élite de todas las de su raza, no solo arquitectónicamente sino también como depositaria del saber. Así pudo contemplarlo –y dejar constancia de ello– Ambrosio de Morales, a la sazón cronista real de Felipe II, en su viaje de 1572, ocasionado por la necesidad de elaborar un parecer sobre las reliquias y libros custodiados en el templo.
Lo que vio y escribió Morales en 1572 será publicado dos siglos más tarde, en 1765, y constituye un hito fundamental para comprender el aspecto que, por aquel entonces, tenía la Catedral y, sobre todo, la importancia de su librería capitular. Esta impresionó vivamente a Morales, quien escribió que allí había «más libros góticos que en todo junto lo demás del reino de León, Galicia y Asturias». «Y puédolo decir con la seguridad de haberlo visto todo», añade, para certificar que de impresionable, a causa de lo mucho visitado, él tenía poco. Por si todo eso no fuera suficiente, aún cabe decir que una de las joyas de la librería ovetense lo fue en tan gruesa parte que hasta llegó a protagonizar un sonado robo. No el de 1977, que ya se contará más adelante: más de trescientos años antes, en 1630, el maestrescuela Juan de Fonseca, por orden del bibliófilo Gaspar de Guzmán, el conde duque de Olivares y Sanlúcar, robó el 'Codex miscellaneus ovetensis'. Aquel tesoro jamás volvería a Oviedo: hoy se custodia en El Escorial.
Rosetón de la fachada con el órgano debajo / Pablo Lorenzana
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Los problemas de hoy, ya lo ven, fueron también los de ayer. En cuanto a robos pero también en cuanto a polémicas en el siglo que elevó a la Catedral de Oviedo a un icono literario, casi al 'pop' decimonónico. Habla un cronista en 'La Ilustración Gallega', al referirse a las fiestas de San Mateo de 1881, de los bollos encintados que compraban, en el entorno del templo, los monaguillos a las campesinas y de los carteles que, a la entrada de la antigua iglesia, anunciaban las corridas de toros. «Esto impresionaba a muchos», dice. «¡Un edificio que presenció tantas generaciones, impasible a la marcha de los tiempos, recuerdo de fanáticos días, tenía en sus paredes anuncios para que fuesen a los toros! Cuando algunos moradores de la ciudad de Fruela notaban esto, censuraban a las autoridades, que permitían tan bárbara función; era la mayor parte del clero, pero había otros, naturales y vecinos de Oviedo, que se les alegraba el semblante».
Es comprensible que un edificio tan presente en las vidas y genealogías de propios y extraños, de ovetenses y de asturianos, pero también de viandantes en general, llegue a estar al frente de no pocas polémicas, sobremanera cuando se convierte en icono cultural. La de los toros mateínos podría ser anecdótica, pero más sonadas y para la historia serán las reacciones de resultas de la publicación, a partir de 1884, de 'La Regenta' clariniana. Poca broma: Ramón Martínez Vigil, obispo a la sazón, llegó a escribir una pastoral denunciando el «saturado erotismo» de la obra, en la cual, opina, el autor hace «escarnio a las prácticas cristianas y alusiones injuriosas a respetabilísimas personas». Más allá de lo mal que pudiera parecer a la curia el que Clarín situase en el milenario templo las escenas más tórridas de la historia de pasión de Ana Ozores y el Magistral, lo cierto es que, a la forma de Ambrosio Morales siglos atrás, Clarín haría lo propio a finales del XIX, tejiendo con sus palabras un testimonio insustituible sobre lo que era San Salvador en sus tiempos.
Durante la Revolución del 34 y la Guerra Civil, la Catedral fue seriamente dañada / EFE - Museo del Prado
Fotogramas de la cinta de Justo de la Riva sobre una misa por el rito mozárabe oficiada por el arzobispo Manuel Arce con la presencia de Francisco Franco y Carmen Polo
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Lean: «La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones». Poesía pura. Y documento –un grano de arena más sobre el mar de arena de la Historia– imprescindible para comprender nuestro pasado.
Si 'La Regenta' situó a San Salvador en el mapa literario español a finales del siglo XIX, las adaptaciones audiovisuales de la novela en el siglo XX –y hasta un curioso cameo como presunto templo alemán en 'Cariño mío' (1961)– lo harán en el imaginario de los espectadores. Y, en ese sentido, es casi imposible olvidar la primera escena de la adaptación televisiva de la obra de Clarín, rodada en 1995: muestra una fachada ennegrecida, ajada por el paso de los siglos y untada, desde el suelo hasta el pináculo, de una gruesa capa de contaminación. Nada que ver con la catedral que se abrió al siglo XXI tras una ambiciosa y compleja obra de higienización.
Porque si el siglo XVI fue el de la consagración (casi) definitiva de la catedral como epicentro de la vida ovetense, el del XXI lo ha sido de la conservación de un conjunto ya milenario: a la restauración de la torre y la fachada de la catedral siguió, entre 2002 y 2003, la adecuación del claustro; las cubiertas de la girola se repararon en 2006. El plan director de la Catedral, iniciado en 1997, cumplió este año cinco lustros y aún no ha finalizado: quedan por restaurarse las vidrieras góticas de la zona sur del templo y las del crucero. Las cosas de palacio, ya lo demuestra la mera historia de la catedral (Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 2015), tienden siempre a ir despacio.
De los Mártires de Nembra en agosto de 2016 / Mario Rojas
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Con todo, a veces la Historia también sufre vuelcos. A toda la terna ya comentada de reformas, ampliaciones y adecuaciones gozadas a lo largo de los siglos por la catedral para solaz de fieles y, en general, ciudadanos de a pie, ha habido también pasos atrás. El de 1934 es el más conocido de todos. Estallada la Revolución a resultas de la reacción contra la victoria electoral de la extrema derecha, encarnada en la CEDA de Gil Robles, los guardias de asalto que defendían la ciudad de los sublevados decidieron utilizar la torre de la Catedral como parapeto en la noche del 11 al 12 de octubre. Para aplacarlos, las fuerzas revolucionarias tomaron una decisión posteriormente lamentada dentro de su mismo sector. Se quemó la Cámara Santa, las imágenes que contenía y la dinamita estalló con toda su rabia en la capilla de Santa Leocadia, provocando un destrozo incalculable en lo material pero también, y, sobre todo, en lo patrimonial. Hoy, los muros de la Cámara Santa no son aquellos que se levantaron en la primera etapa de San Salvador, sino los de la reconstrucción de 1942.
También las piezas que se custodiaban dentro sufrieron graves desperfectos, antes y después. La Cruz de la Victoria fue la que salió más indemne; la de los Ángeles no apareció hasta más de dos semanas más tarde, entre los escombros y atravesada por un barrote de hierro. Lo convulso de los tiempos que siguieron no permitió restaurar las piezas hasta 1942 y, cuando se hizo, se hizo mal: sin documentación, sin un criterio unitario, sin diferenciar lo antiguo de lo nuevo y, sobre todo, con prisas: habrían de estar a punto para la visita a la capital de Francisco Franco. Así, en el camafeo de la Cruz de los Ángeles se colocaron menos piezas de las debidas; el medallón de la Cruz de la Victoria quedó torcido y en la Caja de las Ágatas las partes perdidas se sustituyeron con piedras modernas, sin distinción con las originales. Y aún quedaban alguna que otra cosa mala –muy mala– por llegar.
Fue también con nocturnidad. En el tránsito del 9 al 10 de agosto de 1977. Esa madrugada, la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas, tres de las piezas más paradigmáticas de la Catedral, que las custodia, respectivamente, desde los años 808, 908 y 910, fueron hechas pedazos con la intención de extraer de ellas los metales y piedras preciosas que las cubrían. Descubrieron el atentado, a primera hora de la mañana, la limpiadora, Julia Artidiella, Ignacio Laizola y Benito Gallego, hoy deán. El ladrón, quien posteriormente se revelaría como José Domínguez Saavedra, un pontevedrés de 19 años, había accedido sin muchos problemas a una Cámara Santa apenas protegida contra los allanamientos. El oro, y las joyas (no todas) acabaron apareciendo diez días después, a la altura de Orense.
La Princesa de Asturias con la Reina Letizia en su primera visita a la Catedral, ante la Cruz de la Victoria / Casa del Rey
El arzobispo, Jesús Sanz Montes, en la última exposición de la reliquia, en San Mateo / Pablo Lorenzana
Popularísimo es el dicho: «Quien visita a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y no al señor» / Pablo Lorenzana
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Pero los daños habían sido ya irreparables y, sobre todo, muy costosos de subsanar. La recuperación de las cruces se contó por millones (de las antiguas pesetas, eso sí) y el jovencísimo ladrón –aunque la defensa aseguró que habían sido tres los implicados– fue condenado a dieciocho años de cárcel, de los que cumplió diez. Para la historia quedará la portada publicada por EL COMERCIO el jueves 11 de agosto. «Brutal insulto a Asturias», titulamos aquel día. «El asalto a la Cámara Santa, y la destrucción de sus más valiosas joyas, plantea un caso de negligencia manifiesta». Eso, empero, quedó sin juzgar.
Hemos ido viendo, a lo largo de las líneas anteriores, cuánto peso soportan los muros de la hoy festejada catedral de San Salvador, nacida de iniciativa regia. Así las cosas, no es extraño que al socaire de los mismos hayan obtenido reposo no pocos reyes, cuando las dinastías se sucedían en el entorno astur leonés, y visitas de los que, desde la salida de la gobernanza de Asturias, se acercaron a la capital del Rey Casto. Él también reposa en una de las urnas del Panteón de Reyes de la Catedral, desde su muerte en el 910; abundantes reinas y también el último monarca de Asturias bajo subordinación de León: Fruela II, el Rey Leproso. Más legendaria es la presencia en el templo de Fruela I, impulsor, como se ha dicho, de la primera basílica de San Salvador, y de su esposa Munia. Ambos estaban sepultados en el templo destruido por los moros, y las versiones sobre el destino de sus cuerpos, como todo en su tiempo, fluctúan.
Cariz aparte han tomado, sobremanera desde el inicio de los viajes de estado inaugurados por la reina Isabel II en Asturias, en el verano de 1858, las crónicas contemporáneas alrededor de las que es visita imprescindible para los miembros de la realeza que sobrepasen los Picos de Europa. La última, en 2019, tuvo como protagonista a la Princesa Leonor, que visitó las reliquias de la Cámara Santa; en aquella primera ocasión, su pentabuela acudió a postrarse ante el altar. Allí, acompañada por su esposo Francisco de Asís, oró «fervorosamente, dando gracias al Ser Supremo por el feliz viaje que les había concedido y por el grandioso espectáculo que les concediera desde su salida de la corte: un pueblo inmenso, entusiasta por sus reyes y dispuesto a dar por ellos sus haciendas y sus vidas». Ya lo ven: como todo en el transcurso de los tiempos, hay cosas que cambian mucho… y otras que no tanto.
Guerras, atentados, atracos, días de celebración, las fiestas de San Mateo tal y como han variado, y no solo por los chiringuitos, a lo largo de los tiempos… A lo largo de sus más de mil doscientos años de historia, la catedral de San Salvador, por ver, lo ha presenciado casi todo. También los primeros coqueteos de la fotografía en Asturias, ya que una de las primeras imágenes de las que se tengan constancia por estos lares –el daguerrotipo de Charles Clifford en 1858, coincidente con aquella visita de la reina Isabel propiciada por Leopoldo O'Donnell y sus ansias de acercar la monarquía al pueblo– lo es, también, la primera del templo que ahora está de aniversario o, mejor dicho, de milenario. En ella rezó –era el año 1989– un Papa, Juan Pablo II, y frente a su fachada se amotinaron los ovetenses, en 1808, contra el francés.
También, en una gesta aún poco narrada por los libros de Historia, ya que esta transita entre ella y el pasado presente, vio cómo un grupo de trabajadores de la Duro Felguera, de entre 38 y 52 años se encerraban en su interior durante un año menos dos meses. El objetivo, la recolocación de decenas de despedidos. Era el 23 de diciembre del año 1996, y no salieron hasta noviembre del 97, amparados por la comprensión del que fuera arzobispo de Oviedo durante más de treinta años, Gabino Díaz Merchán. Lo lograron. Aquella ya vieja historia, hoy entrelazada con todas las otras que han ido tejiendo el pasado de la catedral de San Salvador, es muestra palpable de que esta, impulsada por reyes y sostenida por clérigos, es ya mucho más que un centro de oración, de exhibición del poder o una sublime demostración cultural.
«Libertá para los que toman algo», rezó, durante años, una prosaica (pero no por ello menos popular) pintada en sus muros, cuando estos aún estaban tiznados por la polución. Clamaba, a su modo, por demostrar una realidad palpable: que mil doscientos años después de echar a andar, el pueblo es también la Catedral. Y la Catedral, el pueblo.
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