Hay días tristes, y otros en que una queda desconcertada por el palo recibido. Por lo injusto de que una persona joven, 48 años es ser muy joven para morir, se vaya y nos deje así, bloqueados y profundamente tristes a los que sinceramente le apreciábamos. El domingo 24 de septiembre ha sido un día muy triste en mi vida, porque aunque yo soy profesora de finanzas y él era periodista y director del decano de la prensa asturiana en los últimos siete años, coincidimos en varias ocasiones y en todas ellas me encontré a una persona que creía en mí, que me valoraba y me apoyaba. Y eso es lo mejor que te puede dar alguien, que te demuestra que siente respeto por ti. A su vez, te hace respetarle en grado máximo.

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Me dedico a la investigación académica y a la docencia, y no siempre he estado segura de hacerlo bien en mis contribuciones, en distintos ámbitos, para EL COMERCIO que él me encargó. Siempre tuvo palabras de apoyo y confianza. Me animó a respetar mi estilo de escritura, que yo tachaba de excesivamente personal («no sé escribir de otra manera, Marcelino») y afirmaba rotundamente: «Lo importante es tener estilo. Y una firma que se lea». Eso me hacía sentir una mujer muy afortunada y valorada. En esas ocasiones en que coincidí con él, yo me preguntaba cómo le daba tiempo a hacer todo lo que hacía. Eso lo sabrán mejor quienes día a día trabajaban con él, y conocen lo que ha hecho para mejorar EL COMERCIO durante su etapa como director. Porque lo cierto es que así ha sido.

Descansa en paz, Marcelino. Mientras estuviste aquí no me has dado más que cosas buenas y ahora me has hecho una gran faena. A ver si coincidimos de nuevo algún día. Con tu gran calidad humana, y como se dice de las buenas personas, tú seguro que irás al cielo en zapatillas.

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