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La historia, ese cotilleo con ínfulas que a algunos nos llena la nevera, nos demuestra que la indignación frente a las supuestas ofensas a las ... creencias particulares, es inversamente proporcional al amor al prójimo que debería impregnar cualquier ideal trascendente. Resulta sarcástico que un grupo de juristas fundamentalistas, autodenominados cristianos, se escandalice más por una pantomima en la que se utiliza una imagen simbólica, aunque sea pequeñina y galana, que por el sufrimiento y muerte de unos niños cuyo único delito es escapar del hambre y la violencia. Talmente parece que este raquítico y ruidoso grupúsculo de abogados cretinos defiende que la fe es como un túnel de lavado para la moral, en lugar de una estructura ética para convivir con aquellos que comparten con nosotros su paso por este valle de lágrimas. Los valores, cuando no se ejercen ni se materializan en acciones concretas, se convierten en un una sintonía de golpes de pecho, un adorno sin propósito o un decorado para crédulos deslumbrados por las apariencias.
Afirman estos fariseos del guante blanco y el alma negra que los niños tienen que estar con sus padres, ignorando que cuando el mar es preferible al hogar algo debe de faltar en esa familia, que prefiere asumir el riesgo de muerte a esperarla tranquilamente en unas casas en las que falta de todo. Como contrapunto a este retrato infame, brilla en el horizonte el ejemplo de unos compatriotas nuestros que a pesar de ocupar un territorio insular, minúsculo y ultra-periférico, nos están dando a todos un ejemplo de humanidad y ciudadanía. En el confín occidental de Canarias, en la más pequeña de sus islas, poco más de doce mil herreños aguantan estoicamente la reiterada ausencia de atención médica ya que sus pocos efectivos se tienen que dedicar día tras día a atender a los náufragos que se topan con ese reducto de humanidad que habita esta minúscula lágrima de lava volcánica, salvándolos de perecer devorados por las olas, el hambre o la sed, después de haber sido esquilmados por las mafias que se lucran con la desgracia ajena.
Por si fueran pocas las calamidades, el relato humano narrado en este periódico por Redouan, uno de estos supervivientes que hoy es felizmente nuestro vecino, ha provocado tal espiral de odio y mala baba que le ha obligado a cerrar sus redes sociales como si la necesidad y el agradecimiento por la ayuda recibida fueran un delito. Podemos dedicar días a las más diversas causas, salvar a la nutria o al lobo, el papel todo lo soporta, pero el ejemplo que merecería un Premio Princesa es el de los vecinos de El Hierro, que nos recuerdan cada día que otro mundo es posible.
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