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A la edad y estado civil del que suscribe, no son pocas las voces, bocinas y sirenas que saltan, tocando la alarma que nos recuerda ... que vamos a quedar para vestir santos. Corresponde a los encefalogramas planos no advertir las realidades poliédricas, las milhojas espolvoreadas de azúcar glas que conforman el expediente de cualquier persona que haya persistido en la soltería a edad madura. No es que moleste la persistencia de los que exigen una definición que llene su vacío, o un albarán que permita colocarte en la estantería más alejada del suelo, no vaya ser que esa mercancía sin etiquetar logre borrar, por proximidad infusa, los códigos de barras de los otros. El compromiso es independiente de las palabras, no firmamos ningún documento que certifique que ayudaremos a tal o cual amigo a hacer la mudanza o que orientaremos honestamente a todo viajero que nos pregunte. Contra lo que decía Ortega, a veces las circunstancias se hacen más fuertes que el yo, y desaconsejan seguir los caminos más trillados de quienes se asumen maduros.
Yo también me prendí en la ensoñación de que existe una cerradura para cada llave aunque nunca esperé que la luz del sol me alcanzara, pegado a la pared y protegido por un alero. Somos como planetoides o diagramas de Venn, pululando por un espacio vacío hasta que nos topamos con un campo gravitatorio que nos atrae. Podemos estrellarnos como un meteorito, creando un surco de fuego que marca nuestra deriva hacia el suelo, o descubrir en ese cuerpo extraño que nos sedujo algo más allá de un ardiente suelo pélvico o la belleza y sinuosidad de colinas y hondonadas. No somos un decorado para la vida de los otros. Seres previsibles, eternamente apurados para coger ese tren que pasa solo una vez, cuando en realidad discurre por un circuito cerrado de estaciones repetidas. Conviviendo con la mujer empoderada, solitaria por elección y escoltada por can, circulan otras doñas que cortejan por televisión, rechazando al pretendiente Dj porque a ella le gustan los hombres con un trabajo más estable. Entre nosotros conviven el Neolítico, la mutua alienación de los sexos, el trashumanismo o la inteligencia artificial y sin embargo te siguen exigiendo que te desprendas de esa rama, que es tu único asidero y te precipites, confiado, al duro suelo, donde esperan los dulces confites y los aromas sugestivos de la madurez. Mientras una de las líderes de moda suelta lastre electoral, harta de engullir ciertos pecados capitales que solo ignoran los acérrimos, se escucha ruido de sables entre los barones, ese conjunto de notables que nunca llegarán al sobresaliente. En la madurez se deja de crecer y quién deja de crecer deja de vivir.
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