Europa sigue en su lecho termal de debates y redistribuciones, midiendo la temperatura del clima… mientras ignora la presión geopolítica, que sube como deuda periférica. ... Recluida en su burbuja de inflación estructural y consenso intergubernamental, asiste a la remilitarización del Este como quien observa la curva de Phillips: con interés académico, pero sin intención de actuar.
Se enfrenta a una elección que quema más que el gas ruso: sostener su sueño de modernidad en transformación digital y verde o desviar ese caudal hacia los hangares de la defensa, donde el acero cuesta más que el silicio y no genera likes ni crecimiento sostenible. La UE planeaba conquistar el siglo XXI con turbinas y chips. Pero ahora la Historia llama a la puerta, y no trae I+D+i sino tierras raras y bayonetas.
La montaña mágica, de Thomas Mann, se vuelve profética: un continente cómodo, enfermo de reflexión, atrapado entre discursos que se ignoran y decisiones que no llegan. Hoy, Europa sigue encamada: se mide el pulso democrático, se ajusta la retórica fiscal, pero no baja del sanatorio normativo. Mientras tanto, en las estepas, el oso ruso se despereza con hambre de territorio… y desprecio eurpeo.
Bruselas aún cree que basta con emitir comunicados. Pero no hay tipo de interés moral del BCE que detenga una invasión. La geopolítica no es una Agenda 2030: es una curva de riesgo, y está subiendo.
El dilema es brutal: ¿rearmarse y traicionar el relato utópico, o mantener la narrativa mientras se sacrifica la soberanía? Porque no hay déficit y deuda que alcancen si el enemigo decide el precio de la paz.
Europa no puede financiar el porvenir ignorando el presente. Y si no baja de su montaña mágica, pagará la factura en rublos.
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