No matar, no mentir, no robar. Cualquier sistema moral que se precie descansa en esos principios; los diez mandamientos, el código de Hammurabi, la declaración ... universal de los derechos humanos... Todos pretenden la misma cosa: que dejemos de hacernos mal los unos a los otros. O mejor dicho, que dejemos a terceras personas hacerlo en nuestro nombre.
Mucho de lo que consideramos avances en la civilización consistieron básicamente en eso, en delegar el monopolio de la violencia a otros: a los soldados del Rey, a los funcionarios de la Administración, a los representantes de la República... Ese es el pacto: dejar que sean ellos los únicos que puedan matar, mentir o robar en nombre de un bien superior. No se prohíben la falsedad, la apropiación o la venganza -simplemente no se permiten al común-, y la expropiación, la privación de libertad o el acceso a la intimidad -y el indulto de todo ello- pasa a ser una competencia exclusiva de unos pocos: de nuestros administradores.
No lo critico. Y ni siquiera me parece mal. Pero no me engaño: así es como nuestros representantes públicos obtuvieron el monopolio de la fuerza, de la fiscalización, o de la mentira. Todos nosotros estamos obligados a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Pero ellos no, ellos pueden engañar, mentir o espiar y lo llaman secretos de estado, seguridad nacional o lo que sea. Y con el robo pasa exactamente igual: lo que a los particulares jamás se nos permitiría, se les aplaude a los que lo perpetran en nombre de lo público. Para cualquiera de nosotros, expropiar, confiscar o incluso ofrecer beneficios en base a un sistema piramidal no está permitido. No es tolerable. Pero si lo hace el Estado está perfecto. Y lo hace. El sistema público de pensiones no es otra cosa que eso: una estafa piramidal, oficial, respetable y pasada a limpio, en la que los dividendos de los socios antiguos se pagan con las cuotas de los recién incorporados.
Pero insisto, no lo critico, ni me escandalizo. De hecho, es un buen pacto, es un avance y es civilizado. Siempre -por supuesto- que resulte útil y que funcione. Utilidad, eso es lo único que pedimos. Y menos grandilocuencia justiciera. Porque, hablemos claro: no existe un bien superior a nosotros, un fin justificativo, un altar donde inmolarnos llamado patria, nación o pueblo. No. La única patria somos nosotros mismos y matar, mentir o robar (llámenlo recaudar impuestos) no es algo que debamos mitificar, son medios, no fines; y aquí no debería entrar la mitología.
Así que cada vez que les pretendan vender una reforma fiscal -la enésima- con la cantinela de que los ricos deben pagar más para que los pobres reciban lo suyo, desconfíen. En primer lugar, porque eso es exactamente lo que lleva pasando toda la vida. En segundo lugar, porque se lo están vendiendo los mismos que lo llevan haciendo décadas. En tercer lugar, porque siempre hablan de los otros: de otras autonomías, otras rentas y otros códigos postales. Y lo que hace civilizada a una sociedad no es cambiar patrimonio por renta o por sucesiones: es trabajar para que no haya fraude fiscal, no haya evasión y no haya deslocalización. Siete mil millones de tributos no pagados en el Reino, en eso deberíamos centrarnos; pero, claro, eso cuesta. Y en cuarto lugar porque, debido a la inflación -o por culpa de ella-, estamos recaudando bastante más de lo previsto. Por no hablar de lo no invertido.
Así que, señores llevadores: más eficacia y menos jugar a Robin Hood.
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.