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Haber tenido una infancia rural me hizo temer sólo relativamente a insectos y animales. Cierto que por ello tuve que soportar picaduras de tábanos que ... me dejaban brazos y piernas hechos una pena, pero en general creo que me desenvolví con cierta soltura en la complicada convivencia, que casi siempre consistía en quedarte quieta y no enfadar a las avispas, en no pisar a ningún bicho y en tratar con indiferencia, las más de las veces, a la mayoría de ellos.
Pero ahora, que han pasado decenas de años, las cosas han cambiado, o yo he cambiado, o todo se ha convertido en amenaza, principalmente lo que tiene que ver con los animalitos, esos que nadie tendría como mascota, molestos y fastidiosos de siempre, pero particularmente peligrosos en los últimos tiempos.
Si nos ponemos a hacer recuento de todo lo que parece acecharnos el susto está garantizado. Tomen nota: garrapatas que transmiten enfermedades mortales, velutinas extendiendo su asiático dominio por nuestros paisajes, gusanos de la pradera, avispones, piojos que nunca se fueron, pero ahora vuelven con fuerzas renovadas; chinches que en forma de plaga aterran con su leyenda de miserias antiguas, mosquitos tigre, amebas comecerebros, pulgas, cucarachas, saltamontes y, más creciditas ya, las ratas, y los topillos, medusas portuguesas que cierran playas, y las gaviotas y hasta los cuervos que, a la manera de la película de Hitchcock, llevaron el terror a un pueblo de Pravia…
Sí, es posible que todo forme parte del mismo plan que consiste en multiplicar hasta el infinito las noticias de los peligros que nos acechan: gente muerta de miedo es mucho más fácil de controlar, como todo el mundo sabe. Atemorizar es restar capacidad de decisión, de respuesta. Atemorizar es condenar a que nos echemos en los brazos de cualquiera que nos prometa salvaciones al precio que sea. Por si las amenazas de los grandes males (guerras con altas posibilidades de iniciar una escalada nuclear, cambios climáticos generadores de catástrofes naturales, virus pandémicos, inflaciones y crisis) fueran poco para tenernos con el alma en vilo, viene muy bien ese inventario de temores más cercanos que no siempre matan, pero pueden hacerlo, que nos mantienen entretenidos vigilando las costuras de los colchones, mirando de reojo a quien se sienta a nuestro lado en el autobús, escudriñando, sospechando de cada roncha, de cada picotazo, comiendo el bocadillo en la playa o un pincho en la terraza disputándoselo a las gaviotas. En un sinvivir.
Pero ¿y si no? ¿Y si resultara que la verdadera conjura planetaria es la alianza que han hecho todos los bichos para, como sea, librarse de nosotros? ¿Y si resulta que supervivientes del DDT y todos los insecticidas, hartos de nuestro desprecio y hasta de nuestros manotazos sin contemplaciones ante sus zumbidos nocturnos en nuestra oreja, se estuvieran organizando, desde los más diminutos a los mayores, dispuestos a acabar con cosechas, con las abejas, con los animales de los que nos alimentamos, y con un rugido de marabunta se adueñaran del mundo y acabaran con nosotros?
Que digo yo que igual algo de eso también nos lo merecemos.
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