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No necesitamos ninguna oficialidad. ¿Para qué? No sirve para nada, nadie la quiere y, además, nunca la tuvimos. Nuestras instituciones, por ejemplo, no fueron oficiales ... hasta hace cuarenta años. Igual que nuestra bandera, nuestro himno o nuestro propio nombre que no tenían ese reconocimiento, aunque existieran desde siempre. El mismo nombre de 'Principáu d'Asturies' no fue oficial hasta la preautonomía. Antes, de toda la vida, incluso antes de Franco, éramos la 'provincia de Oviedo', y por eso nuestras matrículas llevaban una O y nuestro aeropuerto sigue llevando una OVD. ¿Quiere eso decir que llamarnos asturianos era un invento artificial? Claro que no, exactamente igual que nuestra lengua, que no es ningún invento y existe desde siempre, aunque no podamos usarla en dependencias oficiales.
Y es que nada es inocente. Nos niegan país, lengua y bandera con los mismos argumentos de siempre: que si no son necesarios, están extinguidos, imponen obligaciones, implican costes o nos llevan al separatismo. Y precisamente porque no les hacemos caso, y los seguimos usando, nos los seguirán prohibiendo, ninguneando, folclorizando, frivolizando y silenciando; y además insistiendo en que es por nuestro bien. Pero no; que no les engañen: es justo al revés. No somos (oficialmente) una comunidad histórica precisamente por eso: por nuestro empeño en serlo y por el mal ejemplo que podríamos dar a los demás. Y por eso les molesta tanto que podamos usar (oficialmente) nuestra lengua en nuestras propias instituciones: porque así pueden seguir alimentando el miedo a no sé qué imposición carísima, corrupta y muy peligrosa; y por eso cuando, armados de paciencia, insistimos en corregir (oficialmente) esta anomalía histórica, económica y jurídica todavía hay quien nos acusa de antisistema y nos pregunta ¿para qué?
Por supuesto que podríamos vivir sin oficialidad. Podríamos, para empezar, no tener ninguna bandera oficial y todo serían ventajas: no habría imposiciones, ni obligaciones y cada cual podría usar la que más le gustara. Calculen cuánto nos ahorraríamos en ayuntamientos, consejerías, delegaciones, juzgados, comisarías, cuarteles, estancos, loterías, conservatorios y no sé cuantísimos sitios más en los que –por culpa de la oficialidad– deben lucir varias enseñas (local, autonómica, estatal y comunitaria) y un montón de escarapelas, estandartes y mástiles singulares –como la ordinariez esa de la Plaza la Escandalera–, por no hablar de los futuros puntos de homenaje permanente que va a proponer quien yo me sé.
Nada de eso sería necesario sin la oficialidad –o la cooficialidad– de nuestras banderas; o nuestros himnos, nombres, lenguas o instituciones. Hablando de esto último, imaginen la cantidad de líos que nos ahorraríamos sin, por ejemplo, ayuntamientos oficiales: todas las decisiones públicas las tomaran autoridades designadas y las ejecutaran funcionarios competentes. Y punto. Todo sería muy fácil: nada de elecciones, campañas, plenos, liberaciones, incompatibilidades ni politiquerías varias que solo traen dolores de cabeza. En nuestros 78 concejos, nos podríamos ahorrar casi mil políticos, con sus dietas y todo. ¿Y cuánto nos ahorraríamos sin diputaciones provinciales? Imagínenlo: de hecho, en nuestro pequeño y verde país no la tenemos. ¿Para qué las queremos, entonces? ¿Y desde cuándo? ¿Desde cuándo necesitamos nuestra Xunta Xeneral con sus cuarenta y cinco diputados y todos sus asesores? ¿Y las Cortes Generales? ¿Y el Parlamento Europeo?
Dejémonos de tonterías: nuestro problema no es la oficialidad; nuestras instituciones, bandera, himno y nombre son oficiales desde hace muchísimo tiempo sin ningún problema. Lo único problemático –y disfuncional– es llevar cuarenta años incumpliendo nuestras propias leyes, en espíritu y letra. Y por eso tenemos que corregir ya esta anomalía y declarar nuestras lenguas oficiales. ¿Y para qué? Pues para empezar a ser normales. Que no es poca cosa.
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