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Yo no lo soy. No soy uno de esos nacionalistas, aunque, la verdad, razones no me faltarían para ello. No creo que existan pueblos más ... elegidos que otros, ni razas superiores, ni lenguas, culturas o civilizaciones más mejores que las demás. Ni siquiera las mías. Aunque, eso sí: quiero que las mías lo sigan siendo muchos años más. Por lo menos, unas mil primaveras.
En esto de la identidad, no conviene fiarse mucho de lo que nosotros mismos creemos o de lo que los demás dicen de nosotros. Pero sí es interesante conocer lo que nosotros decimos de los demás. Y si me lo permiten, les voy a poner un ejemplo de esos que nunca defrauda; Don Gustavo Bueno: «Una Constitución que ha abolido la pena de muerte y que no tiene posibilidad de fusilar a Ibarretxe es muy difícil que se mantenga!. ¿Lo vieron? Así se identifica a un nacionalista con todas las letras; de los que ponen su patria por encima de todo: «La unidad de España es el problema más grande que tiene planteado el país». Tan arriba ponen la nacionalidad que, en caso de no profesarse, la consideran razón suficiente para diagnosticar enfermedad mental: «Alguien que viva en Asturias y no se sienta español está enajenado, está loco».
Don Gustavo no es el único que piensa en esto como una enfermedad. Sigo con las citas; según Inés Arrimadas: «El nacionalismo —nunca el suyo, insisto— se contagia más que la gripe». Jean Claude Juncker, político europeo, también cree que «el nacionalismo es veneno». François Hollande lo considera «causa de todas las guerras». Y en esa línea, Pérez-Reverte –quien lo diría– rebaja un poco el tono para calificar al nacionalismo como «el peor enemigo de la modernidad y del futuro». Algo parecido a lo que sostienen Mario Vargas Llosa: «El nacionalismo (…) es una de las peores pestes que ha sufrido a lo largo de su historia la humanidad»; Jordi Canal: «El nacionalismo es un movimiento mentiroso y tramposo por naturaleza»; Jose Antonio Zarzalejos: «Todos los nacionalismos (comparten) su insaciabilidad y la torticera irrenunciabilidad en sus propósitos»; Emilio Lledó: «El nacionalismo es una máquina de cultivar ignorancia»; o Iván Espinosa de los Monteros: «El nacionalismo es incompatible con la democracia».
¿Y saben lo más sorprendente de todo esto? Pues que todas, insisto, todas estas citas –a cual más tremendista– pertenecen a evidentes nacionalistas; nacionalistas de los buenos, claro: de los de la única nación verdadera que sostienen que todos los ingleses son ingleses, todos los franceses, franceses y los españoles somos todos tontos porque creemos que llevar una bandera –salvo en la Eurocopa y poco más– es de muy fachas. Y ya sé que muchos de ellos –y de ustedes– no se reconocen como nacionalistas. Y no les gusta. O, como dice Fernando García de Cortazar, «hay algo que lamentablemente diferencia a los ciudadanos españoles de los de otros países: la debilidad del sentimiento nacional».
Y es que esa es mi tesis: que el nacionalista siempre es el otro. O, como decía Pablo Casado; ya saben, el de los hórreos y frixuelos: «Nosotros no colonizábamos, lo que hacíamos era tener una España más grande».
Llámenlo como quieran. Hagan como Luis del Val: «Un patriota quiere que su país sea mejor; un nacionalista cree que ya lo es». O como José María Carrascal: «El patriotismo es amor, el nacionalismo, odio». O como el más retorcido de todos, Pedro Sánchez: «Nosotros tenemos un concepto no nacionalista del término nación». Pero, por favor, respeten y, como decía Xovellanos, no permitan que nadie acabe siendo «un forastero en nuestro propio país».
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