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Estamos en guerra. Y sé que nadie quiere hablar de ello, pero no nos engañemos: en Europa llevamos dos años en guerra. Contra Rusia, o ... contra Putin; o contra el imperialismo moscovita, si lo prefieren. Llámenlo como quieran, porque el enemigo no es el pueblo ucraniano, ni el americano, ni siquiera la OTAN: es esa manía tan nuestra de no consentir que los tiranos se salgan con la suya.
Las dos guerras mundiales –que, en realidad, junto con la española y alguna más, fueron una sola guerra civil europea– se libraron, sin piedad, en las llanuras de Flandes, Alsacia y Lorena, porque allí estaba el carbón que todos querían. Después se hicieron por otras razones –¿el petróleo?– y los escenarios ya fueron distintas: Oriente Próximo, el sudeste asiático, África... Y ahora toca el gas. ¿Y dónde están los gasoductos que tanto inquietan a los imperialismos? ¿Magreb? ¿Ucrania?
En América ya tienen el suyo –el gas que extraen del 'fracking', digo– y no van a consentir que los rusos les ganen esta partida. Mejor tener los combates en la frontera este de Europa –Ucrania– que en su propia casa; mejor en la frontera sur de Europa –África y Oriente Próximo– que en su propia casa; y mejor en la frontera oeste del pacífico –el mar de China– que en su propia casa. Tranquilos, que Detroit, Chicago o Massachusetts seguirán a salvo.
Pero nosotros no. Nosotros, los europeos, somos los que más sufrimos las consecuencias de todo esto: energía más cara y economía más lenta. Y por eso mismo no podemos seguir comportándonos como adolescentes asustados. No somos el Flandes del siglo veintiuno. No nos corresponde seguir acríticamente los dictados de Washington. No nos basta con seguir emitiendo más y más directivas, reglamentos, decisiones, recomendaciones y dictámenes. Nuestra unión de fronteras estuvo bien, nuestra unión monetaria estuvo bien, y ahora nos falta algo más: es cuestión de fuerza o debilidad, y si no somos fuertes los egoísmos estatales, incluido el español, acabarán arruinando Europa.
El globalismo no es la solución, la deslocalización tampoco, y volver a los estados fragmentados y cerrados, mucho menos. Y por eso no vale decir que estamos a favor de Europa y en contra de la Unión. O a favor del libre comercio y en contra de los burócratas. O a favor de las fronteras abiertas y en contra de Bruselas. Porque lo uno sin lo otro no funciona y la premisa de que con el crecimiento económico llegaría la liberalización política, tampoco. China es más nacionalista que nunca. Y más rica y más poderosa. Y ya hablaremos cuando empiecen a invadir Taiwán. Estados Unidos es más proteccionista y más arancelista que nunca. Y Rusia es más imperialista que nunca y parece que disfruta abriendo y cerrando la llave del gas a su capricho. ¿Y nosotros qué hacemos en Europa? Liarnos.
Europa debe tener una sola voz. Y para eso necesita un ejército propio. Acabamos de celebrar el día de las Fuerzas Armadas españolas. ¿Y el de las europeas? Acabamos de celebrar el día de la bandera asturiana. ¿Y por qué entonces no la izamos en el mástil de la Escandalera?
En esta Unión, los países pequeños (y verdes) como el nuestro tienen mucho que decir. También los medianos, como España o Portugal. Y los grandes, como Alemania. Todos debemos aportar algo a ese gran relato común. Y, como muy bien dijo Macron: «Ninguna comunidad puede arraigar un sentido de pertenencia sin una frontera que defender».
Pues la nuestra está en Ucrania.Y tenemos unas instituciones democráticas que defender. Piénsenlo este nueve de junio.
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