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Nos peleamos siempre por lo mismo: por la forma de contar las cosas, lo del relato y eso. No lo podemos evitar: somos animales de ... manada, necesitamos formar parte de algo más grande, saber quienes son los malos –y los buenos– y, por supuesto, tener razón. Evolucionamos para sobrevivir, identificar el peligro y defendernos. El problema es que, demasiadas veces, nos perdemos, nos peleamos y nos obsesionamos con relatos infantiles que, más que contradictorios, son suplementarios.
Para la izquierda, por ejemplo –incluida la asturiana–, cualquier sistema económico es, por definición, opresor y genera desigualdad. Por eso, desde el inicio de los tiempos hay ricos y pobres, opresores y oprimidos, buenos y malos. Todo es muy injusto y lo que llamamos ahora capitalismo no es sino otra vuelta de tuerca más en tanto sinsentido. Con la revolución industrial, con sus fábricas y sus minas, los ricos y poderosos empezaron a disponer de más y mejor tecnología para explotar a sus trabajadores: así los despersonalizaron, los convirtieron en máquinas y se quedaron con todo el beneficio gracias a la plusvalía. Pero, en un giro dramático, los trabajadores tomaron conciencia y se organizaron y las cosas empezaron a mejorar: encumbraron a políticos valientes (se entiende que de izquierdas) que les supieron representar defendiendo sus intereses, derechos y libertades. Aunque la lucha continúa: los opresores y privilegiados de siempre –ahora con la etiqueta de neoliberales– están lanzando su penúltima ofensiva, provocando nuevas y peores desigualdades que nos pueden conducir al desastre ecológico, al triunfo de la ultraderecha y al negacionismo total. Si no lo evitamos, claro.
Enfrente, en la otra esquina del cuadrilátero ideológico, según el relato de la derecha –incluida la asturiana–, el capitalismo sólo genera riqueza y libertad. Fue precisamente la revolución industrial la que permitió a comerciantes, artesanos y campesinos pobres liberarse del dominio de sus señores: tiranos iletrados y explotadores que no entendían el progreso. Al establecerse los derechos de propiedad –entre ellas la intelectual– y permitir el libre comercio, cualquier ciudadano pudo procurarse su propio enriquecimiento y contribuir así al de la sociedad. Todas estas mejoras materiales trajeron consigo avances científicos y artísticos y mayores dosis de libertad. Pero los ataques continúan: para los dogmáticos de siempre, eternos enemigos del comercio y de los sistemas democráticos, todas esas verdades evidentes no son tales y les resulta intolerable que unos reciban más que otros de acuerdo a sus méritos y logros; les parece ofensiva la mera existencia de la riqueza y creen que las leyes deberían redistribuirlo todo, aunque lo único a repartir sea la pobreza. Si no lo evitamos, claro.
¿Cuál de los dos relatos es el verdadero? Pues probablemente los dos. O ninguno. La política, la economía, la cultura y la sociedad son realidades muy complejas. Y simplificarlas en un relato plano genera certezas, cierto, pero también construye enemigos. En nuestro pequeño y verde país lo sabemos bien, y ahora más que nunca deberíamos superar todas estas fabulaciones de buenos y malos. El capitalismo genera riqueza, claro, y también desigualdad; por eso igualar sin generar es de tontos. Y generar sin igualar es de malas personas, y nada práctico. ¿Por qué no empezamos, por ejemplo, por igualar impuestos –para atraer y retener inversiones–, y así convencer a empresarios y profesionales de que esta es su casa? ¿Por qué no perseguimos, de verdad, el fraude? ¿Por qué no consolidamos así el bienestar?
La verdad nunca está de un solo lado y el secreto del buen gobierno está en seccionar el relato con la precisión de un cirujano: sin miedo a la sangre, bisturí afilado y mano firme.
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