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Con carácter general, los regímenes políticos se clasifican en totalitarios, autoritarios y democráticos. También con carácter general, las formas de gobierno abarcan las siguientes modalidades: ... monarquía, tiranía, teocracia, aristocracia, dictadura y democracia.
Si repasáramos someramente las característica de cada uno de estos sistemas, resultaría harto complicado subsumir el nuestro en alguna de estas variantes. Lo ideal y deseable sería no albergar duda alguna y resolver el dilema proclamando resueltamente que somos un régimen democrático y que, como proclama la Constitución, «la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria». Pero esa es mera palabrería, la realidad es más compleja y menos prometedora.
En la España sanchista no existe la división de poderes, formalmente sí, pero en la práctica – y lo vemos cada día- solo existe el poder absoluto del Presidente. De ahí que hallamos optado por conceptuar nuestro régimen como 'Pedrocracia', al no tener parangón con el universo conocido.
Hay ejemplos que evidencian bien a las claras las anomalías de la Pedrocracia.
Pensemos, por ejemplo, en el presupuesto. Cada Legislatura es un mundo que se cierra sobre sí mismo en el sentido de que todos aquellos asuntos en trámite que no hubieran concluido, caducan con la Legislatura. Acertadamente ha entendido el legislador que cada ciclo tiene su sensibilidad, sus mayorías y no se puede cargar a la Legislatura siguiente asuntos heredados de la anterior. Los presupuestos no caducan, son leyes, pero sí tienen carácter anual, de ahí que el Gobierno deba presentarlos ante el Congreso de los Diputados tres meses antes de la expiración de los del año anterior. La Constitución configura esta exigencia como una obligación, no como una opción.
Los presupuestos, además de representar en números el programa político del Gobierno, se convierten en una suerte de termómetro de los apoyos de que goza, son una especie de cuestión de confianza anual, de tal manera que en un régimen democrático, el Gobierno que no logra aprobar sus presupuestos es un Gobierno sin mayoría, un Gobierno que no tiene nada que gobernar o en palabras del fariseo Sánchez, un coche sin gasolina.
El mismo Sánchez –nos hemos hartado de ver las secuencias en los medios de comunicación– cuando Rajoy no había conseguido aprobar sus presupuestos, le instaba a convocar elecciones.
Sánchez vive con unos elaborados en el 2022, aprobados para el 2023 y prorrogados desde entonces. Es decir, con unos presupuestos aprobados en la anterior Legislatura, que si se aplicara la regla prevista reglamentariamente para otros asuntos, estarían caducados. ¿Se puede sobrevivir de espaldas a la Constitución?
¿Se puede seguir gobernando vulnerando la legalidad? ¿Se está prevaricando? ¿Está la Pedrocracia en rebeldía constitucional?
Con este panorama, el de los cubiletes (trilero) como lo llaman algunos comentaristas, critica el pacto de Mazón con Vox para sacar adelante los presupuestos de la Comunidad Valenciana, cuando él si tiene alguna posibilidad de aprobarlos es pactando con delincuentes, secesionistas, herederos de ETA, nacionalistas y personajes de dudosa ralea.
Un Gobierno sin presupuestos y sin apoyos parlamentarios es un Gobierno muerto. «O se somete a las Cortes o se somete a las urnas».
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