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La nómina de artistas que acaban mal llega, en ocasiones, a sorprender. Cesare Pavese, tras toda una vida elucubrando sobre el suicidio, se traga 16 ... somníferos en un hotel de Turín y pasa a la historia con 41 años. Virginia Woolf se hunde en un río dejando una nota conmovedora a su marido: «Si alguien me hubiera podido salvar, hubieras sido tú. Lo he perdido todo, menos la certeza de tu bondad». El gran Yukio Mishima organizó su propia carnicería, con seppuku y decapitación incluida: es el mismo tipo que escribe esa virguería que es la tetralogía del Mar de la Fertilidad. De hecho, los japoneses tienen una nómina especialmente nutrida: Ryunosuke Akutagawa se mata con 35 años; Osamu Dazai, con 38, y solía proponérselo a sus amantes; Yasunari Kawabata se asfixia con gas; Tamiki Hara se tira a la vía del tren; Michio Kato se ahorca; Ashihei Hino, que había dicho que «es posible que me suicide, pero no quiero morir», se envenena, y suma y sigue. Como curiosidad, Emilio Salgari, el creador de Sandokán y Yáñez, terminó reventado por el exceso de trabajo y las penurias (estaba obligado a escribir cuatro novelas al año), y se hizo el seppuku, dejando una nota antológica para sus editores: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua miseria o más aún, solo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma». De igual manera, José Antonio Ramos Sucre se fina con 40 años; Ernest Hemingway se vuela la cabeza, en medio de paranoias, con 61 años; David Foster Wallace se colgó de un pino, y Primo Levi no pudo soportar haber sobrevivido al Holocausto y se tiró por el hueco de una escalera (no dejen de leer 'Si esto es un hombre').
Si hablamos de darle al frasco, la cosa se vuelve preocupante. Rubén Darío se bebió una piscina entera de gin-tonics (sin la tónica), y su hígado reventó a los 49 años. Si nos referimos a Edgard Allan Poe (le interpreta muy bien Harry Melling en una película floja, 'Los crímenes de la academia', 2022), este moría una madrugada de 1849 en un hospital de Baltimore, entre delirios alcohólicos («que Dios ayude a mi pobre alma», fueron sus últimas palabras). Francis Scott Fitzgerald dejaba sin existencias el bar del hotel Algonquin, en Nueva York. En una carta a su médico, reconocerá: «He vivido a tope y he arruinado la inocencia esencial de mi persona» (qué gran adaptación de 'El gran Gatsby' hizo Baz Luhrmann en 2013). Y por si alguien piensa que iba de farol, les recomiendo un librito suyo: 'Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año'. Si pensamos en Malcolm Lowry, su adicción entra en niveles de Champions League: un trasunto de su cónsul Geoffrey Firmin en 'Bajo el volcán', entre ingresos en el psiquiátrico, querencias pirómanas e intentos de asesinato de su mujer (y, aun así, qué novela: me la he leído tres veces). Bukowski decía que el alcohol no es una forma lenta de suicidio, sino una fuerza disuasoria frente al mismo, y Truman Capote terminó devorado por sus demonios mientras trasegaba botella tras botella de ginebra (pueden ver un buen documental sobre él, 'The Capote Tapes', 2019). «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio», escribía en 'Música para camaleones'. En esta categoría, cómo olvidarnos de John Fante, alias Arturo Bandini, quien acabó ciego y con ambas piernas amputadas por el alcohol y la diabetes. Era el ídolo de Bukowski, no les digo más, o sí, les digo: su novela 'Pregúntale al polvo' es desesperada y hermosísima. Raymond Carver era un borracho que escribía, pero quien lea el cuento 'Caballos en la niebla' nunca lo olvidará.
No se vayan todavía, aún nos quedan los chiflados, los melancólicos, los maníacos. Y dan para mucho. Como decía Graham Green (soy muy fan de 'El americano impasible'): «Escribir es una forma de terapia y en ocasiones me pregunto de qué manera los que no escriben, componen ni pintan se libran de la locura, la melancolía y el pánico inherentes a la condición humana». Personalmente, creo que el líder casi indiscutible (si no existiera Hunter S. Thompson) sería Philip K. Dick. Sí, es el tipo que escribió '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?', la futura inspiración de 'Blade Runner', y el mismo que pensaba que el Gobierno de Estados Unidos espiaba las mentes de sus ciudadanos, el mismo que decía que Dios era un rayo de color rosa y que estaba en contacto directo con Él, el mismo que cuando Stanislaw Lem le escribió para invitarle a un congreso en Polonia, creyó que había una organización soviética denominada LEM que quería raptarle. Nietzsche acabó agarrado a un caballo en una vía de Turín con la mente totalmente desarbolada. August Strindberg vagaba por las calles de París, entre alucinaciones y manías persecutorias, adivinando «la existencia de una mano invisible que dirige la lógica inexorable de los acontecimientos». Más o menos como el rayo rosa. Y Hunter S. Thompson, claro. El inefable Hunter, que dedicó tanto tiempo a la literatura como a las drogas, las armas y el alcohol. Hunter puede entrar en todas las categorías, y como decía una crítica de 'Rolling Stone' a su 'Miedo y asco en Las Vegas': «Un encendido cántico a la locura de la droga que consolidó su creciente fama, lo convirtió en drogadicto loco e icono cómico».
Creación y desequilibrio, creación y sustancias varias. Los nudos que los unen pueden ser más o menos evidentes, pero están ahí. Quizás haya que echar la culpa a la especial sensibilidad, a las almas melancólicas, a las presiones del oficio, a la fragilidad de su psique. Quién sabe. Lo único que les puedo asegurar, es que si leen el ensayo 'La letra herida' (Berenice) de Toni Montesinos, podrán seguir adentrándose en este abismo tan lleno de belleza como de tenebrosidad.
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