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50 aniversario de 'la lloca'
50 ANIVERSARIO DE 'LA LLOCA'

La madre a la que nos costó querer

Medio siglo después. En 1970 rompió moldes y lo pagó caro. 'El Monumento a la madre del emigrante' de Ramón Muriedas sufrió lo indecible, bomba incluida, hasta lograr el favor de Gijón

Adrián Ausin

Gijón

Martes, 15 de septiembre 2020

Si hubiera sido de carne y hueso, su historia bien podría haberse desarrollado en formato de culebrón televisivo. Nadie cambiaría de canal. Pero Ramón Muriedas (Villacarriedo, 1938-Santander, 2014) la esculpió en bronce en 1970 cumpliendo un encargo del alcalde de Gijón, Ignacio Bertrand, con quien hizo buenas migas. Su 'Monumento a la madre del emigrante' cumple este viernes 50 años con una agria mochila a sus espaldas cargada de sinsabores, pintadas, amputaciones, críticas dispares, ironías, motes, salitres, tres restauraciones e incluso una bomba de fabricación casera. A todo ello ha resistido impertérrita, con el silencio resignado de su autor, hasta que, poco a poco, fueron llegando el afecto, la querencia e, incluso, la identificación de los gijoneses con esta singular pieza, convertida hoy en icono de la ciudad.

La primera intención de rendir homenaje a la emigración de ultramar se manifiesta en 1958 en el marco del I Congreso Mundial de Sociedades Asturianas. El alcalde era Cecilio Oliver y la ubicación planteada no ofrecía dudas: El Musel. En 1964 pasa a hablarse del Cerro, pero se descartará por ser aún un fortín militar. Ese año se celebra un concurso de ideas. Pero los proyectos no convencen. Doce años después del primer esbozo, en 1970, será Ignacio Bertrand quien dará el paso al frente. Elige directamente a Ramón Muriedas, un escultor cántabro afincado en Madrid, de 32 años, del que le han hablado maravillas. Su mayor valedor es el que fuera director del Instituto Nacional de la Emigración y comisario del pabellón de España en la Exposición Mundial de Nueva York de 1964, Miguel García Sáez, un hombre 'aperturista' con afanes de modernidad. Él había llevado a Muriedas a la cita neoyorkina y el cántabro cosechó alabanzas.

Abuelo emigrante

Muriedas reúne además características que le hacen especialmente idóneo para retratar la emigración. Emigrante fue su abuelo, que con 15 años partió a Irlanda y remitía postales a la familia desde diversos lugares de Europa, un dato al que se suma el temprano fallecimiento de su padre, quien fuera notario en Poo de Llanes, lo cual le hizo especialmente sensible a la figura materna. Tenía 6 años Muriedas, cuarto de seis hermanos y primer varón, cuando perdió al padre y ese lastre afectivo lo acompañaría siempre, forjando un carácter reservado, delicado, elegante, también socarrón, que derivaría en un artista volcado en las figuras familiares y las miradas melancólicas con un lenguaje hiperrealista.

Recibido el encargo, Muriedas idea tres figuras maternas en terracota que muestra al regidor gijonés. Bertrand será quien elija 'La ', mientras las otras dos madres, una de más edad con un pañuelo y otra con los brazos cruzados, se convertirán en piezas de algo más de un metro que van a parar a un emigrante californiano y al escritor Álvaro Pombo, amigo íntimo del autor.

Primer plano del 'Monumento a la madre del emigrante' centrado en su rostro, con la triste mirada, y esa mano que despide al hijo José Simal

La escultura se forja en Fundiciones Codina, en Madrid, con incidente incluido que afecta al molde en barro, pero la cosa no pasa a mayores. Premonitorio, no obstante. La pieza llega a Gijón, a la vez que el 'Octavio Augusto' del Campo Valdés, el 3 de septiembre. El emperador romano luce ya casi al día siguiente y empieza a recibir alabanzas. Cae en gracia, mientras el 'Monumento a la madre del emigrante' es dardo de las críticas antes incluso de subir al pedestal del Rinconín. El 18 de septiembre, día de la inauguración, al calor del V Congreso Mundial de Sociedades Asturianas, Muriedas, casado meses atrás, en abril, en el monasterio de Santa María de El Paular, en Rascafría, no acude. La prensa no tiene piedad. Enseguida llegan los motes (Lloca, Muyerona). Y las agresiones. La ciudadanía no está preparada para su lenguaje nuevo, alejado de los cánones clásicos. No es una obra abstracta en modo alguno, pero esa cabeza desmesurada, como las manos y los pies, y esa mirada desgarrada parecen acaso desasosegar al espectador.

El linchamiento público llega a su máxima expresión en 1976 cuando estalla a sus pies una bomba de fabricación casera no reivindicada. Daña su base y el pedestal. Un vendaval posterior inclina la pieza, dejándola en una posición en extremo indecorosa. Otro escultor, Francisco González Macías, asume la restauración en 1977, pese a mostrar cierto desprecio hacia la obra. «Hago mal negocio», declara. No volverá al Rinconín hasta 1980. La reforma integral del paseo del Muro en 1994-95 reubica la pieza en la rotonda actual, sobre un plinto más amplio y bajo. 1995 y 2004 son las fechas de su segunda y tercera restauración; en la última se le cambia el armazón de hierro, herido por el salitre. En 2012 le amputan un dedo, la última astracanada.

En estos años, sin embargo, el 'Monumento a la madre del emigrante' pasa a formar parte indiscutible de la sustancia gijonesa, del aprecio y buen querer, hasta convertirla en icono. Pero Ramón Muriedas hacía mucho que se había 'desentendido'. Cuando le llama EL COMERCIO en 2005 para celebrar los 35 años y le habla del afecto ciudadano no oculta su sorpresa. «Me alegra mucho que me lo diga. No era consciente de ello», confiesa.

Pies y manos

Dos veces había acudido a Gijón en los años 80 y 90 para inaugurar sendas exposiciones. Pero en ningún caso se retrata con su símbolo de la emigración. En la siguiente entrevista telefónica, en 2010, un Muriedas algo delicado de salud, recién instalado en Santander, donde pasará sus cuatro últimos años de vida, habla de la familia como «algo muy especial, muy verídico, muy auténtico, que te ayuda a vivir. Pese a que a veces haya peleas, al final viene la paz», reflexiona. Rememora su 'Madre del emigrante', concebida «en medio de una fuerte gripe», muestra fascinación por sus pies y sus manos, e incide en la mirada, «más bien triste», pues la vida, concluye «es maravillosa, pero tiene sus desgarros». Si pudiera expresarse su '' bien que lo constataría. Aunque cuando mira ahora al horizonte lo haga rodeada de tardíos, pero sólidos, afectos.

Ramón Muriedas Mazorra en una exposición en Arnuero (Cantabria) DMO

«El homenaje emocionaría a mi padre, no sería capaz de articular palabra»

Ramón Muriedas. Hijo del escultor, albacea de su obra José Ramón Ladra

Agradece que se vayan a celebrar los 50 años de la escultura, pero pide un reconocimiento al artista, que «persiguió mucho este proyecto»

ADRIÁN AUSÍN

Ramón Muriedas Senarega estará en Gijón la próxima semana para testimoniar el homenaje que la ciudad brindará al 'Monumento a la madre del emigrante' en su 50 aniversario. Un emocionante hito que le invita a echar la vista atrás y ensalzar la figura paterna.

–Medio siglo después, llega un homenaje a 'La lloca' y su autor. ¿Más vale tarde que nunca?

–Sí, más vale tarde que nunca. Él se lo merece. Claro que lo merece. Lo merece mucho. Por la talla de artista que es y por la escultura que hizo. Él quería este proyecto. Se ve en las cartas que conservo. Persiguió el proyecto y encajaba con él.

–Si su padre viviera, ¿qué pensaría tras tantos sinsabores?

–Creo que se emocionaría mucho. Era una persona muy introvertida pero sí, se emocionaría aunque no sería capaz de articular palabra.

–¿Quiénes estarán?

–Estaré con mi madre, María Eugenia, con mucho esfuerzo, porque tiene 84 años, yquizá también la hermana de mi padre que vive en Oviedo, Crucita, y algún primo. De los seis hermanos viven tres.

–La pieza se inauguró en 1970 y usted nació en 1973. ¿Cuándo supo de sus 'andanzas'?

–A través de mis primos mayores de Oviedo que iban a la escultura y nos enviaban fotos o nos contaban. Porque mi padre no decía nada. Cuando empecé a documentar su trabajo veo cosas que no sabía, como una carta de Bertrand ya como gobernador de Soria. Le dice que la pieza sigue en el mismo lugar y que a él le gusta. O ver que él estaba interesado en ese proyecto desde mucho antes y se movía para que se lo dieran.

–¿Y usted no le tiraba de la lengua a su padre?

–Si le soy sincero, no. Él no hablaba y opté por no preguntar.

–Él, que no estuvo en el acto inaugural, vino después a Gijón a inaugurar dos exposiciones en los años 80 y 90.

–Fue en el Barjola y Van Dick. No tengo constancia de que se acercase a la escultura. Supongo que iría. Pero él nunca se hacía fotos. Ya me gustaría tener una. Tiene unas diez obras públicas y solo tengo una con Leonardo Torres-Quevedo porque la hizo un fotógrafo. No le gustaba.

–¿Cree que la pieza de Gijón le desanimó de alguna manera?

–Creo que no. Esta escultura es muy conceptual. Luego, excepto la de Santander, que representa la infancia, el resto representa personajes (Torres-Quevedo, Gerardo Diego...). Lo que le afectó es que lanzara una idea con toda su ilusión y después de tanto luchar, porque esto duró mucho tiempo, fuera causa de rechazo.

–Su padre fue un escultor fiel a un estilo de principio a fin.

–Sí. Su obra es muy diferente y eso esta relacionado con su autenticidad como persona y como artista. Ese estilo alargado, con las estrías, esa forma de modelar que te pincha y te haces daño, como las rocas de los acantilados, y luego la expresividad en los rostros. Probablemente, 'La lloca' sea la que más la expresa. Gracias a Bertrand se puso la que no quería, porque él prefería las de gesto contenido, con los brazos cruzados. Bertrand quiso el gesto más desgarrador cuando en su obra normalmente es un desgarro, tristeza, miedo o alegría contenidos.

–Los personajes femeninos son recurrentes en su obra.

–Hay mucha mujer en su primera etapa hasta 1970, con las obras que presenta en Nueva York, las de la exposición itinerante por Sudamérica... Ahí la figura de la mujer es predominante. Él tenía muchas hermanas, que eran las que mandaban (las tres mayores) y al fallecer pronto su padre aquello era el imperio de la mujer. De ahí esa sensibilidad. Luego sigue con los mismos temas, pero con más familias, niños y figuras menos estilizadas.

–Cuando analiza su legado, seis años después de su fallecimiento, ¿qué lugar ocupa 'La lloca'?

–Está ayudando mucho a que su legado se consolide porque es una obra que todo el mundo ve, como el 'Neptuno' de Santander, que repusimos el año pasado.

–¿También hubo polémica?

–El 'Neptuno' tiene dos metros y le hacían de todo. Hasta llegar un punto en que estaba sin brazos ni tridente. Mi padre dijo que lo suyo era hacerla más grande. Pero no había presupuesto y se quitó. Tras morir mi padre, hablé con el Ayuntamiento, se votó en los presupuestos participativos y la recuperamos a igual tamaño. Hubo también un homenaje y fue un acto muy lucido.

–Dos años de homenajes...

–Estoy muy contento. Eso nos dará fuerza para llegar a Madrid con una exposición en el Conde Duque. No hay fecha, pero está en marcha. Seguramente uniríamos el legado y algunos préstamos para tocar todos los palos, y la resina que reproduce la figura de los brazos cruzados.

–La familia quería que Gijón le dedicara también una calle.

–Dijeron que mucha gente ha pedido lo mismo. No dieron opción.

–El éxito final de la pieza acaso sea el mayor tributo a su autor.

–A mí lo que me gusta es ese afecto, eso es lo importante, con la labor vigente de explicar quién la ha hecho.

–Conserva una buena colección de bronces de Muriedas. ¿Los veremos en Gijón algún día?

–Me encantaría hacer una exposición de escultura y dibujos en Gijón. Ahora no ha podido ser.

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