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JOSÉ LUIS RUIZ
GIJÓN.
Jueves, 18 de abril 2019, 01:36
¿Quién no ha soñado alguna vez con cultivar sus propias manzanas... en miniatura? Abel Cocaña quizá lo soñó o quizá no, pero puede decir que tiene su propio manzano liliputiense. Ese y otros sesenta bonsáis conforman una de las colecciones más amplias de Asturias. «Empecé porque mi madre se aficionó. Le regalé uno, y ella empezó a mirar cómo se cuidaba. Yo la ayudaba, y poco a poco me fue entrando el gusanillo, fui leyendo libros, aprendiendo por mi cuenta y se convirtió en mi principal hobby», cuenta orgulloso. Recientemente quedó quinto en el concurso que anualmente organiza la Asociación del Bonsái Español en Madrid con un junípero chinensis. «Es una variedad china y está plantado en roca. Este tiene unos 70 u 80 años. Era de un compañero que se jubiló y tuvo que dejar la afición por motivos personales, así que me lo cedió para que lo cuidara», explica.
Una de las dudas más frecuentes para los inexpertos es si constituyen una variedad especial o se trata de un árbol corriente cuyo crecimiento se detiene. «No existen especies que sean bonsáis, son árboles normales que no se hacen más grandes porque no tienen suficiente espacio en el tiesto o donde tengan las raíces», aclara Abel. Existen bonsáis silvestres, son ejemplares que consiguen desarrollarse en condiciones muy difíciles, en pequeños huecos de una roca en un acantilado, por ejemplo. Ese mismo entorno complicado es el que debe reproducirse para conseguir un olivo que no levante más de medio metro.
«Se coge un brote y se pone en un tiesto grande o incluso en tierra. Luego lo vas controlando, y cuando cogió la suficiente fuerza, lo sacas, le cortas las raíces y lo ubicas en un tiesto más pequeño. Después, poco a poco lo vas reduciendo hasta que se adapte a lo que estás buscando», detalla. La técnica nació en China. Cuando los soldados se iban a la guerra se llevaban las plantas medicinales en macetas, una versión ancestral del botiquín de campaña. En Egipto también se han encontrado grabados con árboles en miniatura. Posteriormente, los japoneses llevaron la técnica a su máximo esplendor.
El valor de estas maravillas en miniatura depende mucho de los cuidados que se les dé. Uno de los creadores de bonsáis más reconocidos del mundo vive en Japón. Mashaiko Kimura, de 70 años, tenía en uno de sus bosques una composición de varios bonsáis en un solo tiesto. La pieza se vendió recientemente por 100.000 dólares. Normalmente no son tan caros. En un vivero se pueden encontrar desde unos 20 euros.
Para empezar con esta afición deben tenerse en cuenta varios factores. «Lo fundamental es elegir bien la especie que queremos tener según la zona donde vivamos. No es lo mismo Asturias que Andalucía», advierte. En el norte se desarrollan bien ejemplares como arces, hayas o sabinas. «Los arces son un verdadero espectáculo porque son de hoja caduca y van cambiando de color durante el año. Ahora en primavera tienen un color rojo fuego, en verano se ponen verdes y en otoño naranjas, antes de caer», describe.
Los frutales resultan muy llamativos, pero en realidad no se les suele dejar que se desarrollen. «Se les suelen quitar las manzanas o el fruto que sea en cuanto empieza a salir, en algún caso le puedes dejar una o dos para llevarlo a una exposición. Le quita mucha fuerza al árbol y al ser tan pequeños son más delicados», aclara. Pero las manzanas del tamaño de guisantes son «perfectamente comestibles», abunda.
En Asturias hay poca afición por los bonsáis, por eso Abel Cocaña quiere darla a conocer para potenciarla. Este gijonés imparte clases de iniciación en las que se puede comenzar sin ningún conocimiento previo. Con la inscripción se incluye ya un «prebonsái», un brote que debe ir modelándose. Las clases las imparte en la sociedad gastronómica La Dehesa, que le cede el espacio en la calle Doctor Bellmunt, 17.
Cuenta Cocaña que en otras zonas de España si que hay afición y se organizan concursos. «Aquí en Asturias los pocos aficionados existentes van por libre. A mí me gustaría crear una asociación, donde nos podamos juntar, poner técnicas y experiencias en común y organizar muestras. No es lo mismo tener un punto de vista que varios, llegaríamos a creaciones que tuvieran mucha más calidad», propone. «Con el clima que tenemos aquí deberíamos aprovecharlo más. Por eso doy los cursos, para ver si creamos una escuela. En Levante, por ejemplo, tienen que gastar un dineral en equipos de ósmosis para eliminar la cal del agua. Aquí en cambio podemos recoger el agua de la abundante lluvia que tenemos, y es gratis».
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