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Jovita, en la cocina de la casería de Deva donde vive con su hija desde hace ocho años. JOAQUÍN PAÑEDA
«Cuando yo era pequeña había fame y miseria; ahora hay refalfiu»

«Cuando yo era pequeña había fame y miseria; ahora hay refalfiu»

A sus 106 años, Jovita Pidal Campos considera que los jóvenes «no saben lo que quieren ni tienen claro lo que hacen»

EUGENIA GARCÍA

GIJÓN.

Jueves, 18 de enero 2018, 03:06

«Yo viví siempre muy bien. Probe, pero muy bien». Jovita Pidal Campos nació en Castiello la Marina el 15 de enero de 1912. La suya es la historia de la Asturias rural de principios del siglo pasado, y toda su vida está ligada a la tierra, al ganado y a la mar. También a las fiestas de prao, al baile de los domingos en Somió Park -«si tocaban la gaita bailábamos bárbaro y si no, bailábamos a lo agarrao»- o a la Venta las Ranas. «A trabajar empecé de bien neñina, cuidando a un niño en Gijón. Entonces había carros que llevaban la madera los sábados, y la señora me echaba después de que pasaran a pañar las boñigas para una huerta que tenía. Tendría seis o siete años», rememora.

Jovita está en silla de ruedas y le cuesta algo oír, pero la memoria casi no le falla. Al año, dice, «me llevó mi madre para casa. Tenía ocho fíos y había que planchar, lavar, fregar, segar para el ganado... Tenía que trabayar como una polina». Era la tercera más joven de seis hombres y dos mujeres. Su hermana Nieves «estuvo toda la vida sirviendo para el señor Emilio Tuya -que además de ser alcalde de Gijón entre 1926 y 1930 fue presidente del Sporting- y murió de cáncer hace ya muchos años». Con 19, Jovita también entró a servir, ella en una quinta de Somió.

Uñas pintadas de rosa

Hay rasgos del carácter que son inmunes al tiempo y Jovita, presumida desde joven, sigue llevando las uñas pintadas de rosa a sus 106. «Cuando estaba sirviendo andaba muy guapa. Me llevaban a modistas muy buenas que me hacían unos vestidos preciosos». En la quinta estuvo dos o tres años, «hasta que madre fue por mí porque se puso mala». No se puede llamar vanidad al impulso que la llevó alguna vez a sisar de lo que sacaba vendiendo «fabes, patatas o manzanas, lo que hubiera». «Iba con un burro, y tenía que llevar les perres para comprar ropa a mis hermanos para la fiesta de San Juan... Pero a mí no me compraban nada, y eso que hacía el viaje»... «Mi madre no lo sabía, pero mi hermana me ayudaba a robar un poquito cada vez y me compré un vestido. Había que arrancarlo pa tenerlo», ríe. «En la fiesta no había ninguna tan guapa como yo, pero tampoco había ninguna que agarrara el burro y fuera a vender».

Le gustan las revistas de cotilleos, ver a los nietos y jugar a la brisca todas las tardes

Las patatas que compraron ese vestido las sembró un hermano que murió en la guerra y que también la animó a comprar unos zapatos «abiertos por detrás, que se llevaban» o a ponerse la permanente. «Tienes que andar a la moda. No hagas caso, pon los zapatos y anda como todas aunque seas pobre», le decía. Él trabajaba la tierra y los otros trabajaban con su padre en la cantera. «Ahora los críos no saben lo que quieren, ni saben qué van a hacer, ni saben nada. Antes había una miseria muy grande, no había qué comer», cuenta Jovita. «Cuando había castañas quedábamos fartucos. Las comíamos así, cocidas, sin leche ni nada»... «Había mucha fame. Como ahora hay tanta bayura, entonces había mucha fame».

«Mi marido fue de lo mejor»

Se casó con Pepe Céspedes en 1943. Ella tenía 31, él 47. Nunca contó cómo se conocieron. «Mi marido, que murió hace 49 años, para mí fue de lo mejor. No puedo hablar mal de él porque sería mentira». Al año de casarse tuvo a Mari Carmen, su hija mayor, con la que vive en una casería de Deva desde hace ocho años. En su casa de Castiello la Marina se quedaron sus fotos de juventud y su hijo, José Antonio.

Jovita dice, jovial, que su longevidad no tiene secreto. Le gusta mirar revistas de cotilleos y estar con sus tres nietos y ocho bisnietos. Todos los días, por la tarde, juega a la brisca y ve una novela ambientada en una época que vivió. Quizá la clave sea el trabajo. «Andar no puedo, pero si pudiera todavía lo haría, al menos cocinar. Es lo que llevo haciendo toda mi vida».

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