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E scribió en cierta ocasión el siempre recordado cronista de las mejores historias del barrio de Cimadevilla, Víctor Labrada, que las obras de un escritor ... adquieren un valor especial cuando sus libros aparecen en las librerías que solemos llamar «de viejo», ya sabe las que venden libros de segunda mano. Con el paso de los años, muchos aficionados a la lectura nos vamos dando cuenta de que hay mucho de verdad en ello. Concretamente, esta página tiene su origen en haber encontrado un libro, por pura y venturosa casualidad, y ademas, por el vergonzante, más que irrisorio, precio de un euro. Sí, sí, digo bien, un solo euro, fue el costo de un precioso libro cuyo título en principio y a simple vista en su portada 'Setenta días en Goedgeloof' no parece decirnos nada en especial, ni siquiera el subtítulo: 'Crónica de un viaje'. Puede no llamar la atención, pero sí en cambio despierta interes el nombre de su autora, la gijonesa Sara Pérez-Pavés, porque habiéndola conocido personalmente, disfrutando largos años de su amistad y, por supuesto, de la obra escrita que nos regaló a los muchos gijoneses aficionados a cuanto se refiere a este Gijón del alma, lo cierto es que no pocos desconocíamos la publicación del citado libro, quizá por tratarse de una obra íntima, casi un diario en suma, que recuerda un breve periodo de tiempo en la vida de la autora entre diciembre de 1986 y marzo de 1987, publicado 24 años después y que se gestó en la sobremesa de un restaurante gijonés en animada conversación con otro playu, José Ignacio Algueró Cuervo, hijo de una prima carnal de nuestro personaje de hoy, que precisamente en ese momento residía en la isla de La Palma. Sería el autor del prólogo de dicho libro, donde refleja con evidente nostalgia su amor por esta tierra.
Rosa Pérez-Pavés Sánchez contaba en el momento de realizar su viaje por Sudáfrica sus bien llevados 62 años, puesto que nació en Gijon el 5 de octubre de 1924 y había enviudado de su esposo, el militar Manuel Navarro Trició, natural de Lardero (La Rioja), destacado deportista, a su vez, que era profesor de la Escuela Militar de Montaña, ubicada en Jaca.
Los padres de Sara Pérez-Pavés, también militar capitán de Infantería Pedro, nacido en Manila y gijonesa su madre Sara Sánchez López, siempre tuvieron como premisa la formación integral de su hija, por lo que tras los primeros estudios en Gijon en el Instituto de Jovellanos y Examen de Estado en la Universidad de Oviedo, pasó a un internado en Madrid. Luego se desplazó a la Universidad de Aix-En Provence de Marsella, donde ya dio muestras de su vocación para la literatura, no obstante su gran afición al deporte, especialmente en la mar y la nieve.
De Sara Pérez-Pavés, entre sus escritos, no faltan colaboraciones en prensa, revistas y obras entrañables como 'El óxido del tiempo', 'Mis palabras', 'Escucha mar', 'Adagio', 'Moscas en el tintero', 'Una grieta en la pared', 'De los tratamientos y otras zarandajas' junto con los muy entrañables 'En clave de silencio' y 'Un baúl llamado Arnoldiná', sin olvidar su poemario 'En mi sitio' que recibió la mención espacial en el Certamen de la Liga Naval Española, donde convierte en poesía gran parte de su propia vida, que se vio enriquecida por su profundo conicimiento de una Europa por aquellos años muy diferente a lo que se vivía por estas tierras.
Y ya de lleno en las 'Memorias de África' de nuestro personaje de hoy, tras el largo y pesado viaje acompañada de su buena amiga María, las recibió Antonio, hijo de esta y cónsul, a su vez, de España en la zona. Aunque Sara se ve atrapada por el clima y el inmenso y asombroso paisaje, pronto se da cuenta de que unos pocos blancos dominan un gran país con mayoría de la raza negra. Cuando se instala en Geodgeloof, residencia del cónsul general de España, se siente transportada a otro planeta, al contemplar el grado de servidumbre de los trabajadores, y no digamos si son negros, aunque también observa cómo algunos demuestran afecto y afán de servicio, mientras otros, con sus gestos y comportamiento, no le inspiran tanta confianza.
Antonio, cónsul y anfitrión especialmente de Sara, además de acompañarla por las grandes ciudades, procura que sienta el África profunda en directo, tanto viviendo las costumbres y el folklore de los nativos como el sonido de incomprable noches y el brillante amanecer tras pernoctar en una tienda de campaña rumbo a un safari, donde viven las emociones de estar cerca de leones, jirafas y todo tipo de animales más o menos salvajes, no exento de algún que otro susto que salva gracias al apoyo y serenidad de 'su' cónsul particular. Esto propicia que ella misma, en su emotivo relato, recuerde momentos de la exitosa película ya citada, y que no oculta en su carta de despedida: «Querido Antonio: pronto estaré en la 'vieja y enferma Europa'. Llegaré cargada de paquetes con el recuerdo y la nostalgia de la curiosa amistad surgida entre nosotros, de nuestros amenos paseos por Gonstantia, y tantas y tantas confidencias surgidas al hilo de una copa de jerez... La temporada que pasé en tu casa fue una maravillosa experiencia; tu generosidad, tu ternura e incluso tu humor cambiante me mantuvieron alerta. Me dedicaste tantas horas de tu vida que me sentí rejuvenecer a tu lado y he sido feliz. Si en algún momento cometí errores o torpezas fue acaso por un exceso de confianza a la que me acostumbró tu familiaridad. Ahora digo, ¡adiós Antonio, gracias por tu amistad! Te deseo todo lo que tú desees. Me resta decirte que, siempre encontrarás en mí a una amiga sincera, alguien en quien siempre podrás confiar. Un abrazo muy fuerte». (Firmado Sara).
Y concluye Sara Pérez-Pavés su relato: «Voy de nuevo a España. ¡Qué contraste! ¡Adiós a África!».
No obstante, el que esto escribe, y supongo que también quienes han podido disfrutar leyendo estas personalísimas 'Memorias de Africa' de nuestro personaje de hoy, que falleció en Gijón el 31 de julio de 2016, aprovechamos esta ocasión para reconocer su obra y la huella de su paso durante 91 años por este Gijón del alma.
Terminamos recordando de nuevo a Víctor Labrada. Sara y su obra adquirirán más valor con el paso del tiempo. Se lo merece.
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