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Antes de ser monumental hormigón fue una idea, una luz en una mente lúcida, un trazo, una obsesión por el todo, por el fondo infinito que debía enmarcar la obra y la forma que debía ejercer de marco, y sobre todo por la escala, por dar con el tamaño perfecto una vez que el emplazamiento era el ideal. Y de idea pasó a boceto y de ahí a maquetas en miniatura en papel, acero y madera, y fue poliestireno expandido dentro de un molde de pino y finalmente, arte. Mayúsculo, urbano, vivo y vivido.
Porque el arte está en todos los poros de los 10 metros de alto, 15 de largo y 12 de ancho de una escultura en la que Eduardo Chillida, que en 1987 recogió el Príncipe de las Artes, se implicó a fondo. Gustaba de compartir charla y detalles con encofradores y con carpinteros, con esos cómplices que cocinaron con él lo que se oculta tras la hermosa mole.
El 'Elogio' fue 14.000 kilos de tablas numeradas con las que crear el molde que cincelaría las curvas de la escultura. Los ebanistas de Bereciartúa trabajaron duro para componer la pieza que primero se llenó del material plástico, luego se desmontó, viajó a Gijón, se volvió a montar y dio a luz a la magia de doblegar toda la fortaleza del hormigón para hacerlo danza. Se documentó paso a paso todo ese proceso, en el que a Chillida lo acompañó Jesús Uriarte, el fotógrafo que disparó sobre su obra desde el montaje del 'Peine del Viento' en San Sebastián. Fernando Huici puso las palabras a un libro que dice tanto de la obra como de su autor, de su filosofía y el pensamiento, de esa obsesión por la línea que trazan el mar y el infinito.
La obra se inauguró en 1990 pero cuatro años se necesitaron para llegar hasta aquel extraño día de junio. Tras dos de preparativos, en 1988 ya estaba todo dispuesto y Chillida entraba en su Guipúzcoa natal en el taller. Entonces había tres piezas diseñadas, tres opciones, pero aún no había parido el creador la definitiva. Sin prisa, llegó la inspiración última.
La monumental pieza de poliestireno que se creó en Oyarzún tenía como misión ser el corazón temporal de la obra antes de que la flexibilidad de la madera del gigantesco molde permitiera trazar las curvas que debían ser las definitivas. Y mientras en Guipúzcoa se gestaba la inmensa escultura, en Gijón se desarrollaba una obra civil que acumuló retrasos por problemas de resistencia en el terreno en la fase de pilotaje, lo que obligó a reforzar la base. Una armadura metálica debía ayudar a sostener las 500 toneladas de peso de la pieza una vez que el hormigón tomase tierra y cielo.
No quería que fuera un monolito, un algo mayestático y por eso hasta el hormigón elegido, el aluminoso, debía dar un aspecto rudimentario y terroso. Pero es que en él también se incluyeron virutas de fundición para añadirle un aspecto oxidado. No hubo detalle que quedara al albur de un escultor que gozaba de cada etapa del viaje.
Estaba previsto que fuese en la primavera de 1989 pero era ya otoño cuando se procedió al hormigonado, que llevó una semana, el desenconfrado, tres, antes de procecer al tratamiento final sobre el material. Había que curar el hormigón a base de hidratarlo para paliar las posibles pérdidas producidas y eso se hizo utilizando un producto que incluía ácido clorhídrico. Todo el proceso de la obra civil, liderado por el ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez, con quien Chillida ya había trabajado en 'La sirena varada' en 1972, fue también puro arte.
El 31 de octubre, EL COMERCIO publicaba una fotografía de Chillida en su portada con el siguiente texto: «Técnicamente finalizada». Y, después de la última imprimación sobre cemento, él dijo así: «La he hecho yo y mucha gente que nos ayudó, pero la van a terminar la mar y el viento». Siguen trabajando una y otro.También hemos puesto todos los que lo caminamos y miramos nuestra parte en la escultura. No quiso Chillida ni un paseo con rotonda, ni caminos asfaltados, ni farolas ni bancos perimetrales alrededor. Dijo no al proyecto diseñado: «Pedí que dejaran el lugar tal y como estaba, con la flora que había antes del 'Elogio', para que la gente se arrimase por las leyes según las cuales se construyeron siempre los caminos». Así fue y es el camino del horizonte.
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Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
Cristina Cándido y Álex Sánchez
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