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Un frame de 'Mother Vera', la película codirigida por Cécile Embleton y Alys Tomlinson.
'Mother Vera' o la vida revelada de una monja que busca ser libre
FICX: Festival Internacional de Cine de Gijón

'Mother Vera' o la vida revelada de una monja que busca ser libre

Cécile Embleton y Alys Monlinson compiten en Retueyos con un documental en el que esta mujer narra su duro pasado y toma una decisión vital crucial

M. F. Antuña

Gijón

Lunes, 18 de noviembre 2024, 13:58

Reveladora en lo visual y en lo vital. 'Mother Vera', película codirigida por Cécile Embleton y Alys Tomlinson, llega a la sección oficial Retueyos del FICX derrochando belleza y verdad. Rodada en Bielorrusia y Francia, es un documental que se adentra en la vida de Vera, una mujer que vive en un convento ortodoxo, cuya existencia pasada se va desvelando y que toma una decisión crucial. Testigos de todo ello son las directoras, que parten de una fotografía para componer en esta historia. Alys Tomlinson realizó con anteriodad la obra 'Ex voto' a partir de este personaje y ambas decidieron que tenía más recorrido, que quedaban muchas cosas por contar. «Es una persona magnífica, tiene una energía enorme, en su cara, en sus manos, se ve que ha vivido muchas vidas», revela Cécile Embleton, que subraya que esa mujer quiere vivirlo todo, está abierta a la vida, pero al tiempo elige el encierro de un monasterio.

Esa dualidad, ese misterio, esa mujer fuerte merecían una película: «Ella se iba revelando cada vez más, siempre abría una capa más, y el impulso de la película fue que entendíamos que ella necesitaba contar algo, llevaba algo dentro, estaba inquieta, necesitaba comunicar, era algo que se sentía a nivel energético». Al final su deseo no era otro que el de todos: «Ser libre, que era algo que para ella no estaba permitido». Existe un contraste en la vida en una cripta y al tiempo en plena naturaleza que ellas retrataron, entre una atmósfera íntima y sagrada y salvaje a la par. «Fue un proceso de destilación, de plantar una semilla, de mostrar su interior más que las palabras, que son pocas, y nos ayudó mucho que ella es una artista, le resulta fácil contar su vida de una manera muy poética, le gusta la literatura, el arte, el cine...».

Fue un proceso muy difícil y bonito. Particularmente complejo fue el montaje, en el que se decidió darle protagonismo al blanco y negro para llegar después al color. Vera acaba abandonando el convento y encontrando la libertad en una nueva vida que tampoco se antoja fácil.

Hay mucha dualidad en la cinta, que juega con la quietud y el movimiento para retratar a ese personaje que ama a los animales, con los que no fue fácil el trabajo de grabación ni en Bielorrusia ni en Francia, pero fue también fundamental para contar la historia. «Trabajamos mucho los contrastes de interiores y exteriores, hay muchas contradicciones en la película, por eso los interiores son calurosos y los exteriores, fríos, con paisajes abiertos», señala una de las directoras, que explica que pese a que filmaron en todas las estaciones «terminamos por introducir mucho invierno para dar la sensación de la fragilidad del ser humano que necesita ser cuidado».

Tenían muy pensada la fotografía las dos autoras, que pretendían crear un lenguaje creativo singular basado en la observación y en el que la propia comodidad de la protagonista ante la cámara jugaba un papel. Así se trazó un viaje cuyo final queda abierto, como el de la propia vida de Vera. «Ella ahora está en Grecia, está trabajando cocinando para una familia y ha hecho varios trabajos con caballos en Europa, ha trabajado como taxista en Minsk, cuando vio la película se rió mucho pero fue muy duro para ella, aunque ella es pura resiliencia».

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