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Si al escuchar a alguien decir que consume mucho 'twitch' y se tira 'beef' usted se pregunta si lo primero engorda y lo segundo significa lanzar carne de xata debe saber dos cosas. La primera, está equivocado. La segunda, no pertenece usted a la generación Z, la primera nativa digital y que incluye a los nacidos entre 1994 y 2010.
Una generación que, como todas, tiene su propio lenguaje (tirar beef, stalkear la story, tirarse un selfie o ir a un viaipi como sinónimo de criticar, fisgar lo colgado en una red social, hacerse una autofoto con el teléfono móvil o ir a una zona reservada para VIP.
Una generación la posmillennial que, también como todas, tiene sus propios lugares de encuentro (las redes sociales Twitter, Instagram, Twitch, Bereal) y sus propias formas de comunicarse (audios en Whatsapp, podcast, reels) y que, finalmente, también como todas tiene su brecha. O varias, porque la generación Z suma la brecha digital que nace con ella a las que aún perviven: la salarial y la de género. La realidad ha demostrado, como ya pasó con las generaciones de posguerra, la baby-boom, la X y la Y, que igualdad entre mujeres y hombres no se escribe con 'Z' por muy generación tecnológica que sea.
Así lo creen las 'Z' reunidas por EL COMERCIO para el 8M. Son nueve, ocho de ellas 'zetas' puras y la novena que se queda con la 'm' del 8 como «mayor». Paloma Navarro (Gijón, 1993) se sabe a las puertas de una generación que, sin embargo, siente como suya. «El lenguaje digital es el nuestro», asegura esta educadora social que trabaja en el Conseyu de Mocedá de Xixón.
Ella capta el 'selfie' a las ocho 'zetas' puras: Sara Díaz, (Santander, 1998), Laura Remis (Gijón, 1999), Yurena Sabio (Gijón, 2000), María Álvarez, (Gijón, 2001), Nerea Fernández, Sara Vázquez y Elisa Collado, las tres de Gijón y de 2003, y la benjamina del grupo, Claudia N'Gaby (Oviedo, 2004). Una autofoto que se convierte en una radiografía de la realidad universitaria. Pese a los avances, pese a los esfuerzos en captar mujeres para las titulaciones de ingeniería, de las ocho solo dos, Remis y N'Gaby, han optado por esa vía. La primera, será 'teleco'. La segunda, ingeniera de Datos. El resto, incluida la 'm', están matriculadas en las materias más feminizadas: cuatro en Derecho (Fernández, Vázquez, Sabio y Collado, que suma también ADE), una en Trabajo Social, (Díaz) y otra en Psicología (Álvarez).
«Es que seguimos sin tener referentes femeninos en la Ciencia», afirman. «Como mucho, todas hemos oído hablar de Marie Curie», la gran investigadora polaca que ha pasado a la posteridad con el apellido de su marido.
Las que han optado por seguir los pasos de Maria Salomea Skłodowska, que así se llamaba la primera persona en recibir dos premios Nobel (Física y Química), tienen claro que siguen siendo «pocas. En clase podemos estar cuatro chicas, como mucho. En algunas, solo una», explica Claudia N'Gaby. «Hay ingenierías que tienen ya a más chicas matriculadas, pero en Teleco aún son mayoría ellos», aclara Laura Remis.
No ocurre lo mismo en las aulas a las que asisten NereaFernández, Sara Váquez, Elisa Collado o Yurena Sabio. «Hay chicos, pero nosotras somos más». Un 'más' que Sara Díaz sube a asi un cien por cien. «En Trabajo Social somos mayoría», confirma.
Pero pensar que con los mimbres de modernidad, dominio de la tecnología y titulaciones universitarias se está confeccionando un cesto de igualdad real entre mujeres y hombres es como pensar que 'consumir Twitch' engorda. Un error.
«Se ha avanzado mucho, pero aún estamos lejos de la igualdad plena», coinciden todas, como también lo hacen al aportar sus propios 'peros'. «Las jóvenes seguimos sufriendo violencia de género y la desigualdad que provoca la brecha salarial debido a la precariedad», lamenta Paloma Navarro. Y abunda: «estar más formadas no te garantiza tener trabajo. Incluso, te rechazan en trabajos precarios por ello».
Y lo sabe bien la que, además de estudiar Trabajo Social, es tatuadora y estudia japonés. «Estamos viviendo una etapa disfrazada de progresismo», apunta Sara Díaz, que pone un ejemplo: «Que en Noruega, que ha sido ejemplar en tantas cosas, se haya planteado usar a las mujeres en estado de muerte cerebral como si fueran máquinas de gestación y no personas… No es progreso».
Ejemplos de desigualdad más cercanos y nacidos de la experiencia apuntan Elisa Collado y María Álvarez. «Solo hay que ver lo que pasa en el deporte», dicen. La primera, campeona en balonmano, ha vivido en primera persona cómo «siempre son más alabados los éxitos deportivos de los hombres, aunque sean menores que los de las mujeres».
La segunda, que ha practicado diferentes disciplinas y ahora se centra en el fútbol-sala, tampoco duda: «Es uno de los entornos donde más arraigados están los roles de género. En deportes tradicionalmente 'de chicos' a las chicas se las toma mucho menos en serio, incluso cuando son las entrenadoras».
También el deporte, aunque el puro generación Z, el que se practica en las redes, es el 'pero' de Yurena Sabio: «Ahora está de moda la «Kings league», una liga que se retransmite por Twitch únicamente y que tiene, al igual que la liga original, jugadores, campos de fútbol, entrenadores, árbitros y presidentes. De los 12 equipos que participan, solo uno está presidido por una mujer».
Las dos futuras ingenieras, quizá por eso, ponen el pero al elemento que marca a su generación. «Nuestro hábitat natural son las redes sociales y ahí, aunque sirven para concienciar en igualdad, también se utilizan para atacar, sobre todo a las mujeres. Tipo 'mira cómo sales, luego te pasan cosas'», lamenta Laura Remis. Claudia N'Gaby remata: El mundo digital da pie a proyectar ambas opiniones y, aunque se intente transmitir mayoritariamente la igualdad, hay pequeños espacios en los que tristemente no, muchos de ellos se convierten virales por ser 'graciosos'».
Y las futuras abogadas coinciden en ubicar el foco de la desigualdad en la seguridad. «Yo no noto desigualdad en mi día a día, pero sí reconozco que volver de noche a casa sola no es seguro. De hecho, no lo hago y, en el caso raro que no sea así, vengo hablando por teléfono con mis amigas, pareja, padres...», explica Sara Vázquez. «Estamos más inseguras», refuerza Elisa Collado, mientras Nerea Fernández remata: «Seguimos estando inseguras. Hablar por el móvil solo serviría de prueba en el caso de que algo ocurriera. Ya que ni compartir localización ni ir hablando puede realmente evitar una violación o un secuestro».
Sin embargo, apunta ella misma el principio del fin del machismo. «Quizás la generación clave no seamos, pero la Z sí podríamos ser el principio del fin del machismo». Y su compañera de estudios Sara Vázquez apuntala su idea: «Sin duda que contribuiremos a disminuir el machismo. En nuestra generación tenemos claro que la capacidad no va en relación al sexo».
Aunque, Yurena Sabio, la otra futura abogada, aclara, sin embargo, que «no hay llave mágica para lograrlo. El feminismo se estudia, se aprende. Lo otro es ignorancia». Elisa Collado está convencida de que «será más fácil acabar con la brecha digital que con las de género o la salarial».
Debido, apunta Paloma Navarro, «al auge de la extrema derecha y su negacionismo de la violencia machista», reflexión que aplaude Sara Díaz: «Queda mucho por trabajar a nivel educativo, psicológico y cultural para que podamos afirmar que vivimos en plena igualdad». La clave para lograrlo, diagnostica la futura psicóloga María Álvarez, «está en la educación».
Mientras esa no llegue, las 'zetas' que viven a diario ser minoría en sus aulas lo ven más difícil. «Me da pena decir que no, pero en los que son más jóvenes que yo parece estar de moda no ser feminista», lamenta Claudia N'Gaby. La sentencia la dicta, curiosamente, una futura ingeniera: «Es más fácil que un machista aprenda a manejarse en internet que a vivir en igualdad con su mujer», remata Laura Remis.
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