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Una vida consagrada al Sporting. Delantero combativo, capitán atento para luchar por las reivindicaciones de sus compañeros y entrenador cercano a sus jugadores gracias a un trato afable que también le permitiría llevar las riendas de Mareo y ejercer como secretario técnico. Todo eso encarnó Miguel Montes (Oviedo 1939-Gijón 2019), que esta madrugada se fue tras meses de lucha contra un cáncer de próstata, pero lega una profunda impronta en El Molinón.
En ocho décadas de una vida marcada por los colores rojiblancos, desarrolló una longeva trayectoria iniciada en torno a la portería adversaria y finiquitada en el banquillo, tratando de contribuir al objetivo de mantener a los gijoneses en la máxima categoría. Fue con los rojiblancos en la élite cuando escuchó al estadio gijonés corear su apellido. Mano derecha de Benito Floro, recogió su testigo con el equipo anclado en la zona baja de la clasificación y salió victorioso de una carrera contra el reloj con el asfixiante yugo del descenso compuesta por ocho duelos.
📣Luto rojiblanco: falleció Miguel Montes
— Real Sporting (@RealSporting) 20 de mayo de 2019
➡ Ha sido uno de los históricos de nuestro club, en el que desempeñó toda clase de funciones deportivas#DEPMiguelMontes
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Montes, que el año anterior había impulsado al primer puesto al filial en Segunda B guiando a una generación de canteranos que posteriormente se asentaría en la primera plantilla, lideró una espectacular reacción al conseguir que los rojiblancos encadenasen las seis jornadas finales del campeonato liguero sin derrotas a Segunda. «Lo importante del entrenador es ganarse al hombre», explicaba sintetizando su esencia sobre el pilar en el que se sustentaba su labor como técnico, siempre cercano a los jugadores a sus órdenes para que ofreciesen su mejor rendimiento en un contexto marcada por la urgencia.
Una labor de salvador que ya había ejercido tres décadas antes, cuando aceptó la llamada de socorro y evitó con un gol en el torneo disputado en Palma de Mallorca que el club cayese a Tercera. Nacido en Oviedo, a los pocos meses de su nacimiento la familia se trasladó a Gijón y gestó su andadura futbolística en la prolífica cantera del Atlético del Llano, antes de enrolarse en las filas del Revillagigedo, Hispania y Siero, donde se le planteó su primera gran disyuntiva.
Su entrenador en el club sierense, Ricardo Vázquez Prada, recomendó su fichaje al Oviedo, que decidió evaluarle a través de un período de prueba. Al terminarlo, surgió la opción de fichar por el Sporting y decidió comenzar la que sería una prolífica historia escrita en rojiblanco. Segundo jugador en la historia del club gijonés que más partidos disputó en la categoría de plata del fútbol español tras Rafel Sastre, se consolidó durante la década de los 60 como un delantero de perfil bregador, de los que no negociaba el esfuerzo y se partió literalmente la cara por la camiseta del Sporting.
«Al fútbol se juega con la cabeza, los pies, el corazón y los pulmones», defendía Montes, que se fracturó la mandíbula en un duelo contra el Condal. De espíritu gregario, reflejó su vena empática también fuera del césped como capitán, cuando defendió los derechos del vestuario y ese espíritu reivindicativo le costó la renovación.
Obligado a realizar el servicio militar en Sidi Ifni, antigua colonia española en territorio africano, el secretario general de la entidad sportinguista por aquel entonces, Evaristo Lázaro negoció su traslado a Las Palmas. En el club canario vivió su único paréntesis fuera de Asturias en su trayectoria profesional, completada en las filas del Oviedo. Al club gijonés regresaría en 1984 para asumir los mandos del Sporting Atlético, avalado por una prometedora trayectoria en los banquillos jalonada por los ascensos del Gijón Industrial, el Langreo y el Palencia. De la pizarra pasó a los despachos, primero como director de Mareo y más tarde como secretario técnico, en un período en el que le echó el lazo a promesas como Felipe, Avelino y Juanele, incorporadas a la entidad una vez concluidos sus períodos juveniles.
Montes, que vio crecer a varias generaciones de talentos en Mareo, fraguó una profunda admiración por Luis Enrique por esa casta con la que él también vivía el fútbol zanjó su etapa en los terrenos de juego en el inicio de la temporada 1997-1998, de aciago recuerdo para los seguidores del club gijonés. Concluida su extensa andadura en el mundo del fútbol, pudo disfrutar de sus otras dos grandes aficiones, la pintura y la pesca. Sus vías de escape a un sportinguista que, en sintonía con El Molinón, no casaba con la indolencia. Jugador con más encuentros disputados con la camiseta del Sporting en Segunda, sus restos serán trasladados durante la jornada al tanatorio de Cabueñes.
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