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CÉSAR COCA / MIGUEL ROJO / ÓSCAR G. NÚñez
Jueves, 9 de septiembre 2021, 05:22
«No sé lo que voy a hacer al otro lado. Lo que espero es que me dejen dibujar». Lo decía cuando le preguntaban si temía a la muerte. Luis del Olmo, que firmaba como Olmo, falleció a los 99 años recién cumplidos y ni un día de su vida perdió el deseo de coger el lápiz y dar vida a su monigote más célebre. Fue la suya una existencia entera imaginando peripecias para ese Pepín de Celes que terminó por ser su 'alter ego'. Para ese personaje de pelo tieso, poblado bigote y abundante nariz que casi nunca consigue que algo le salga bien, pero tiene el optimismo y la fortaleza de carácter suficientes para volver a intentarlo cada mañana.
Olmo creó algo más que un personaje de tira cómica, entre otras cosas porque pocos, o ninguno, han conseguido estar en la calle cada día durante más de 50 años. Una proeza que convirtió a su autor en uno de los dibujantes más célebres de Gijón, en el artífice de un icono de la ciudad, como se comentó durante la celebración del Salón del Cómic del Principado de Asturias de 2007, en el que el dibujante recibió un homenaje en forma de exposición de sus tiras y participó en un coloquio con Juan José Plans. «Quise ser dibujante y aquí estoy con el pulso un poco torpe, pero vivo y manteniendo la mente en perfecto estado. Creo, incluso, que estoy mejor ahora que cuando era joven», dijo en aquella ocasión en Gijón, cuando contaba con 88 años.
Luis del Olmo nació en Bilbao el 24 de agosto de 1922. Su adolescencia estuvo marcada por la Guerra Civil: su padre, republicano, desapareció durante la contienda, y regresó años después para llevar una existencia de privaciones y miedos. Al creador de Pepín de Celes -así se llamaba en EL COMERCIO, porque en otros periódicos como 'El Correo' recibía el nombre de Don Celes- no le gustaba hablar de aquel tiempo, pero sí recordaba su temor a los bombardeos y el hambre que pasaron en su casa.
Quizá esté ahí el origen de su carrera. Porque, dada su facilidad para el dibujo -ya en el instituto hacía caricaturas de compañeros y profesores-, tuvo una oportunidad en 'La Gaceta del Norte'. Le faltaba un año para terminar la carrera de Perito cuando recibió una oferta para trabajar en aquel periódico que superaba la expectativa de lo que podía ganar en la industria. Y pese a las advertencias de sus compañeros, que le planteaban que acabara los estudios, «por si acaso», se entregó a la causa del periodismo.
Fue reportero de sucesos -su extraordinaria memoria le permitía tanto años después dar detalles de cómo cubrió el accidente aéreo de Somosierra- hasta que pidió dedicarse a tareas de edición para estar más cerca de su familia. Y, además, dibujaba. Primero, una copia adaptada -lo decía sin problemas- de una célebre tira cómica francesa. Luego el personaje que lo acompañaría toda su vida: Pepín de Celes nació el 19 de octubre de 1945, mientras España se enfrentaba al aislamiento internacional derivado de su régimen dictatorial y Europa daba los primeros pasos para su reconstrucción política y económica.
Conoció el éxito muy pronto. Un sindicato sueco de tiras cómicas incluyó a sus personajes en su catálogo, y en aquellos años de grisura local hubo meses en que ganaba más dinero por sus rendimientos internacionales que en su nómina. Luego llegó su fichaje por 'El Correo', atendiendo una oferta de su director, Antonio Barrena, que era imposible no aceptar. En ese periódico, Olmo dibujó desde el 1 de abril de 1969 su tira cada día, sin faltar ni uno, ni festivos, ni vacaciones, ni hechos luctuosos, que también los hubo. Porque Olmo vivió el drama de la muerte de una esposa que le había dado cinco hijos. En EL COMERCIO empezó a publicarse el 18 de julio de 1971 bajo el nombre de 'Andanzas de Pepín de Celes', hasta ayer, ya bajo el epígrafe de 'Aventuras de Pepín de Celes'. En 'La voz de Avilés' se publica desde el año 1996.
Deportista, buen atleta (ganó un campeonato junior de España de carrera por relevos), gran aficionado al baloncesto, amante de la lectura de los clásicos, viajero hasta que la salud se lo permitió, Olmo tuvo en muchos aspectos una visión moderna de la vida pese al conservadurismo que algunos atribuyen a sus tiras. Con su segunda esposa vivió siempre en un domicilio aparte, mucho antes de que el lenguaje de la pedantería introdujera el término 'living apart together' para definir un fenómeno que ahora es más habitual, pero no lo era hace décadas. Pero, sobre todo, fue dando vida a un personaje peculiar, indiscutiblemente cenizo -aunque no es cierto que siempre pierda, hay algunas tiras, pocas, en las que gana- pero entrañable. Ese Pepín de Celes que gustaba y gusta a niños y mayores, a hombres y mujeres, a personas de derechas y de izquierdas. Ese fue su gran éxito.
Cuando se jubiló, a finales de los ochenta, inició una rutina que mantuvo mientras pudo: un día a la semana acudía a la redacción de 'El Correo' a llevar los dibujos que después llegarían puntualmente a Gijón. Llegaba siempre vestido como un «sencillo dandi bilbaíno», en feliz definición de Juan Bas. Saludaba a todos, se interesaba por cada uno, repartía sonrisas y unos minutos más tarde enfilaba la salida porque no quería «entretener».
La muerte de Luis del Olmo a los 99 años deja a nuestros lectores sin un personaje que les ha acompañado toda una vida desde las páginas del periódico. Y a todos sus ilustradores y dibujantes sin un referente. Es por eso que, a través de la imagen y la palabra, le rinden homenaje. Todos ellos, como recordaba Gaspar Meana, han crecido con sus viñetas: «Desde que tengo conocimientu crecí leyendo viñetes d'él en el periódicu, en casa, y a lo largo de los años arrancome muches sonrises, y eso yo creo que merece agradecimientu, sobre todo en esti mundo tan dau al dolor», comentaba tras conocer su fallecimiento. Otros, como Neto, que hoy cede a Pepín de Celes su espacio en la contraportada, ven en la carrera de Olmo una «gran proeza», ya que tiene en su haber una «gran longevidad creativa» además de haber dado vida a «un personaje con el cual ha publicado de forma ininterrumpida». Además, recordando la carrera de Olmo, relata, «empezó en los cuarenta con Pepín de Celes, como le conocemos en Asturias, y realmente me produce una 'envidia sana' su longevidad, ya que es algo que no todos podemos lograr. Además creó un humor que era muy blanco, muy amable, y siempre supo sacarle una sonrisa a todo el mundo, con un estilo único que perduró durante toda su carrera», resume.
La ilustradora Alicia Varela, por su parte, considera que «se va un referente del humor gráfico nacional, con un estilo inconfundible y un personaje entrañable que formará parte de nuestro imaginario para siempre». Además, a título personal, confiesa que le «encanta su humor», así como «la ternura que transmiten sus viñetas, y también su destreza como narrador visual», ya que le ha regalado «muchos buenos momentos». También le recuerda con singular cariño Arturo Arias, quien afirma que «hay personajes que a lo largo de tantos años llegan a tener un significado especial», y es que «conseguir arrancar una sonrisa todos los días, de mayor o menor intensidad, es algo que él lograba, siempre una sonrisa sin usar las palabras. Además tantos años como llevaba Luis... es que era inevitable, abrías el periódico y aunque tuvieras un solo momento, era un instante que te hacía sonreír. Era un soplo de frescura cotidiano». De igual forma, con ese mismo cariño y con una opinión igual de rotunda, Néstor asegura que le gustaban mucho sus tiras, «siempre con un mismo desenlace, siempre igual de certero y siempre con la misma gracia en todas ellas».
Era siempre así. Educado, cordial, próximo y ameno. Son muchas las personas de toda edad y condición las que tienen dibujos de su personaje, porque siempre estaba dispuesto a tomar el bolígrafo y un folio y hacer una viñeta dedicada a quien se la pedía. Su obra ha crecido en los periódicos (hasta las 25.000 tiras), se ha hecho eterna en los museos y varias generaciones de Asturianos lo tienen en su educación cívica y sentimental.
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