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Está en casa. Y con una ópera que conoce al dedillo, 'Las bodas de Fígaro', que ha dirigido en múltiples ocasiones. Emilio Sagi, que al ... tiempo dirige en Madrid la zarzuela 'La corte del Faraón', que vendrá también a Oviedo, está al tanto de cada movimiento de los cantantes, a los que ayuda en todo momento a dar con su vis más cómica para la ópera bufa de Mozart que el sábado 25 se estrena en el Campoamor y cierra la temporada de ópera de Oviedo.
–Los cantantes hablan maravillas de usted, dicen que trabaja con ellos al detalle y en Oviedo le adoran. ¿Da gusto trabajar así?
–Agrada mucho que quieran. Hay otros directores también que están al detalle y vienen muy preparados, pero al final el trabajo hay que hacerlo y si te sale bien pues fenomenal y si no, pues no. Estoy muy contento y sí es verdad que trabajo muy bien con los cantantes siempre. Nunca me encuentro la negatividad y tampoco yo la planteo. Siempre vienen bastante contentos para trabajar conmigo, los grandes, los medianos y los pequeños. Eso es lo que más me agrada.
–Ha hecho está función en Las Palmas, en el Real, en Bilbao...
–La hice muchas veces, pero hay que ser creativo y cada vez que la haces ves más cosas, al trabajar con los cantantes advierto nuevas posibilidades. Los personajes siempre cambian porque, cuando los cantantes son otros, les aportan cosas diferentes. Planteo cada producción buscando eso que ellos me dan. Y luego cuando se habla de Mozart y Daponte hay quienes inciden más en la parte amorosa de los problemas del conde y de la condesa, de Fígaro y Susana, y otros miran hacia otros lugares. Hay muchas lecturas y esta ópera es claramente la primera vez que un trabajador es héroe de una ópera porque Fígaro es un trabajador, cuando normalmente los protagonistas siempre son la condesa, la reina... A la obra Mozart la califica como jornada loca y eso es, Fígaro plantea un plan para para reírse y para meterse un poco con el conde y con su forma de pensar. Es el típico equívoco desde las comedias del siglo XVIII y del siglo XIX y de la comedia del arte y el conde al final queda en ridículo. Hay esa comicidad, un poco nostálgica y una ironía muy grande sobre el poder y sobre el amor.
–No para. ¿No se cansa de trabajar?
–Soy muy feliz trabajando. Aunque de vez en cuando me gusta descansar, tengo una edad y necesito tener un mes para estar en mi casa tranquilo, ahora coincide que tengo dos cosas a la vez una aquí y otra en Madrid, de modo que vivo en el escenario y en el AVE. Al final logramos hacer las cosas, con muchos viajes y con mi ayudante. El problema es ir a América, este año tengo que ir tres veces, dos a Chile y una vez a Buenos Aires, ahí sí necesito un día para ubicarme.
–Mucho ha cambiado este mundo de la ópera desde que usted se estrenó.
–Era otra cosa. Los cambios son los normales, todo cambia en el arte en general, en la vida, en lo que comemos, en lo que vestimos... La ópera tiene que cambiar también y tiene que ser más teatro. La ópera empezó como teatro cantado, drama y música o comedia. No puede cantarse mirando para el público como se hizo en una época y nada más, aunque bueno en esa época algunos cantantes hacían eso pero había otros que actuaban de verdad. Los grandes cantantes siempre han tenido una visión teatral de los personajes .
–¿Qué cambios vislumbra al género?
–Ha habido cambios, por las redes, por las retransmisiones de televisión. Yo creo que el futuro está en primer lugar en que la gente no piense que es un género obsoleto, de gente mayor y de gente rica. Los teatros hacen un trabajo importante de de intentar hacer funciones a menor precio y eso es fundamental y luego pues también, cuando la gente se mete en el cine, no es lo mismo que el teatro, pero es estupendo lo que significa para ampliar los públicos. Pero deberían ir al teatro porque en el teatro es el momento que es único, una función sale de una manera y al día siguiente hay otra. Los teatros tienen que hacer ese trabajo con la gente joven, pero tienen que entrar sin echar a nadie fuera porque hay muchas veces que, por tanto querer meter a gente joven, se echa a los otros. Se hacen cosas que yo creo que hay que tener cuidado y siempre balancear un poco porque hay que agradecer que la gente pague unos abonos. El futuro es bueno, a lo mejor soy demasiado positivo pero pienso que sí, no hay que pensar que es un género casposo.
–Lo mismo que la zarzuela.
–Claro, la zarzuela además tiene los personajes que son de una pureza total. Normalmente son personajes populares y, si hay aristócratas por el medio, siempre ayudan, por ejemplo en 'El barberillo de Lavapiés' la duquesa ayuda a las majas, de hecho ella quiere ser una maja.
–Con una trayectoria como la suya, que ha estado en todas partes y lo ha hecho todo, ¿alguna espina clavada?
–Yo quiero seguir trabajando mientras pueda. Nunca trabajé en el Metropolitan de Nueva York y me haría gracia trabajar allí, pero tampoco te creas que me preocupa nada.
–¿Qué sensación le produce mirar atrás y ver todo lo que ha hecho?
–Hay que vivir la vida y tirar para adelante y nada más... La sensación si miro para atrás es que sí que hubo momentos más duros, que costaba que te reconocieran, pero también fueron interesantes. No tengo ningún resquemor. Cuando empecé aquí, te miraban como diciendo 'mira a ese chavalín' y cuando ya triunfas fuera la cosa cambia. La vida es así en esta profesión y en todas las demás.
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